miércoles, 27 de enero de 2010

Commonwealth de Toni Negri y Michael Hardt, "un libro oscuro y malvado"

(Recensión publicada en el n° 8 la revista Youkali


Commonwealth, de Toni Negri y Michael Hardt un libro “oscuro y malvado”

(Sobre : Michael Hardt, Antonio Negri, Commonwealth, Harvard University Press, Cambridge Massachussets, 2009)

Juan Domingo Sánchez Estop


“Porque Jesús le había dicho: "¡Sal de este hombre, espíritu impuro!"
Después le preguntó: "¿Cuál es tu nombre?" Él respondió: "Mi nombre es Legión, porque somos muchos".

(Mateo 5,8-9)



Commonwealth es el tercer título de la trilogía dedicada por Antonio Negri y Michael Hardt a la mundialización capitalista. El primer volumen, Imperio, examinaba los aspectos constitucionales de la nueva figura de la soberanía representada por el Imperio como forma política del capitalismo mundializado, el segundo volumen, Multitud, se centraba en la descripción del sujeto antagónico interno al Imperio, este tercer volumen pretende perfilar las modalidades materiales de una nueva constitución que supere el capitalismo y el Imperio a partir de un “comunismo de los comunes” que se asocia al viejo término de “Commonwealth”.


La recepción de este nuevo libro no ha estado marcada ni por el entusiasmo con que se recibió Imperio, ni por el silencio que acogió a Multitud, sino por una crítica durísima por parte de la derecha y de la socialdemocracia neoliberales. Así afirma el Wall Street Journal (7.10.2009) que “Commonwealth es un libro oscuro, malvado, y es inquietante que aparezca bajo el prestigioso imprimatur de Harvard University Press. Incontables millones de personas fueron masacradas por secuaces de Karl Marx en el siglo XX. Dios nos asista si regresa este azote en el siglo XXI” y sostiene el Independent a propósito de Commonwealth y de la última obra de Slavoj Zizek que “Una de las ideologías más desacreditadas de la historia está regresando – no ya como una fuerza política sino como una mercancía en el mercado.” El libro parece pues haber enfadado, no sólo por motivos incluso aceptables -su farragosidad y sus repeticiones, tanto internas como respecto de los dos volúmenes anteriores- sino sobre todo por su afirmación de la actualidad de una hipótesis revolucionaria anticapitalista desplegada en múltiples instancias. Ciertamente esta afirmación sigue siendo bastante abstracta, pero es lo suficientemente enérgica para empezar a inquietar a quienes pensaron que la línea de mercancías iniciada con Imperio se quedaría en una moda inofensiva, que incluso podría aplaudirse en la medida en que parece apoyar la mundialización. Nos detendremos sólo en algunos aspectos de este libro “oscuro” y “malvado” para mostrar que está escrito desde un lugar donde para muchos integrantes de la derecha como de la izquierda “huele a azufre”. Buena señal.


  1. El término “Commonwealth” no es de fácil traducción. Al igual que otras lenguas germánicas, el inglés utiliza términos de origen latino para expresar aspectos formales o ideales y se vale de términos de estirpe germánica para denotar sus aspectos materiales. Ocurre así con el término latino respublica que se traduce en inglés por Republic, o Commonwealth. Este último término es un compuesto de common, común y wealth, riqueza (como en la Wealth of Nations de Adam Smith) que traduce adecuada aunque no literalmente, los elementos del compuesto latino respublica, de res , la cosa, el interés, y publica, esto es, lo que se sitúa en el plano de la ciudad y no en el de la familia, la economía y la vida privada. Commonwealth era asimismo el nombre que dio Cromwell a la entidad política sobre la que se erigió como Lord Protector, y es también el nombre que da Hobbes al cuerpo político cuya forma y materia se examinan en el Leviatán. Para Negri y Hardt Commonwealth será el significante emblemático del conjunto de la tradición política republicana. El término en sí mismo indica, sin embargo, una atención preferente a los aspectos de “constitución material” de la república. La república es así, o bien una commonwealth en el sentido literal de la palabra o una república de los propietarios. Y es que la constitución política de la modernidad se ve afectada por una escisión interna en cuanto se tiene en cuenta su aspecto de “constitución material”. Así, la tradición dominante -liberal- del pensamiento político ha considerado que “A partir del momento en que se admite la idea de que la propiedad no es tan sagrada como las Leyes divinas y que no existe una fuerza legal y una justicia pública para protegerla, comienzan la anarquía y la tiranía1 Según Negri y Hardt, los conceptos de “república” y de “propiedad” no son sin embargo inseparables y no es tampoco necesaria la ecuación entre homo politicus y homo proprietarius.


