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jueves, 23 de junio de 2011

Carta abierta a los militantes de Izquierda Unida de Extremadura


"tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este 
enemigo no ha cesado de vencer"
Walter Benjamin
"Tenemos un mundo nuevo en nuestros corazones" 
(Buenaventura Durruti en un cartel de Acampada Salamanca)
"¡No pasarán!"
Cartel de la plaza Syntagma ocupada en Atenas 


Queridos compañeros:

Os escribo sin que me asista ningún derecho formal a hacerlo, pues no soy militante de Izquierda Unida y no tengo relación directa con Extremadura. Me sitúo, sin embargo, como vosotros, en posiciones anticapitalistas y las intento desarrollar en mis escritos e intervenciones. Me dirijo a vosotros como miembro del movimiento real que transforma las cosas y que no puede ser contenido por ningún partido y ningún Estado, ese movimiento que, como agua de mayo se derrama en el secarral político de nuestro país, reverdeciendo los campos y cubriéndolos con los miles de flores distintas de una sola primavera. Por primera vez, el miedo que Franco y Yagüe sembraron en toda España y con particular empeño en Extremadura, parece haberse disipado. Centenares de miles de personas salieron a las calles el 19 de junio para protestar contra el capitalismo "democrático" que arruina nuestras vidas; lo hiceron después de que miles de ciudadanos jóvenes y no tan jóvenes ocupasen durante largas semanas las plazas de muchas ciudades. De nada sirvieron las intimidaciones ni la violencia policial, ni las provocaciones: el movimiento sigue ahí, firme y creciendo.

Vuestra actitud tras los resultados de las elecciones autonómicas en Extremadura ha sido impecable y transparente; por ello mismo a tantos les resulta insoportable. Tras una consulta de las bases de vuestra organización en vuestra comunidad, estas decidieron abstenerse en la votación parlamentaria del próximo gobierno autónomo. Las voces de la izquierda de la derecha, a través del grupo Prisa y de los medios de comunicación "de izquierdas" se apresuraron a descalificar vuestra conducta, pues esa abstención daría el gobierno a la mayoría relativa que hoy ostenta un partido de "la derecha de la derecha", el PP, cuando era según ellos "posible" que gobernara el PSOE con vuestros votos. Las cosas, como bien habéis explicado en vuestro reciente comunicado, no son así: no le estáis quitando el gobierno a un partido de izquierdas para dárselo a un partido de derechas, estáis permitiendo que el partido de derechas más votado gobierne en Extremadura, lo cual se ajusta sencillamente a las formas de la democracia burguesa. No había ninguna elección real entre la derecha y la izquierda, entre una políticas más neoliberales y otras más socialdemócratas, sino entre dos clases políticas parasitarias y caciquiles: en términos del Subcomandante Marcos, entre la "derecha de la derecha" y la "izquierda de la derecha", entre la peste y el cólera.

La dirección federal de vuestra organización, despreciando sus estatutos que reconocen la autonomía de las distintas federaciones en cuanto a la política de cada comunidad, pretende machaconamente anular vuestra decisión con el apoyo y bajo el impulso de una amplia campaña de prensa y balndiendo el fantasma de unas sanciones -antiestatutarias- contra vosotros. Hay quien llega a decir que, gracias a vuestros votos, volverán a Extremadura los asesinos cómplices de Yagüe, los que asociaron el nombre de Badajoz  a una espantosa y cruel carnicería, sólo comparable a las que los pueblos europeos se habían permitido perpetrar en sus colonias. Afirmar esto muestra cortedad de miras, pues Franco y Yagüe nunca se fueron: vivieron en la pasividad ciudadana, en el caciquismo, en el miedo a los poderosos y a los ricos, incluidos los caciques y los capitalistas del PSOE. El objetivo de tanta matanza hace 75 años no era desalojar a la izquierda, sino aplastar la potencia del pueblo, su capacidad de decidir sobre su destino. Que la izquierda, que el PSOE haya gobernado durante un trentenio, sólo ha servido para ampliar la clase de los caciques, pero no para que los trabajadores, la mayoría de los ciudadanos, recuperasen su dignidad política. La oposición derecha-izquierda, en estas condiciones, tiene mucho de mistificación, mistificación que oculta la existencia de un partido único neoliberal dentro de un régimen que es legítimo heredero del de Franco.

