miércoles, 19 de marzo de 2014

Sobre ética, moral y héroes

Personalmente no echo de menos los héroes marxistas: no necesito ejemplos morales que haya que seguir y que muestren una supuesta perfección en la búsqueda de un fin moral. Tampoco hay héroes democríteos, lucrecianos, maquiavelianos ni spinozistas. Existen en la práctica humana discursos normativos, que fijan fines, pero esos fines -que son siempre imaginarios- pueden ser inmanentes a la práctica y medir la eficacia en la realización de un deseo o bien ser trascendentes y evaluar el grado de realización de una norma por unos determinados actos independientemente de todo deseo. Lo segundo es una moral, lo primero una ética. 

La ética es la etología de un animal con lenguaje y con relaciones sociales y privado de un medio ambiente específico. La ética determina las prácticas que más se ajustan al desarrollo de la propia potencia (del propio deseo) fuera de toda norma trascendente. La ética está siempre ya inscrita en una política. La moral supone, en cambio, un reino de los fines propio de la especie o de la naturaleza en general, una finalidad trascendente que sirve de norma a las prácticas reales. La moral interpela a un sujeto y lo interroga permanentemente sobre el cumplimiento de sus normas, la moral produce antes de cualquier acto del individuo una culpa trascendental que es su motor y la estructura misma del sujeto moral. 

En Marx, el hombre como conjunto de sus relaciones sociales (Tesis VIa sobre Feuerbach), como animal que habla y coopera (Ideología Alemana), sienta mediante su actividad productiva los presupuestos (Voraussetzungen) de su propia acción y es capaz de cambiarlos: no tiene por ello ni un medio al que adaptarse ni una finalidad preestablecida distinta de las que socialmente pueda darse. El que una sociedad humana se dé una determinada finalidad no garantiza, por otra parte, la adaptación de esta a sus condiciones de existencia efectivas y puede conducir al fin de esa sociedad. La civilización maya, la de la Isla de Pascua y, muy probablemente el capitalismo parecen haber seguido ese camino. Toda civilización es antes o después una civilización fracasada, pues el resto de la naturaleza es siempre más fuerte que ella. 

La historia no conoce ni progreso, ni finalidad, ni fines morales ni garantía alguna. La naturaleza es un sitio peligroso, pero el único lugar donde podemos existir como individuos o sociedades. No sé para qué demonios sirve una moral en un sitio así, si no para que nos hagamos las ilusiones que convienen a los poderosos y a los sacerdotes. Una ética de la solidaridad, en la que mi deseo no encuentre su límite sino su realización en el del otro, una ética de los comunes, es incompatible con una moral: la moral juzga, valora, desconecta los deseos, mata, mientras que la ética es inmanente a la vida. La moral reprocha a los individuos no responder a un determinado valor, la ética recusa ese valor como absoluto y somete todos los valores al deseo y a la vida.

jueves, 13 de marzo de 2014

Todo el vulgo es filósofo. A propósito de un artículo de Madrilonia sobre Podemos.

Los compañeros de Madrilonia hacen en un reciente artículo una interesante reflexión sobre Podemos, con críticas y advertencias útiles dirigidas a esta organización y a sus miembros. Sin embargo, el conjunto del texto manifiesta cierto idealismo, parece añorar una pureza del 15M que nunca existió y lamentar la contaminación de esa pureza originaria por el juego de la representación en el que Podemos pretende introducir a un sector de los movimientos sociales. Por un lado, el peligro de despotenciación es evidente, pues todo en el régimen político actual tiende a sustituir el protagonismo de la multitud por la apaciguada representación que operan los partidos, el Parlamento y el Estado.

Desde que se lanzó Podemos, quienes apoyamos esta iniciativa somos conscientes de ese riesgo, que va mucho más allá del supuesto ego de los promotores/portavoces y es parte integrante del sistema político de la modernidad y de sus formas más extremas y caricaturales como la partitocracia surgida de la Transición. La partitocracia no se romperá desde la calle, pero tampoco solo desde las instituciones. Hemos visto las peligrosas consecuencias de una revuelta como la ucraniana en la que la falta de estructuración de un movimiento social perfectamente legítimo y potente ha abierto las puertas a otra facción de la cleptocracia y al fascismo. También puede apreciarse la degeneración que afecta a los partidos y organizaciones centrados en la política representativa e institucional, degeneración que frustra la energías de valiosísimos militantes e imposibilita la expulsión del gobierno y de la mayoría parlamentaria de los partidos del régimen. Hace falta alguna forma de interfaz representativo de los movimientos que rompa la forma partido, un "partido-no partido". Muchos, dentro de Podemos, pensamos que una fuerte estructura horizontal de contrapoder basada en los círculos puede oponerse con ciertas posibilidades de éxito a la deriva que favorece el actual sistema político representativo. Es importante para ello que los círculos no se queden solos y se mantengan abiertos al conjunto de los movimientos sociales. Los círculos no deben ser células de un partido, sino auténticas asambleas abiertas. Para que el experimento Podemos no se quede en una caricatura de los procesos populistas de izquierda latinoamericanos en un terreno europeo donde tienen pocas probabilidades de arraigar, debe integrar con fuerza y mediante dinámicas rigurosamente horizontales las aportaciones y el impulso político de los movimientos sociales. Los círculos deben ser porosos ante la realidad que los circunda.desde el sueño