  1. Partiendo, con todo, del hecho histórico de la hegemonía de la república de los propietarios sobre cualquier otra interpretación democrática o comunista del republicanismo, de lo que se trata es de desarrollar las potencialidades del proyecto revolucionario republicano “bloqueadas” por la retranscripción de los derechos individuales y políticos en términos de propiedad. Como afirman las autores: “Cuando el derecho de propiedad se hace de nuevo central dentro de la constelación de nuevos derechos afirmados por las revoluciones burguesas, deja de ser simplemente un derecho real y se convierte en el paradigma de todos los derechos fundamentales.”2 Para el orden burgués históricamente hegemónico “l'esprit des lois, c'est la propriété” (el espíritu de las leyes es la propiedad), con lo cual los derechos pierden toda relación efectiva con la productividad y socialidad de la fuerza de trabajo, con el trabajo vivo, y se convierten en meros representantes del trabajo muerto, del capital como objeto paradigmático de propiedad. De este orden republicano corrompido por la propiedad, pero no reductible a ella, es de donde debe arrancar cualquier proyecto de liberación.


Es este un aspecto fundamental del libro, en el cual se desvelan el método y la estrategia política de los autores, inspirada en gran medida en Spinoza y en Foucault. De lo que se trata es de evitar la ilusión generadora de impotencia de una supuesta efectividad totalitaria del poder capitalista. Los planteamientos de Giorgio Agamben en los sucesivos volúmenes de Homo Sacer son aquí el objeto principal de la crítica. Considerar que la excepción como transcedencia es la base del poder actual del capital y buscar un modo de oposición a su dominio en otra forma especular de transcendencia es una fórmula segura de generar derrotismo y pasividad. Frente a los análisis decisionistas del poder, nuestros autores oponen una forma particular de recuperación del método transcendental kantiano convertido en instrumento de crítica ilustrada del capitalismo. Ciertamente, no es que Kant no fuera un firme defensor de la república de los propietarios, pero su método crítico es un poderoso instrumento que nos ayuda a disipar las brumas teológicas del decisionismo político. “Del mismo modo -dirán los autores- que Kant descarta todas las preocupaciones de la filosofía medieval por las esencias transcendentes y las causas divinas, también debemos ir más allá de las teorías de la soberanía basadas en el gobierno de la excepción, que en realidad sólo encubren viejas nociones de las prerrogativas reales del monarca. En lugar de esto, debemos centrarnos en el plano transcendental del poder, en el que el derecho y el capital son las fuerzas principales. Estos poderes transcendentales producen obediencia no ya mediante el mando del soberano ni principalmente mediante la fuerza, sino más bien estructurando las condiciones de posibilidad de la vida social.3

Esta opción metodológica tiene inmediatamente consecuencias políticas, pues el capital y el derecho no aparecen como una absoluta alteridad sino como un medio internamente escindido en el que se producen las luchas y se plantea la propia gestación del comunismo: “...debemos -dicen Negri Y Hardt- destacar de qué modo las consecuencias prácticas de esta crítica transcedental de la república de la propiedad superan la impotencia y la amarga resignación que caracterizan a los análisis “transcendentes” de la soberanía y el fascismo. Nuestra crítica del capital, la constitución republicana y su intersección como formas trascedentales de poder no supone ni absoluto rechazo, ni, por supuesto, aceptación y aquiescencia. En lugar de ello, nuestra crítica es un proceso activo de resistencia y transformación, que libera sobre una nueva base, sobre todo el trabajo vivo encrerrado en el capital y la multitud acorralada en su república.”4 De lo que se trata aquí no es de una creación ex nihilo, sino de un “proceso de metamorfosis que crea una nueva sociedad en la cáscara de la antigua”. Exactamente lo mismo que ocurrió con el advenimiento del capitalismo histórico. Desde dentro del desarrollo capitalista y no desde el espacio mistificado de la excepción pueden plantearse las posibilidades efectivas de un comunismo potente cuya base es la libertad y la capacidad productiva de la multitud más allá de las trampas del dispositivo de poder liberal que contrapone el Estado y el mercado, lo público y lo privado. Lo común, los comunes, se encuentran más allá de esta disyuntiva. No existe así continuidad de ningún tipo entre un comunismo de los comunes y un socialismo, pues el Estado y lo público son formas de expropiación de lo común. La propiedad, poco importa que sea pública o privada es enemiga de lo común y poco importa a este respecto que la expropiación de los comunes sea obra del Estado o de agentes privados (respaldados por el Estado). De lo que se trata es de poder pensar lo común como tal más allá de su representación mistificada en lo público o de su fragmentación en las distintas formas de la propiedad privada.