De lo que se trata ahora, en Extremadura y en el resto de España, es de iniciar un proceso constituyente, del que fuimos privados tras la muerte de Franco, un proceso constituyente que nos permita librarnos por fin de la apatía, de la impotencia y del miedo y que sólo podremos poner en marcha si nos libramos de la apatía, de la impotencia y del miedo. (A veces, en la verdadera realidad, se confunden las causas y los efectos.) Vosotros habéis hecho algo muy importante en vuestra comunidad con vuestra votación a favor de la abstención: al igual que los ciudadanos que están llenando de alegría y de inteligencia nuestras calles y plazas, os habéis negado, en nombre de la democracia o, valga la redundancia, del anticapitalismo coherente, a caer en la trampa de una oposición vacía entre derecha e izquierda. Hoy la izquierda no es desde luego el PSOE, ni siquiera Izquierda Unida, sino algo mil veces más valioso, el multitudinario y diverso "pueblo de izquierda" que está renaciendo, que no se da por definitivamente asesinado y quiere vivir y salvar a todos los abuelos que yacen en nuestras cunetas con un inmenso abrazo que incluye a muchos, como el que escribe, que somos nietos de franquistas.

También contribuye a este renacer la presencia digna, laica y republicana de vuestros tres diputados en el parlamento autónomo. Ellos han afirmado públicamente que no renuncian a la Tercera República en un gesto sin precedentes desde la muerte del general Franco. Una izquierda anticapitalista no puede existir como tal sin unirse a la indignación de la multitud, sin convertirse en su expresión. Vosotros, en estos momentos, estáis siendo una expresión parcial de esa potencia enorme. No estáis solos ni dentro ni fuera de vuestra organización. Desde dentro y desde fuera será necesario refundar la izaquierda, pero esta vez no como un aparato, sino como expresión del pueblo de izquierda que renace. Franco afirmó que lo dejaba todo "atado y bien atado", nosotros volvemos a afirmar, a pesar de todo, a pesar de Yagüe, de la matanza de Badajoz, de la victoria de Franco, de todo el terror de decenios, de las prisiones y torturas, del tedio y la impotencia de tantos años, de los insultos y mentiras de la prensa en todas la etapas del régimen, una consigna que hoy se oye y se ve escrita en nuestras calles y en la plaza Syntagma de la Atenas rebelde: ¡No pasarán!

Os mando un fuerte abrazo y mi más sincero testimonio de admiración,

John Brown (el que escribe en el blog iohannesmaurus.blogspot.com )

martes, 7 de junio de 2011

Franco: ¿dictador o colonizador?

Sello imposible y real de 1 EURO (Tasio-Gara)

".Ils prouvent que la colonisation déshumanise l'homme même le plus civilisé; que l'action coloniale, l'entreprise coloniale, la conquête coloniale, fondée sur le mépris de l'homme indigène et justifiée par ce mépris, tend inévitablement à modifier celui qui l'entreprend: que le colonisateur qui, pour se donner bonne conscience, s'habitue à voir dans l'autre la bête, s'entraîne à le traiter en bête, tend objectivement à se transformer lui-même en bête.." (Aimé Césaire, Discours sur le colonialisme)
(Prueban que la colonización deshumaniza incluso al hombre más civilizado; que la acción colonial, la empresa colonial, la conquista colonial, fundada en el desprecio del indígena y justificada por ese desprecio, tiene inevitablemente a modificar a quien la emprende: que el colonizador que, por darse buena conciencia, se acostumbra a ver en el otro la bestia, se entrena a tratarlo como bestia, tienede objetivamente a convertirse en bestia)




Mucho es el revuelo levantado por el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia y en concreto por la voz que en él se dedica al General Franco.  Su autor, Luis Suárez, insigne medievalista y persona de ideología ultracatólica, afirma sobre el antecesor de Juan Carlos I en la jefatura del Estado que::