Podemos, como toda iniciativa política digna de ese nombre es un experimento en carne propia en el que participan ciertamente politólogos, pero también otras muchas personas que piensan y tienen una real capacidad crítica. Aquí, con Gramsci, "todo el mundo es filósofo", pero con Maquiavelo "todos somos vulgo", plebe. El experimento no se realiza en una campana de vacío fuera de la gravedad sino en medio de todas las fuerzas de gravedad y de fricción de un ambiente social real, en un ambiente determinado no solo por la pura y mítica espontaneidad de la multitud, sino por los aparatos políticos e ideológicos de Estado cuya función es doblegarla, traducirla en representación y neutralizar su potencia propia. Un ambiente determinado también por la lucha de clases y las múltiples resistencias a la brutal ofensiva neoliberal. No se trata de no tener representantes sino de darse los medios de neutralizar en general las dinámicas de representación. Se trata de representar el "no nos representan" sin liquidarlo, cuestionando y desestructurando los aparatos y máquinas que producen el efecto representación y a través suyo la imagen del soberano. En ningún caso se pretende que no haya instituciones, ni funciones estatales, sino devolverlas mediante las formas organizativas horizontales que son nuestras máquinas de guerra a su realidad inmanente de relaciones sociales. Solo mediante vectores de este tipo el virus del 15M podrá seguir haciendo su indispensable trabajo, en la inmanencia de las relaciones sociales efectivas y no en el territorio soñado de una eterna e incorrupta acampada en Sol digna de "La invención de Morel" de Bioy Casares o del Día de la Marmota..

lunes, 3 de marzo de 2014

Por una política no fascista

"...el enemigo mayor, el adversario estratégico (ya que la oposición de El Anti-Edipo con sus otros enemigos constituye más bien un combate táctico): el fascismo. Y no solamente el fascismo histórico de Hitler y de Mussolini - que tan bien supo movilizar y utilizar el deseo de las masas- sino también el fascismo que existe en todos nosotros,  que habita en nuestros espíritus y está presente  en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar el poder,  desear  esa cosa misma que nos domina y nos explota." (Michel Foucault, Introducción a la vida no fascista)



1. Hace poco, pudimos oir hablar en La Sexta a Marine Le Pen, líder del Frente Nacional francés, presentándose como "la voz de la verdad" y defendiendo frente a los inmigrantes, a Europa y a la mundialización la "preferencia nacional". Hay quien, en sectores de la izquierda quedó fascinado por este discurso, quien consideró difícil oponerse a él. Hay que tener mucho cuidado con este discurso y con los canales que pueden conectar ciertos discursos de izquierda con este. O señalamos como objeto de nuestro antagonismo las relaciones de producción en lugar de a un grupo humano más o menos definido, o vamos al desastre y al racismo. Si se señala a « los ricos », o a los « financieros » como el enemigo, puede siempre operarse un desplazamiento metonímico hacia otra categoría: de financieros puede pasarse a judíos, árabes, gitanos, homosexuales, comunistas, etc. El fascismo, como la pulsión de muerte, es un maestro de la metonimia. Es muy peligroso utilizar la lógica amigo-enemigo, propia de la soberanía, para representar la lucha de clases. La lucha de clases como tal es irrepresentable, solo se puede pensar como relación. Como tal, no depende de sus polos, sino que los genera. Hay que saber salir de las metáforas guerreras si queremos lograr una política no-fascista. El antagonismo debe pensarse como ampliación de la potencia propia no como autodefinición desde y por el enemigo. Si nos definimos, no desde nuestra propia potencia y nuestro propio deseo sino solo frente al enemigo, nos convertimos como correctamente afirma Carl Schmitt, en la imagen especular de nuestro "enemigo". Hay que poder salir de esa pelea imaginaria de uno mismo ante su propio espejo y abordar la realidad, la materialidad de las relaciones de producción, las relaciones de apropiación y expropiación.


2. Actuar sobre lo real de las relaciones de producción no supone abandonar la ideología ni la imaginación, pero una política abierta a las relaciones de producción y a la lucha de clases, fomenta otro imaginario, no guerrero, no fascista. La lucha de clases no es una pelea especular, sino el resultado de una relación social que constituye sus propios polos. Frente a una entificación del enemigo que abre las puertas al fascismo fuera y dentro de nosotros mismos, hay que explicar las relaciones en las que estamos implicados, no desde posiciones abstractas y complicadas, sino de forma accesible al común de los mortales. Hay que mostrar en todas nuestras intervenciones públicas la relación efectiva que hay entre el fascismo abierto y la normalidad tánatopolítica del neoliberalismo. Si no hacemos que la gente comprenda -y no comprendemos nosotros mismos- que hay una continuidad entre las muertes por hambre, suicidios y enfermedades dentro del Estado Español y las muertes en sus fronteras y que ambos tipos de muertes responden a las mismas relaciones sociales y a la misma esclavitud, habremos perdido. Nos harán oponernos a los « inmigrantes », a los « extranjeros », pero no a las relaciones sociales que explotan y esclavizan a la inmensa mayoría. Cuando se habla de « los nuestros » y de un patriotismo popular, entre ellos deben estar inequívocamente incluidos los 15 de Ceuta y todo el pueblo en éxodo de los sin papeles y todos los navegantes de las pateras, sin que quepa la más mínima duda al respecto. Toda perspectiva de cierre soberanista xenófobo contiene en sí misma el germen de toda esta barbarie. Nuestro problema no es el "exterior", Europa o la emigración, sino las relaciones de explotación y dominación imperantes a nivel europeo y mundial y que no tienen remedio alguno mediante un repliegue tras unas fronteras tan crueles y bárbaras como inútiles. La soberanía hoy es mera gesticulación a la vez mentirosa y sanguinaria. Tenemos hoy una extraordinaria ocasión de superarla con una clara apuesta por un proceso constituyente europeo federal y democrático que rompa el cierre de los Estados y de la propia Europa.