  1. A pesar de la identificación histórica de propiedad y derechos, existe otra cara de la tradición republicana, una cara oculta con una importante potencialidad liberadora que es preciso recuperar desde el interior mismo del capital y de su derecho. La teoría y la práctica de la Commonwealth comunista surge así de la escisión interna del orden republicano histórico, de una modernidad que siempre ha implicado una anti- o altermodernidad como su necesario correlato interno. No sólo no hay poder sin resistencia, sino que la resistencia es, según Foucault, Deleuze y la tradición autónoma del marxismo (Tronti) incluso anterior al poder: el poder se afirma como un aspecto interno de la multitud, como relación y nunca como sustancia trascendente y soberana. La contraposición de las modernidades se manifiesta desde el comienzo tanto en el plano interno al occidente capitalista, con las resistencias populares al orden de la propiedad, como con la esencial relación del centro capitalista con sus periferias. La relación colonial y postcolonial es una aspecto determinante del orden existente. De ahí la importancia que dan Negri y Hardt a los “estudios postcoloniales” representados por Bhabha, Spivak o Said. Se trata de afirmar una lógica del encuentro en la cual la dominación no es un hecho unívoco y los vencidos producen también efectos sobre los vencedores, por mucho que el discurso de estos últimos pretenda excluir enteramente al de los primeros como bárbaro o primitivo: “ambas partes se ven modificadas por la relación. El concepto de encuentro destaca el carácter dual de la relación de poder y el proceso de mezcla y transformación derivado de la lucha de dominación y resistencia.” 5


  1. Del mismo modo, en los propios países centrales, el capitalismo siempre ha tenido que contar con un proletariado dotado de una subjetividad propia. Subjetividad que el capital ha podido en cierto modo reificar, colocar en dispositivos fabriles o mecánicos que han permitido hasta el fin del fordismo en los años 60 a 70 del siglo XX ignorar la capacidad social activa del trabajo vivo. A partir de la crisis definitiva del fordismo, este aspecto no ha podido ya ser puesto de lado por el capital; éste, en lugar de ocultarlo ha tendido a apropiárselo como fuente fundamental del valor. Cuando el capitalismo no puede ya producir mercancías destinadas a satisfacer necesidades o deseos más o menos prestablecidos, tiene que conectarse directamente con los “modos de vida” en que se generan estas necesidades y deseos, vampirizar sus dispositivos de producción, que no se distinguen de la producción del hombre y de la sociedad por sí mismos. En la producción biopolítica, la economía lo ha englobado todo, con lo cual, en cierto modo ha desaparecido como esfera particular. La economía es directamente política y los modos de colaboración de la nueva figura del proletariado, intelectual, afctiva y precaria perfilan la constitución comunista.