"Montó un régimen autoritario, pero no totalitario, ya que las fuerzas políticas que le apoyaban, Falange, Tradicionalismo y Derecha, quedaron unificadas en un Movimiento y sometidas al Estado. Una guerra larga de casi tres años le permitió derrotar a un enemigo que en principio contaba con fuerzas superiores. Para ello, faltando posibles mercados, y contando con la hostilidad de Francia y de Rusia, hubo de establecer estrechos compromisos con Italia y Alemania" y ""Restaurando la bandera bicolor, anunció desde el primer momento su propósito de que las reformas por él emprendidas desembocasen en la Monarquía, pero sin partidos políticos ni sistema liberal, declarándola, sin embargo, confesionalmente católica".


Lo primero que se ha observado -y criticado- respecto del contenido del artículo es que no se menciona el término "dictadura". Sin embargo, que el régimen de Franco fuese o no una dictadura es cosa que el tiempo se encargó de dirimir, pues no existe ni puede existir dictadura que cuarenta años dure. Los regímenes de excepción pueden considerarse como tales desde dos puntos de vista: desde un punto de vista cronológico, en cuanto determinan una interrupción del orden jurídico por un tiempo limitado, a la manera del iustitium romano (interrupción del orden legal, del mismo modo que sol-stitium es interrupción del curso del sol) y de la magistratura extraordinaria que le correspondía, la dictatura, pero también pueden considerarse excepcionales los regímenes que se apartan de un modelo considerado normal cual es el de la democracia parlamentaria. El régimen de Franco es ciertamente un régimen burgués de excepción si se considera la democracia liberal prototipo del Estado capitalista, pero una dictadura es siempre un régimen breve y transitorio, una forma de gobierno excepcional destinada a restablecer las condiciones "normales" de gobierno de una sociedad, pero no a configurar de manera duradera esa "normalidad". Es figura clásica del dictador la antigua de Cincinato, quien tras haber salvado la república romana mediante una serie de medidas excepcionales y violentas para las que le facultó durante seis meses el senado, regresó, cumplida su misión, a su campo y a su arado. Poco tiene que ver esto con el longevo régimen a cuya cabeza se mantuvo durante dos ventenios el general Franco y que, desde un estricto punto de vista jurídico-constitucional, perdura hoy bajo la monarquía de Juan Carlos de Borbón. 


Cabe recordar que el actual monarca no es otro que el sucesor a la jefatura del Estado designado por Franco e investido por las Cortes franquistas como sucesor del fallecido, "a título de rey" . Que esta sucesión "legal" nada tiene de  mera formalidad queda también demostrado por la activa participación del sucesor durante los últimos años de vida del tirano en todos los actos importantes de apoyo al régimen, en particular en la infame concentración de apoyo a los últimos fusilamientos. Tampoco cabe olvidar que el monarca siempre se negó, no ya a condenar, sino tan siquiera a criticar al general que fue su tutor y antecesor en la jefatura del Estado o incluso a aceptar que se le criticase en su presencia. Por otra parte, la actual legalidad española es el resultado directo de un proceso de reforma política interno al régimen, proceso de reforma que no fue el único ni el primero, pues ya el franquismo conoció en los años 50 una primera transformación de Estado total nacional-sindicalista en "democracia orgánica". Su transformación en el año 78 en democracia pluralista no rompe con la "legitimidad" del Estado del 18 de julio, sino que, por el contrario, la reafirma en el terreno formal. Desde el punto de vista del contenido material del ordenamiento, los rasgos excepcionales del régimen se desplazaron, sin embargo, de la esfera de la representación, que pasó a ser de tipo liberal, a la esfera de la represión política. Dotándose de un arsenal de normas de excepción antiterroristas con carácter permanente, la joven democracia mantiene elementos clave de la estructura judicial y represiva como el Tribunal de Orden Público rebautizado Audiencia Nacional y de la legislación antiterrorista de la fase anterior del régimen. El franquismo, en este como en otro muchos aspectos, es a la vez un heredero de los regímenes de excepción europeos de los años 30 y un precursor de los nuevos regímenes de exepción neoliberales. No le faltaba así cierta razón a José María Aznar cuando intentaba "vender" le experiencia antiterrorista del régimen español a Europa y los Estados Unidos después del 11 de septiembre. La "joven democracia" es, gracias a su carácter de "democracia antiterrorista" a la vez el brote más verde del régimen del 18 de julio y una adelantada de la liquidación de las garantías que concocemos hoy en los demás capitalismos democráticos. Esto muestra, por lo demás, la rigurosa continuidad existente entre formas normales y excepcionales de la dominación capitalista. En la dominación capitalista, la excepción es siempre relativa, pues la excepción es un elemento irrenunciable del funcionamiento "normal" del Estado.