3. Existe ciertamente contradicción entre esta posición abiertamente universalista y los llamamientos a la designación de un « enemigo » pero no es una contradicción insalvable: es una contradicción necesaria que nace de la realidad de las sociedades humanas. La forma predominante de toda política es, como la de todo conocimiento, imaginaria. Ahora bien, una política imaginaria es necesariamente sustancialista y schmittiana : se basa en la oposición amigo-enemigo como hecho originario e irreductible. Schmitt acierta con el síntoma, pero no da con la causa. Naturalmente que hay que tener en cuenta el síntoma y su efectividad propia, pero al mismo tiempo, una política de liberación debe explorar las causas subyacentes a esta oposición e intervenir sobre ellas, debe reducir el síntoma. La lucha de clases no es una dialéctica amigo-enemigo, no debe contemplarse bajo la engañosa metáfora fascista de la guerra, sino desde la perspectiva de la liberación y de la potencia de la multitud. En tal caso, una vez investigadas sus causas en el terreno de las relaciones de producción, la enemistad no será un elemento sustancial y permanente, sino el efecto de una relación relativamente inestable que una variación de la correlación de fuerzas puede modificar o destruir. 

4. De nada vale complacerse en los efectos, incluso en los efectos imaginarios e ideológicos que produce sobre nosotros una determinada relación social. Conocer verdaderamente es conocer por las causas (Verum gnoscere est gnoscere per causas, decía el Aritóteles latinizado de los escolásticos)...En política, el conocimiento de las causas nos permite conocer los síntomas en su génesis y su eficacia, pero nunca al revés. Conocer una relación constitutiva permite a la vez conocer la realidad de esta y los efectos imaginarios que produce, pero partiendo de los efectos imaginarios de esta relación sobre nosotros no puede concluirse nada seguro. Por concluir con otro latinajo del maestro Spinoza: verum index sui et falsi (lo verdadero es índice de sí mismo y de lo falso). Esta inseparabilidad de lo verdadero y de lo falso es el principio de toda teoría materialista de la ideología, pero también de toda auténtica política de liberación.

martes, 25 de febrero de 2014

Más allá del saber y del carisma: la política

Consejo de los iroqueses. La democracia y la política no son inventos europeos.


El hombre es un animal político, pero a la vez la política como tal no siempre ha existido en la historia humana. En términos de Rousseau: "el hombre ha nacido libre y en todas partes está encadenado". Esa es la gran paradoja que articula toda política: la política, aunque sea irrenunciable y esencial para nuestra especie solo existe bajo determinadas circunstancias que son resultado de una acción...política. En una sociedad en la que mandan, por ejemplo, planificadores absolutos o gestores de un mercado absoluto en nombre de un saber no hay democracia, pero tampoco hay propiamente política. Tampoco en una sociedad dominada por un tirano que moviliza a los individuos y les permite gozar más allá de toda culpa, profiriendo barbaridades o cometiendo crímenes, hay política. En las sociedades racionalmente gestionadas, el lugar de la política es invadido por un saber que no admite debate ni oposición: están los que saben y los que no saben y los que supuestamente saben gobiernan a los otros en nombre del saber. En las sociedades dirigidas por líderes, el goce de las masas es goce anónimo y serial, pues todos los individuos se eximen de responsabilidad moral en nombre de la obediencia y de la identificación al líder. En ambos casos, no hay nada que debatir: un saber o un personaje con un don supuestamente único ocupan todo el espacio del debate político y reparten de manera exhaustiva las funciones sociales. No existe ningún resto: todos tienen su lugar, en el plan, en el mercado o en la horda.

La política, sin embargo, solo existe por el resto, por esa parte que queda inevitablemente excluida de todo cálculo o reparto del poder y cuya existencia es negada (denegada) por el saber o el carisma. Democracia, nos enseña Jacques Rancière, ateniéndose escrupulosamente a la etimología del término es poder del "demos", poder pues de los ciudadanos libres carentes de riqueza o de otras formas de poder social, poder de lo que, en latín se llamó "proletariatus", esa clase -o no clase- exterior a las clases que se repartían el poder en Roma y cuyo único patrimonio era su prole. 

Democracia es pues el régimen político que reconoce la existencia de una parte de los sin parte, cuando todos los demás la niegan. Por ello mismo, democracia y política son términos rigurosamente sinónimos: la política como práctica específica solo puede darse allí donde se reconoce entre los hombres, tengan o no poder social o patrimonio propio, una igualdad esencial, pues solo esa igualdad permite pensar en una "parte de los sin parte". La disputa sobre la parte de los sin parte es la esencia misma de la política. Con todo, reconocer que existe una parte de los sin parte y que esta debe constantemente redefinirse, es una conquista política. La política es así un acto autofundante, el acto por el que la indignación de los sin parte hace que el uno de la sociedad unificada por la ciencia o por el mando se divida en dos. 