  1. El capitalismo postfordista ha centrado su reflexión económica en la teoría de las externalidades. Las externalidades, tanto positivas como negativas son elementos que afectan a los procesos productivos desde el exterior y que facilitan o dificutan la producción de valor. La sociedad, los modos de vida de los diferentes sectores de la multitud son externalidades positivas que se han convertido también tendencialmente en el objeto mismo de la producción, pues ya no se trata de producir mercancías sino de captar los mecanismos de producción de los modos de vida, de la propia sociedad como tal. La producción es así tendencialmente biopolítica, producción de la vida misma y del orden social. Incluso bajo la hegemonía de la república de los propietarios, debe desarrollarse de modo latente un comunismo de lo común que concentra en la producción biopolítica de la multitud lo esencial de la capacidad productiva del sistema. El capital se hace así cada vez más parasitario, cada vez menos capaz de organizar la producción, convirtiéndose en un mero mecanismo de captación de renta. El capitalismo se vuelve ancien régime, un antiguo régimen con rasgos feudales y tributarios que funciona según una doble estrategia intensiva y extensiva. La estrategia intensiva es aquella mediante la cual puestos de mando tanto públicos como privados controlan y regulan los procesos de producción social a través de varias técnicas de disciplina, vigilancia y control. Se trata pues del conjunto de técnicas que Foucault tematizara como configuradoras del poder moderno, desde la sociedad disciplinaria hasta la actual sociedad de control.

Las estrategia extensivas “están tipificadas por la acción de la finanza, pues esta no interviene directamente en las redes productivas sino que se extiende por encima de ellas, expropiando y privatizando la riqueza común integrada en los conocimientos acumulados, los códigos, las imágenes, las prácticas afectivas y las relaciones biopolíticas que producen. [...] El mundo financiero en su relativa separación mima (o en realidad refleja invirtiéndolos) los movimientos de la fuerza de trabajo social.”6


  1. Tal vez la mejor parábola de la dominación capitalista y de su contradicción con el comunismo de los comunes que le sirve de base material la presentan Negri Y Hardt en el capítulo 5.3 en el cual Monsieur le Capital va a ver a un médico o psicoanalista y le cuenta un sueño recurrente que le causa angustia. Monsieur le Capital sueña que, hambriento, intenta coger un apetitoso fruto de un árbol cercano. A pesar de su artritis, tras repetidos esfuerzos logra hacerse con él y lo que tiene en sus manos es una cabeza humana reseca. El doctor le explica así su sueño: “Los sujetos ya no producen objetos que después reproducen sujetos. Hay una especie de cortocircuito por el cual los sujetos simultáneamente producen y reproducen sujetos a través de lo común. Lo que está Ud. intentado tomar en sus manos, Monsieur le Capital, es la subjetividad misma. Pero, paradójicamente, trágicamente, al poner sus manos sobre la producción de subjetividad, destruye Ud. lo común y corrompe el proceso, haciendo que se extingan las fuerzas productivas.”7 En conclusión, el Doctor Subtilis le da un consejo de tono bíblico: “Todo lo que puedo decirle es ¡no toque el fruto!”


La gran virtud del libro de Negri y Hardt es atreverse a plantear las bases materiales y subjetivas a la vez del fin del capitalismo, algo que poquísimos esconomistas, incluso de izquierda radical hacen hoy día. Se trata, sin duda de una larga transición, pero lo esencial es reconocer las fuerzas existentes. La subjetividad es la base de los procesos de la economía inmaterial y de las formas de trabajo precario en que trabajo y vida tienden a confundirse, es también la base de una nueva forma de organización política basada en el otro patrimonio republicano: “Es necesaria una política de libertad, igualdad y democracia de la multitud”. Una libertad y una igualdad fundadas no ya sobre la propuedad y su garantía sino sobre el libre acceso de todos a los comunes.


Esto supone una sociedad sin jerarquías, libre de identidades sometidas: clase, raza, género. La lucha contra la propiedad tiene su correlato necesario en la lucha contra la identidad: “Cuando la libertad se configura como la emancipación de un sujeto existente, la identidad deja de ser una másquina de guerra y se convierte en una forma de soberanía. La identidad como propiedad, por rebelde que sea, siempre puede acomodarse en las estructuras de la república de la propiedad”. 8Lo que reivindican los autores de Commonwealth es una auténtica monstruosidad de la multitud en la cual quede traducida su éxodo de las formas. Su figura es la singularidad siempre determinada por las otras singularidades internas y externas en un incesante proceso de diferenciación. La singularidad radicaliza la individualidad conduciéndola más allá de la identidad y de la propiedad, pensándola en un proceso siempre inacabado de individualización. “Lo que la identidad es a la propiedad, lo es la singularidad a lo común?9