Afirma por otra parte el redactor de la voz "Franco" del mentado diccionario que su régimen no fue totalitario, sino autoritario, pues en él los partidos que lo apoyaban quedaron unificados y supeditados al Estado. Según el biógrafo de Franco, la relación partido-Estado sería el elemento decisivo a la hora de determinar el carácter "totalitario" de un régimen. Esto es algo bastante discutible, pues tanto el partido fascista de Mussolini como el NSDAP de Hitler quedaron en gran parte integrados en el aparato de Estado, como órganos del nuevo orden político totalitario, quedando sólo por encima del Estado la figura del Duce o la del Führer. Duce y Führer se concebían además como investidos de un poder excepcional al ser la encarnación del pueblo. Fascismo italiano y nazismo no son así sino formas extremas y sumamente personalizadas del Estado burgués clásico basado en el principio de la representación. Tanto Mussolini como Hitler pretendían tener una legitimidad "democrática" directa y aclamatoria, pues eran el más vivo exponente de la unificación de la multitud en pueblo por representación conforme a la teoría clásica de la soberanía desarrollada por Thomas Hobbes. El caso de Franco, a este respecto no es muy diferente, pues también en los períodos de su régimen en que ocupó la jefatura del Estado, encabezó como Caudillo el Estado y esa entidad más allá de los partidos y que se confunde con el pueblo español unificado bajo un mando que se denominó Movimiento Nacional. Si el totalitarismo es, por otra parte, conforme a la descripción de Hannah Arendt, la liquidación de todas las formas de organización subestatales autónomas que dan vida a la sociedad civil, los dos primeros períodos del régimen franquista, y sobre todo el inicial, merecen ciertamente ese calificativo. De nuevo apreciamos aquí la medida en que el régimen burgués normal y sus formas excepcionales no se diferencian sino por la desmesura a que llega la forma representativa en las segundas, siendo el principio de ambas absolutamente idéntico.


En cuanto al uso del término "fascista" para calificar al régimen de Franco, no parece tampoco indicado, salvo que se utilice como mero insulto. El fascismo, tal como lo fundó Mussolini, se presentaba como un movimiento político y revolucionario. Era objetivo del fascismo emular al bolchevismo en la movilización de las masas y de manera más general, inscribirse en la tradición revolucionaria europea. Naturalmente, esa revolución tiene aspectos contradictorios e incluso oximóricos, pues es en buena medida una revolución conservadora del orden social capitalista. Esto no excluye, sin embargo, que la movilización de masas y la propaganda política e incluso algunas formas elaboradas de ofensiva cultural e intelectual fueran aspectos fundamentales tanto del régimen fascista italiano como del nacionalsocialista alemán. Esto contrasta poderosamente con la pasividad e inercia de las masas en el régimen de Franco. Franco siempre desconfió de las movilizaciones de masas e incluso de la idea de revolución por muy conservadora que esta fuera. De ahí que no dejara ninguna posibilidad de salir con vida de su cautiverio a José Antonio Primo de Rivera y condenara a muerte a su sucesor Hedilla. Los auténticos fascistas españoles de la Falange quedaron asi neutralizados dentro de una estructura productora de despolitización paradójicamente denominada Movimiento. A esta despolitización generalizada corresponde una enorme atonía intelectual en un régimen que prescinde, a diferencia del fascismo y del nazismo, de toda auténtica afirmación cultural. En la España de Franco nunca hubo un equivalente de Heidegger o de Carl Schmitt, de Santi Romano o de Gentile: de lo que se trataba era de restablecer el orden "natural" de la sociedad, de pacificar y normalizar. En esas tareas ni el pensamiento ni la política tenían ninguna función relevante. El franquismo fue uno de los regímenes europeos que más arrinconaron a la universidad como institución pudiendo decirse que prácticamente vivió sin universidad. Franco es Caudillo y representa al pueblo, pero no como jefe revolucionario, sino como jefe de una Cruzada contra los enemigos de España y de la Iglesia. Una Cruzada cuya finalidad es liberar a España de sus "demonios familiares" y de contaminaciones foráneas. En esa Cruzada, prevalece el militar africanista con su brutal ideología "civilizadora" y la terminología revolucionaria falangista es mero adorno.