En el momento neoliberal que hoy vivimos, la política se nos ha hurtado: el mercado, el espectáculo de los medios, o los saberes "económicos" nos someten a una servidumbre que se presenta a sí misma como inapelable. Conectados a máquinas que transmiten flujos de información (los índices bursátiles, las estadísticas económicas, los sondeos, la propia imagen publicitaria omnipresente) o sometidos a aparatos que hacen que nos reconozcamos como sujetos en determinados "estilos de vida", nuestros lugares sociales están perfectamente determinados. La flexibilidad y la movilidad del neoliberalismo funcionan en un entorno perfectamente programado que carece de exterioridad. En el neoliberalismo todo espacio de vida es un espacio de trabajo, un espacio controlado por el capital y por su Estado. La parte excluida no se visibiliza pues, fuera de la oligarquía que distribuye las partes, quien no es "clase media", aspira a serlo o se siente culpable de no haber conseguido serlo. No hay lugar para la política cuando la pertenencia a los excluidos se vive como culpa. Esto hoy está cambiando y la indignación ante el pillaje capitalista y el empobrecimiento está adoptando la forma de un renacimiento de la política. Otra vez la política renace de sí misma, el deseo propio del animal político se abre paso frente al orden que lo mantuvo refrenado.


En este esfuerzo por recuperar a la vez la política y la democracia frente al mando neoliberal, muchos estamos intentando dotarnos de instrumentos organizativos adecuados. Hay quien ha pretendido, establecer las condiciones formales de una democracia exigente a través del uso de la Red, otros intentamos crear organizaciones políticas de nuevo tipo rigurosamente basadas en un principio de horizontalidad aunque necesariamente dotadas de instancias de representación. También están quienes intentan desde el interior de organizaciones ya existentes reformarlas radicalmente y adaptarlas a las necesidades del momento. Todos estos esfuerzos convergen, pero todos ellos también se enfrentan a poderosos obstáculos que nos muestran que la democracia y la política, por mucho que sean rasgos "naturales" de la especie humana, siempre surgen contra la corriente dominante que impone un orden de clases, un reparto supuestamente exhaustivo de los lugares y las partes de la sociedad. 

Los que ante la situación actual pretendemos organizarnos eficazmente contra la agresión capitalista tenemos así ante nosotros dos grandes escollos: el "populismo" y la tecnocracia. Los dos son rémoras de las formas de “legitimidad” propias del poder estatal burgués. Dos expresiones de la eterna oposición burguesa, de origen jurídico, entre personas y cosas, yo y no yo, libertad y necesidad que circunscribe el universo del capital dándole una “ontología” ficticia (que encubre la integración como componentes del capital del trabajo vivo y del trabajo muerto). Caer en uno de estos polos o aceptar su contraposición como una necesidad es un error brutal que reproduce la servidumbre presente. Necesitamos una competencia que sea política y una política que cuente con la competencia general, con el intelecto general, no líderes con carisma ni dirigentes con “legitimidad técnico-racional”. Ambos tipos de dirigentes nos arrebatan la política: unos hacen de ella un saber, otros una virtud personal. 

La política tiene que ser la actividad vital y necesaria del hombre -o la mujer, of course- cualquiera, no un don, ni una profesión. La política es para los ignorantes, pues sobre las cuestiones fundamentales que afectan a lo común estamos todos en pie de igualdad. Cuando dejamos de estarlo muere la política y surgen otras realidades postpolíticas y, naturalmente, postdemocráticas.” Todo esto no niega la utilidad de expertos y líderes. Todo movimiento político necesita recurrir a un mínimo de competencia técnica y darse uno o varios rostros, pero esto no debe implicar ninguna forma de poder basada en el prestigio de los rostros o la evidencia del saber. La democracia se basa siempre en una estructura horizontal: la asamblea de los iguales. Las asambleas son lugares donde se abole temporalmente el reparto social del poder y cada cual es dueño de su palabra, por ello mismo neutralizan el saber y el prestigio. La experiencia del 15M nos mostró -nos sigue mostrando en sus distintos avatares- la enorme capacidad racional de las asambleas. Se trata ahora de que esta potencia de la democracia afecte a la esfera misma de la representación aboliendo las clases privilegiadas de lo que muy pronto será el antiguo régimen: la casta política y la casta económica, que encarnan respectivamente el "carisma" y el "saber". Para hacerlo hemos de evitar que estas formas de poder pervivan, surjan o se reproduzcan en las nuevas organizaciones verdaderamente democráticas, auténticamente políticas.

jueves, 13 de febrero de 2014

De Malebranche a Sugar Man


« Dieu fait pleuvoir dans le dessein de rendre les terres fécondes, & cependant il pleut dans les sablons et dans la mer ; il pleut dans les grands chemins : il pleut également dans les terres inégalement cultivées. N'est il pas évident par tout ceci que Dieu n'agit pas par des volontés particulières ? », P. Malebranche, Méditations chrétiennes et métaphysiques, Méditation XIV.

(Dios hace llover para hacer que las tierras sean fecundas, y, sin embargo, llueve en los arenales y en el mar; llueve en los caminos: llueve también en las tierras desigualmente cultivadas. ¿No es evidente a partir de todo esto que Dios no actúa por voluntades particulares?, Malebranche, Meditaciones cristianas y metafísicas, Meditación XIV).