  1. La revolución no es para corazones delicados. Es para los monstruos. Tienes que perder lo que eres para descubrir aquello en lo que puedes convertirte”.10Si Kant había planteado la hipótesis de un gobierno racional válido incluso para los demonios, aquí nos encontramos con la hipótesis de una revolución protéica y múltiple cuyo objetivo es un gobierno de los monstruos por los propios monstruos, un gobierno de lo inconmensurable, más allá de la identidad. Aquí nos encontramos con la principal dificultad de esta propuesta, que la hace derivar hacia posiciones de neutralización de lo político, que se hacen patentes cuando Negri y Hardt proponen el esquema neoliberal de la “gobernanza” como matriz de un gobierno postcapitalista de la multitud. Esto era previsible a partir del momento en que el concepto de multitud pasa de su estatuto de horizonte ontológico de la política al de sujeto político monstruoso.


Ciertamente, tomar la multitud como punto de partida ontológico como lo hace Spinoza tiene una gran ventaja: la de disipar en el plano teórico todas las fantasmagorías decisionistas y soberanistas. La soberanía y la decisión se sitúan en un plano imaginario. Este plano imaginario no es una mera ilusión, pues no carece de causas ni de efectos prácticos. Para Spinoza, el régimen de la política es un régimen necesariamente pasional e imaginario. La multitud no se mantiene en un estado informe: se configura como pueblo sometiéndose a un soberano (aunque este sea un soberano popular: el pueblo mismo). La escisión interna de la multitud no es más superable que el conocimiento imaginario que, según el propio Spinoza, nos hace ver el sol como un tálero de oro, por mucho que sepamos cuál es su naturaleza y su dimensión real. Ciertamente, el régimen pasional e imaginario puede moderarse, existen regímenes mejores, más libres que otros; pero no puede suprimirse.


La búsqueda de una democracia absoluta, una democracia de la multitud situada más allá de las identidades, tiene mucho que ver con la pretensión de ciertos teóricos queer -que Negri y Hardt contemplan con simpatía- de abolir toda identidad sexual. La no escisión de la multitud humana convertida en un todo donde se despliega un continuum de diferencias sin ninguna frontera definitiva supone en términos psicoanalíticos la negación de la castración. Ahora bien, esta negación de la castración basada en el rechazo del nombre del padre y de la ley que este instituye tiene como terrible consecuencia el surgimiento de un poder sin límites, un poder materno que Lacan representa como una mamá cocodrilo con un niño en sus fauces. Negri y Hardt ignoran que toda subjetividad es subjetividad representada en el orden simbólico instituido por el nombre del padre, que no hay subjetividad al margen de la lógica de la representación y de la identidad. Esto los sitúa, muy a pesar suyo en las fauces mismas del cocodrilo, del Leviatán materno que no es sino virtud proteica del capital, capacidad de asimilarlo todo, incluso un discurso radical sobre el comunismo. Cuando se niega la diferencia sexual y la castración se anhela una huida del orden simbólico y por consiguiente de la política misma. Queda el imperio del principio de placer también llamado economía.


Tal vez Spinoza nunca acabara el capítulo sobre la democracia con que concluye su incabado Tratado Político por haber chocado muy precisamente con este escollo. ¿Cómo integrar en el cuerpo del soberano de la democracia, la diferencia sexual? Sabemos que una de las primeras cosas que hace en los párrafos de este capítulo que llegó a escribir es excluir a las mujeres del gobierno democrático. Tal no era el caso-en sólo aparente paradoja- en la monarquía racional descrita por Spinoza donde no se plantea explícitamente ninguna exclusión, porque siempre se mantiene la forma de una soberanía del monarca que excluye a todos los demás de la participación en el cuerpo soberano. Esto no impide que la soberanía formal pierda todo contenido al tener que actuar siempre el monarca de una monarquía deseosa de desplegar la potencia común siguiendo los consejos de ministros y asambleas. La monarquía spinoziana es un régimen en último término democrático que se representa a sí misma como un régimen donde la soberanía corresponde exclusivamente al rey. Esto es, sin embargo, lo que le permite, al igual que a la teocracia de los hebreos descrita en el Tratado teológico-político, incluir a toda la población.