La clave del régimen de Franco es el africanismo de su fundador y de la camarilla que, desde el principio lo secundó. España fue tratada durante la guerra civil y en las décadas que le sucedieron como un terroitorio ocupado por un ejército que se consideraba a sí mismo en país extranjero y bárbaro. El historiador Gustau Nerín, en su extraordinario libro "La guerra que vino de África"(2005) incide en este aspecto recordando que la población española republicana era considerada por el ejército nacional como "los moros del Norte". La brutalidad empleada contra la población, el exterminio físico de los republicanos y sobre todo de los miembros de organizaciones de izquierda, incluso el racismo de los "nacionales" hacia los "rojos" tienen mucho más de política colonial que de política fascista. El fascismo intenta construir un consenso nacional y, si bien reprime a sus enemigos políticos, no tiene por objetivo exterminarlos sino someterlos; el franquismo, con su ideología colonial y racista y su estrategia de exterminio sistemático y de terror generalizado fue -como afirma el historiador Ismael Saz- mucho más lejos  en la violencia interna que los regímenes fascistas italiano y alemán. Franco hizo dentro de España lo que hiciera Hitler en Polonia o Mussolini en Etiopía, pero el que lo hiciera dentro de su propio país es algo más que un matiz. Como en la Polonia ocupada por los nazis, el objetivo explícito del régimen de Franco fue liquidar a las élites políticas y culturales de la España republicana, para sustituirlas por la fuerza brutal de un aparato represivo secundado por la Iglesia Católica. El gobierno de España por los nacionales tiene así muchos rasgos típicos de una administración colonial, en particular su permanente recurso a la violencia o a la amenaza de la violencia y su desprecio de toda mediación cultural capaz de crear una cultura nacional-popular. Una cultura nacional-popular bajo un régimen que siempre funcionó como régimen de ocupación era sencillamente imposible. Durante el franquismo, lo nacional impuesto oprimió duraderamente a lo popular.


La voz "Franco" del Diccionario histórico merece, en efecto, ser criticada, pero no porque niegue que el franquismo fuese un régimen totalitario -aunque podría sostenerse que sí lo fue-, sino por olvidar que fue sin duda un régimen bastante más mortífero y liberticida que los totalitarismos fascistas con los que se le suele comparar. Decir del franquismo que fue una dictadura fascista es casi un halago. Mucho más peligroso es asomarse a la realidad del régimen en cuyo marco legal vive aún la España de hoy tras la "modélica" transición. Si el franquismo fue un régimen colonial interno, la transición fue, como casi todas las descolonizaciones, un tránsito con bastantes garantías para las oligarquías dominantes, hacia el neocolonialismo. En el régimen de la neocolonia, los indígenas tienen derecho a la representación política y a cierto grado de participación en la cosa pública, pero siempre dentro de unos límites que no atenten a los intereses de los antiguos amos del país. La nueva autoridad neocolonial goza para defender de esos límites del amplio capital de terror acumulado durante los años de dominio colonial directo. Tal vez hoy, como algunos de nuestros vecinos del norte de África, hayamos empezado en nuestras calles y plazas a plantearnos una salida del régimen neocolonial.