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Searching for Sugar Man, el documental largo de Malik Bendjelloul que ganó un Oscar en 2013 es una película sorprendente. En primer lugar, la historia que nos cuenta parece más digna de la ficción que de la realidad, y el personaje que la protagoniza, lleno de realidad, no deja de ser increíble en una sociedad como la nuestra. El documental nos muestra una larga búsqueda, la de un mito. En los últimos años de la Sudáfrica del apartheid, un cantante americano del que solo se conocía el nombre y alguna foto sacada de álbums se convirtió en el ídolo de los jóvenes blancos en rebelión contra el apartheid que no solo era un régimen de explotación y humillación brutal contra los negros, sino que negaba las libertades mínimas al conjunto de la población, incluida buena parte de la minoría blanca. En ese mundo asfixiante sin apenas contacto con el exterior, unos pocos discos o cassettes de un cantante de canción protesta norteamericano llamado Sixto Rodríguez, con un estilo que a veces recuerda al del primer Bob Dylan y otras a Creedence, consiguen introducirse en el país burlando la vigilancia policial. Las canciones de Rodríguez se escuchan, se graban, se copian, se difunden por todos los medios y se convierten en auténticos himnos de desafío al apartheid. El cantante no es blanco como los que lo escuchan, tampoco es negro. es un hispano de los Estados Unidos míticos que los sudafricanos blancos ven como una tierra de libertad.

Mientras tanto,  Sixto Rodríguez ha llegado a ser en su país un perfecto desconocido: después de haber hecho dos álbumes y dado varios pequeños conciertos en Detroit y sus alrededores, a pesar de que su voz y sus letras son de indudable calidad, no logra saltar a la fama y regresa plácidamente, sin particular sentido de derrota, a su trabajo habitual de albañil, al que acude, como muestra de dignidad de clase un poco anticuada, impecablemente vestido de traje y chaleco. También se dedica a la actividad política y se presenta a las elecciones defendiendo a los trabajadores de su deprimida ciudad. Mientras, en el otro lado del mundo es un fenómeno de masas a través de sus canciones, en su propio país nadie lo conoce, como descubrimos al principio del documental cuando se pregunta sobre Rodríguez a alguna gente por la calle. Incluso hay quien lo da por muerto. De su éxito en Sudáfrica, Rodríguez lo ignora absolutamente todo, en particular que, tras la caída del apartheid, se grabaron discos suyos y tuvieron una amplia difusión. Su productor norteamericano no le dijo nada, ni tampoco le dió un céntimo del dinero de los derechos de autor que le pagaron religiosamente los sudafricanos. 

Hay así dos Rodríguez: el de carne y hueso, un buen cantante que no obtuvo éxito ni fama en su país, y el de Sudáfrica, el ídolo musical y político de un país para el que las canciones de Rodríguez eran un chorro de aire fresco. El Rodríguez de carne y hueso hizo su vida de obrero, tuvo hijas que educó en la dignidad de clase de un trabajador orgulloso de serlo y a las que logró dar gusto por los estudios y la cultura. Los dos Rodríguez, el real y el de vinilo existen en dos mundos que recuerdan los mundos posibles de Leibniz en los que un mismo personaje podía tener existencias enteramente distintas a partir de tan solo un pequeño acontecimiento de su vida. Hay un mundo posible en el que César cruzó el Rubicón y otro en el que retrocedió en lugar de hacerlo. Rodríguez, por una serie compleja de razones no dio el paso a la fama y no le importó nada. Mantiene frente a las fascinaciones del business del espectáculo una distancia irónica, con cierta guasa, sin rencor, sin amargura. Ha tenido la vida que ha querido en las circunstancias sociales que le tocó vivir. Incluso su paso por Sudáfrica una vez "redescubierto", los conciertos masivos, el entusiasmo del público no lo perturban. Agradece al público que "lo mantuviese vivo" en su primer concierto: "thank you for keeping me alive", pero regresa a los Estados Unidos y su vida sigue como antes.

La historia de Sixto Rodríguez es, como otras muchas, la de un "fracaso" social. Un talento que en una sociedad que une el éxito al negocio se ve frustrado. Es como la semilla que en la parábola evangélica del sembrador cae en la roca y no germina o como la lluvia de Malebranche que cae en el mar, en los caminos o los arenales. La particularidad de la historia de Rodriguez es que lo que era un fracaso en un mundo, en ese otro mundo del cono sur de África fue un éxito rotundo. Por lo demás, Rodríguez era, para un sistema que evalúa a los individuos conforme al valor de cambio y al beneficio, un simple residuo.

Tal es la suerte de la inmensa mayoría de los humanos en una sociedad de clases. El capitalismo es a estos efectos un régimen particularmente cruel, pues priva a la inmensa mayoría del mínimo reconocimiento social, sume a casi todo el mundo en el anonimato y la soledad, mientras hace relucir el mito de la fama y la gloria universales asociadas al dinero. El biólogo norteamericano Stephen Jay Gould afirmaba sobre los supuestos "genios": "En cierto modo me interesan menos los pliegues del cerebro de Einstein que la casi certidumbre de que gente con el mismo talento vivió y murió en los campos de algodón y en las fábricas". La historia de las sociedades de clases es la historia de la producción en masa de restos, de residuos, de talentos frustrados y de vidas truncadas.