La diferencia sexual, como diferencia radical encaja dificilmente en la igualdad en que se basa la democracia absoluta. La fraternidad democrática excluye la sororidad y toda dependencia social. La fraternidad, como enseña Lacan está basada inevitablemente en la exclusión. Tal vez la única manera de plantearse una igualdad política consista en erigir una forma imaginaria de poder trascendente, desarrollando, sin embargo, correlaciones de fuerza que tiendan a vaciarla de contenido. Es algo que estamos presenciando ya a comienzos del siglo XXI. Ya no nos contentamos con soñar que el sastrecillo judío representado por Chaplin sustituya a Hitler, hoy los rapaces, sanguinarios -y por ello mismo “respetables”- presidentes latinoamericanos están siendo sustituidos en la realidad por personajes que no encajan en los códigos de la representación política “normal” y de la “dignidad del Estado” como Hugo Chávez o Evo Morales. Tal vez esta ironía monstruosa de la representación sea más potente que la negación de toda identidad y, por consiguiente, de toda representación. Por algún motivo, Hardt y Negri hablan muy poco de Chávez.

1John Adams citado en Commonwealth, p. 10

2Commonwealth., p. 13

3Comm. p.8

4Comm, p. 8

5Comm., p. 68

6Comm. p. 145

7Comm. 300

8Comm, p. 330

9Comm 339.

10Comm. 340.

martes, 19 de enero de 2010

Haití: ¡Libertad o muerte!

"Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que la esencia de la autoconciencia no es el ser, no es el modo inmediato como la conciencia de sí surge, ni es su hundirse en la expansión de la vida, sino que en ella no se da nada que no sea un momento que tiende a desaparecer, que la autoconciencia es puro ser para sí" G.W.F Hegel, Fenomenología del espíritu)

Cuenta Susan Buck-Morss en un artículo sobre Hegel y Haití una anécdota que revela el origen de la desgracia histórica haitiana, más allá del pretendido pacto con el diablo del que últimamente ha hablado un predicador norteamericano. Suele asociarse a Haití con el vudú y con el oscurantismo. La literatura y el cine occidentales sobre este pequeño país suelen rodearlo de brumas mágicas y de un halo de terror. Haití da miedo y ha dado miedo desde los primeros momentos de su historia independiente, pero no por lo que suele creerse. Se refiere la estudiosa norteamericana a "los soldados franceses enviados por Napoleón a la colonia que, al oir a los antiguos esclavos cantar la Marsellesa, se preguntaron en voz alta si no estaban combatiendo del mal lado"(Buck-Morss, Hegel and Haiti, Critical Enquiry, Summer 2000, p.865). La anécdota nos muestra frente a frente al ejército insurrecto de antiguos esclavos negros que combate por hacer realidad los valores de la revolución francesa y entona su himno, frente al ejército del régimen nacido en Francia de la revolución y que, supeditando los demás principios políticos republicanos a la sacrosanta propiedad ha sido enviado a restablecer la esclavitud.

Lo que tiene de terrible Haití no son los principios democráticos y republicanos por los que combatían los antiguos esclavos bajo la consigna "La liberté ou la mort!", sino el que fueran precisamente antiguos esclavos, los nuevos ciudadanos de una república-quilombo, quienes los defendían contra el régimen francés. Haití da miedo porque pone al desnudo desde el principio el desfase entre las proclamas de libertad de las repúblicas burguesas basadas en la propiedad y las consecuencias sobre la libertad de esta propiedad erigida en derecho fundamental, que siempre se han traducido en formas de explotación de esclavos o de hombres "libres"... y expropiados. Frente a todos los racismos y los clasismos en que se sustentan las repúblicas de propietarios, los revolucionarios haitianos, los jacobinos negros de Toussaint Louverture o Dessalines, mostraron que era posible vivir sin amos.

El drama de la república de Haití es, con todo, una historia conocida: es la de todas las revoluciones que se han querido tomar en serio la democracia y la han intentado fundar sobre algo distinto del imperio de la propiedad. La violencia que sufrió Haití desde comienzos del siglo XIX hasta hoy es la que también se ejerció contra la revolución rusa, contra la España revolucionaria del 36, contra la Cuba revolucionaria... Todas ellas fueron presentadas como aberraciones respecto del orden natural de la propiedad que requerían ser corregidas por la fuerza o contenidas mediante bloqueos y embargos. Haití también en eso fue pionera, pues Francia, tras la victoria de los negros insurrectos frente a las tropas de Napoleón pactó con los Estados Unidos la venta de la Luisiana a cambio, entre otras condiciones de que los Estados Unidos impusieran un bloqueo a Haití.