Sin embargo esos residuos que son para las clases dominantes los trabajadores, pueden reservarles sorpresas. Pueden encontrarse con circunstancias que les permitan desplegar su capacidad u obtener reconocimiento social. Circunstancias que, como en el caso de Sixto Rodríguez pueden ser perfectamente fortuitas. También pueden construir las condiciones que les permitan abandonar esa condición de residuo, encontrándose con otros y asociándose a ellos en la construcción de otro mundo posible -que está ya en este- donde los iguales se reconozcan en sus diferencias y en sus talentos singulares. En la Sudáfrica del apartheid, el fin de ese espantoso régimen de opresión pareció durante muchos años un sueño, en el que sonaban las canciones de Rodríguez entre los blancos o musicas de otro tipo en la mucho más oprimida y empobrecida mayoría negra. El apartheid cayó. Hoy es posible soñar con el fin de la sociedad de clases, incluso es posible y hasta urgente prepararlo.

miércoles, 22 de enero de 2014

Podemos. Efectos, sin ilusiones.



De momento, una de las virtudes de Podemos es que está perturbando tanto a quienes solo creen en la representación como a quienes la niegan y la consideran mera ilusión. Da la impresión de que el tinglado de la antigua farsa se tambalea, pero esa sacudida muestra que existen sus maderas, sus cortinas, sus muñecos y decorados. Este pequeño seismo es buena señal, pues se está incidiendo en un punto que la concepción idealista de la política se niega a reconocer: que la ilusión tiene siempre una base material, que la representación, aun siendo un efecto imaginario, no deja de ser un efecto de causas materiales, una realidad con condiciones de existencia precisas y determinables. 

Spinoza, Freud y Marx nos han enseñado que la ideología y sus representaciones no son meras fantasías que se puedan simplemente desechar, sino efectos de causas materiales, efectos que, al igual que toda realidad, producen a su vez nuevos efectos. Yo no veo el sol como una moneda de oro porque me equivoque al juzgar sobre su dimensión, sino porque la relación entre el sol y mi cuerpo -más concretamente mis ojos- es la que es y no otra. Solo una demostración física me permitiría saber cuál es el diámetro real del sol y qué distancia me separa efectivamente de él. Incurro en una ilusión óptica, pero esa ilusión inmediata es físicamente necesaria, pues la relación que causa la ilusión, la que existe entre el sol y mi cuerpo es perfectamente real. 

Lo mismo puede decirse del Estado y de la representación, pues el modo en que los aparatos de Estado -que no son sino dispositivos compuestos de cuerpos- normalizan nuestra individualidad, doman nuestros cuerpos y nos inculcan los significantes que reproducen el orden existente es perfectamente análogo al efecto físico -de marcado- que produce el astro solar sobre mi cuerpo. Así, en una sociedad de mercado, creeré firmemente que las mercancías "valen", que yo soy "libre" de contratar, que, como ciudadano libre soy representado por el Estado y sus poderes y debo someterme a las distintas instituciones "legítimas" para que actúen en mi nombre y me protejan de otros individuos potencialmente peligrosos -todos los demás, en la práctica- a los que solo me vincula la competencia en el mercado. Todo esto lo creo y actúo en función de ello, en la medida en que un determinado orden social dominante -hoy, aquí, el capitalismo- se reproduce reproduciéndome a mí mismo como sujeto, inscribiendo y reescribiendo en mi cuerpo los significantes que, en su combinación como ideología dominante,  determinan mi obediencia. El poder no es otra cosa que esa relación social que determina al súbdito a la obediencia. Es ciertamente una relación, que puede revertirse, neutralizarse o desaparecer y que solo se efectúa tendencialmente pues siempre encuentra alguna resistencia. Mientras sigue efectuándose tendencialmente -contra las resistencias que limitan su eficacia- la relación social dominante, el poder se reproduce, pero esto como toda realidad depende de condiciones concretas  y complejas de existencia. 

Lo interesante del experimento que la iniciativa Podemos ha puesto en marcha es que las dos almas del socialismo, la anarquista y la socialdemócrata/comunista revelan en sus reacciones de incomprensión su profunda comunión, su fe compartida en la existencia del Estado como realidad sustancial que hay que destruir u ocupar/tomar, sin pensar que ese poder que creemos tener ante nosotros es una relación en la que participamos y que nos atraviesa o, mejor aún, nos constituye como sujetos. Ciertamente es, como hemos visto, una relación que produce efectos imaginarios/ideológicos, pero como relación es perfectamente real y se basa en el funcionamiento sobre nuestros cuerpos de aparatos rigurosamente materiales. Hay quien afirma desde una idea anarquista que el poder nos es ajeno y enemigo y que, como ajeno y enemigo, tenemos que destruirlo. El problema es que ese poder es inasible y, por mucho que se destruya a sus agentes y sus símbolos, seguirá ahí, como siguieron en su sitio los zares y los nobles en Rusia a pesar de los atentados de Zemlya i Volya. Ninguna relación de la que formamos parte se destruye desde fuera. Por otra parte, quienes, como los socialdemócratas y los leninistas más ingenuos creen posible "tomar el poder" no piensan ciertamente en destruirlo, pero al igual que los anarquistas, lo piensan como sustancia y no como relación, como realidad trascendente y no inmanente a nuestros cuerpos, a nuestras vidas. El poder ni se toma ni se destruye. Solo la subversión interna del poder mediante la resistencia y la constitución de nuevas relaciones materiales permite un cambio real. Este cambio real se basa en el juego de dos tiempos que no están previamente articulados entre sí, pues no corresponden al mismo orden de realidad. Hay un tiempo lento de los cuerpos y de sus relaciones y un tiempo de la ilusión, un tiempo propio de la relación de poder y de sus efectos imaginarios: es el tiempo -que puede ser vertiginoso- de la caida de los imperios y de las revoluciones. Hay un tiempo lento del despliegue de la potencia social y otro tiempo discontinuo y marcado por cortes (coupures diría Althusser...) que está asociado a las crisis de hegemonía, a los puntos de equilibrio precario o a los estados que la física denomina "metaestables" en que un equilibrio puede cambiar inesperadamente por una causa insignificante. Es el tiempo rápido y casi fulminante de la coyuntura. 

No es este el único tiempo, pero es también un tiempo real y efectivo. Hay que saber jugar en ese terreno, aunque hay que hacerlo evitando entificar la representación. No es fácil evitar esta entificación, no es fácil darse cuenta de que el poder, el Estado, el mercado, el capitalismo, etc, no son entidades trascendentes ni extraterrestres, sino las relaciones en cuyo marco vivimos. Son, si no nuestras creaciones, nuestros productos. La ilusión de que hay algo más que esa relación es inevitable, es necesaria, tan necesaria como ver el sol como una moneda. Se puede actuar en este terreno, interviniendo en los mecanismos que reproducen la ilusión con aparatos propios. Actuando en este terreno es posible obtener resultados, pero nada está garantizado: tal vez una candidatura mediatizada y encabezada por un figurón tenga en un estado de saturación como el actual efectos de desbordamiento democrático imprevisibles, tal vez. 

Esta aceleración de los tiempos mediante el recurso a la representación -en todos los sentidos de la palabra- e incluso al espectáculo, será, sin duda, un procedimiento impuro, insuficientemente kasher o hallal para ciertas concepciones del 15M cercanas al dogma de la Inmaculada y Pacífica Insurrección, pero ni la historia ni la política funcionan mediante ningún tipo de pureza. Para deshacer el mal sueño de que una banda de cleptócratas desalmados nos están gobernando, hay que actuar sobre la materia misma de la que están hechos los sueños, los significantes que los constituyen como escena o relato. Podemos actúa ya de múltiples maneras en este cambio de escenas o de relatos creando guiones que inciden en la potencia colectiva, que rescatan la democracia frente a un régimen de partidos (partitocracia) heredado de la Transición en el que se inscribieron sin remilgos las grandes formaciones de la izquierda, que deshacen la "evidencia" de que toda deuda debe pagarse. Hoy la victoria electoral inesperada de un nuevo actor de la izquierda puede tener efectos equivalentes a los del tiempo rápido de la política que, a principios del XX,  podía representar la huelga general para los anarquistas o para Rosa Luxemburgo (cf. América Latina). Podemos, significa, "podemos ser lo imprevisible", lo que Lucrecio llamaba el clinamen, esa ínfima desviación enteramente incalculable de algunos átomos respecto de su curso regular que da lugar al encuentro de los átomos entre sí, a su choque y a su combinación en cuerpos, que a suvez da lugar....al surgimiento de nuevos mundos.

La intervención en el tiempo rápido de la representación es, pues, indispensable, aunque sea para disipar, mediante un gobierno menos hostil y más capaz de reconocer la correlación de fuerzas en que se basa su poder,  la ilusión de impotencia general y el fatalismo que reproduce el orden existente. Echar al mal gobierno del teatrillo de la representación no es el comienzo ni el final de nada, sino un paso más hacia la conquista de la democracia. De todas formas, detrás de estas ilusiones y de las bambalinas del poder representativo, sigue su curso el tiempo lento de la resistencia al orden capitalista y del desarrollo de la potencia social de los comunes, que algunos llamamos -por motivos no solo sentimentales y al margen de todo régimen político que se haya apropiado este término- "comunismo". 

miércoles, 15 de enero de 2014

"Mover ficha": Una candidatura contra la deuda y exterior al régimen



(Publicado en Voces de Pradillo)

En el panorama casposo del supuesto "fin de la crisis" que proclama la ultraderecha gobernante, no parecían posibles muchas sorpresas. Todo parecía atado y bien atado. Los sondeos electorales arrojaban resultados brillantes para el bipartidismo de régimen y sus partidos rémora. El 15M, las Mareas, la PAH, pronto solo serían malos sueños olvidados en el resplandor de un poder por fin restaurado. Todo atado y bien atado entre dos bloques de poder liderados por sendas esfinges. Estos bloques y estas esfinges pueden competir o aliarse entre sí con toda la cortesía de los que saben que no pueden realmente criticar al otro por malgobierno, corrupción o autoritarismo, poque ese otro se le echaría encima con acusaciones idénticas e igualmente sustanciadas. Junto a los dos buques insignia, fuera de las nacionalidades históricas solo quedaban dos fuerzas de complemento: IU y UPyD. Ninguna de las dos pasaba de ser más que el Pepito Grillo de su hermana mayor de "izquierda" o de derecha. Era hasta hace unas horas desolador saber que por grande que fuera la movilización popular contra el saqueo, el empobrecimiento generalizado, la liquidación de derechos y otras formas de violencia social de las clases dominantes, no había ninguna posibilidad efectiva de expulsar al malgobierno y a su igualmente mala oposición. La crisis habría terminado así en victoria para las clases dominantes y sus representantes políticos y los duros años de lucha desde el comienzo de la crisis habrían sido vanos. Todo estaba atado y bien atado: el poder podía ya ir usando sus aparatos represivos contra la resistencia e imponer varias décadas más de silencio enterrando el 15M y todo lo que con éste se asocia.

Por fuertes que sean los movimientos sociales, no se puede liquidar el malgobierno sin desalojar del gobierno a sus aparatos políticos. Esto no es suficiente, pero es evidentemente necesario. En un país tan salvajemente golpeado por la crisis como Grecia, el instrumento de intervención política de los movimientos sociales en la esfera representativa se ha ido creando al calor de las movilizaciones y de las luchas y constituye hoy la primera fuerza política del país. Su nombre es Syriza. Esta organización tiene un programa claro: en primer lugar, salir de la lógica infernal de la deuda y la austeridad e imponer esa opción con todas sus consecuencias dentro de la Unión Europea: hacerse respetar dentro del club europeo, no por obedecer a los dictados de la actual mayoría neoliberal, sino por desoirlos y atender a las necesidades de la población. La única posibilidad de evitar una grave regresión de los derechos sociales y civiles, de la democracia, de la propia civilización es salir del neoliberalismo y de la deudocracia como hicieron numerosos países latinoamericanos en las últimas décadas mejorando significativamente con ello el nivel de prosperidad y de libertad de sus sociedades. Era desconcertante que no surgiera en el Estado español ninguna opción de política representativa a la altura de las exigencias de los movimientos sociales, a la altura del 15M, de la PAH, de las Mareas, de Gamonal, capaz de asociarse al proceso de paz en el País Vasco y de aceptar como principios democráticos básicos y evidentes los derechos de los distintos pueblos del Estado a la autodeterminación.

Por desgracia, aunque muchos, muchísimos militantes viejos y jóvenes de Izquierda Unida han estado en las calles participando lealmente en la resistencia social, la dirección de IU ha sido incapaz de estar al nivel de sus propias bases y ha preferido la búsqueda de alianzas con fuerzas del neoliberalismo y de la reacción, las mismas fuerzas que imponen a la población la deuda y la miseria: el PSOE, el PP y hasta el neofalangismo blanqueado de UPyD. Esta política tiene su coste, para IU, pero también para la mayoría de la sociedad y también sus beneficios, pero estos solo para parte de la dirección de IU. El resultado de este estancamiento es la perfecta incapacidad de IU de sostener públicamente un programa de lucha contra la deudocracia y el alejamiento de esta organización de aquellos sectores sociales que pueden hacer que la izquierda consecuente pueda gobernar y desalojar las fuerzas del malgobierno. Con un 12% de expectativa de voto no se es Syriza: se es apenas "media Syriza".

En estas circunstancias, es necesario salir del callejón sin salida promoviendo un interfaz político de los movimientos sociales que esté realmente a la altura de sus reivindicaciones. En América Latina, la vieja izquierda quedó desplazada por nuevas organizaciones y nuevas formas de organización capaces de impulsar el cambio necesario: desde la Revolución cubana hasta las revoluciones bolivarianas actuales no se ha dado ningún caso en que un proceso transformador victorioso fuese encabezado por la izquierda tradicional. Por algo será. Nuevas ideas, nuevas cabezas, nuevos lenguajes y organizaciones fueron necesarios para vencer a los opresivos sistemas de dominación social hasta entonces vigentes, pero también para sacudir la inercia de las viejas organizaciones de la izquierda enquistadas en el Estado o en una resistencia sectaria. Muchas de ellas consideraron a quienes intentaron defender los cambios imposibles y necesarios como ilusos o incluso traidores. Afortunadamente Fidel, Hugo, Evo y otros muchos no les hicieron caso y siguieron adelante buscando hacer realidad lo imposible mientras que las izquierdas de toda la vida se contentaban con lo "posible", esto es con lo que el orden vigente les permitía.

Algo así puede estar empezando a pasar en el Estado español con el Manifiesto "Mover ficha" firmado por un grupo de intelectuales y de activistas de la izquierda exterior a los grandes partidos y con el anuncio de una posible candidatura a las elecciones europeas de Pablo Iglesias Turrión y otras personas señaladas por su participación activa en distintas formas de la resistencia social. Es una candidatura que encabeza su esbozo de programa -que aún deberá debatirse públicamente- con un claro pronunciamento en contra de la deuda ilegítima: "Primero van las necesidades de la gente. La austeridad y los recortes ahogan la economía y nuestras vidas. Hay que derogar el artículo 135 de la Constitución española y una moratoria para llevar a cabo una auditoría ciudadana de la deuda qué determine qué partes de la misma no son legítimas; las deudas ilegítimas no se pagan." La deuda es el elemento central de la dominación neoliberal. Enfrentarse a la hegemonía del poder financiero, a la forma particularmente insidiosa que adquiere hoy el poder del capital, es rechazar la deuda ilegítima y derogar todos los textos legales y medidas administrativas y políticas tendentes a imponer su pago. Por primera vez, un proyecto político de izquierda en el Estado español -sin olvidar otros muchos aspectos de la lucha por los derechos y las libertades- pone de manifiesto la centralidad de lo que es central. A la espera de que este proyecto se vaya concretando -o, mejor de que lo vayamos concretando entre todos- merece sin duda un voto de confianza. Que nadie se escandalice diciendo que "divide a la izquierda": un programa capaz de unir a una mayoría contra la deuda y por una democracia efectiva es capaz de recoger más apoyos que los típicos programas ambiguos de la izquierda abierta a los pactos con el régimen y sus partidos. Solo divide las fuerzas de la resistencia quien es incapaz de separarse del régimen.