Del mismo modo, Haití tuvo el "privilegio" de sufrir en su propia carne la trampa de la deuda. Francia exigió a la joven república negra, a cambio de su reconocimiento una indemnización por la pérdida de las plantaciones y de la propiedad sobre los antiguos esclavos. El régimen haitiano aceptó pagarla bajo una enorme presión política y militar. Con ello la "perla del Caribe" empezó a convertirse en una país arrasado y arruinado. En 1915, los Estados Unidos intervienen invadiendo y ocupando el país que el Chicago Tribune definía en un editorial de la época como "una rebelión que se hace llamar república". El "final" de esa ocupación llegó con el establecimiento en el poder de la dinastía de los Duvalier que acabó con la rebelión sin por ello establecer una auténtica república. Haití fue desde entonces una reserva de mano de obra barata para los Estados Unidos: el lugar donde, por ejemplo, por un dólar diario se clasifican los bonos de descuento de los supermercados americanos o se realizan toda suerte de trabajos poco especializados y sumamente mal pagados. La llama de la rebelión se ha mantenido, sin embargo en la república negra. Tras el hundimiento del régimen de los Duvalier, se fueron constituyendo fuerzas populares, por ejemplo la candidatura Fanmi Lavalas (Familia La Avalancha) que llevó a la presidencia a un antiguo sacerdote, el padre Aristide con un fuerte apoyo popular. Los Estados Unidos, valiéndose de los restos del aparato de poder informal de los Duvalier -la milicia mafiosa de los "tontons macoute", los "tíos del saco"- lograron derribar y expulsar al presidente y poner al país bajo tutela de las Naciones Unidas. Aún así, incluso bajo las nuevas condiciones de protectorado, salió elegido en las últimas elecciones el candidato de Lespwa (partido apoyado por la mayoría de las baes de la antigua Lavalas)). Naturalmente, las condiciones de tutela a las que se ve sometido su gobierno hacen que la decisión popular no tenga la más mínima consecuencia.

A pesar de todo, Haití está demasiado cerca de los Estados Unidos y de Cuba para que sus vecinos del norte puedan dejar tranquila a la república negra del Caribe. El terremoto ha sido en este sentido un regalo inesperado para quienes aún -y con buenos motivos- temen a Haití. Ha sido una de esas ocasiones que ilustran lo que Naomi Klein denomina en un libro esencial la "doctrina del shock". Conforme a esta doctrina elaborada por los teóricos neoliberales, es necesario aprovechar los momentos excepcionales de caos y desconcierto que suceden a las catástrofes naturales (huracanes, terremotos, inundaciones etc.) o de origen humano (golpes de Estado, guerras, etc.) para introducir las medidas políticas y económicas que nunca habrían podido promoverse en una situación "normal". Los ejemplos clásicos son Chile tras el golpe de Pinochet, que abrió las puertas a los Chicago Boys; el ciclón Katrina que devastó Nueva Orleans permitiendo "blanquear" étnicamente y privatizar los servicios públicos en la ciudad o el tsunami que hace unos años asoló las costas del Pacífico reconfigurándolas social y económicamente con vistas a la obtención del máximo beneficio.

El terremoto de Haití ha representado el equivalente de los bombardeos con los que los Estados Unidos prepararon la invasión de Iraq. Con la importante ventaja de que la aviación norteamericana no tuvo que encargarse de hacerlos. Sin embargo, su táctica parece ser identica: es a todas luces una táctica de ocupación y no una operación de ayuda a las víctimas de una catástrofe. Su primer paso ha sido ocupar -al igual que en Bagdad- el aeropuerto con tropas norteamericanas que, por cierto han impedido durante días el reparto de la ayuda alimentaria y sanitaria, incluso de otros países. Los siguientes pasos serán con toda probabilidad el control de los medios de comunicación y de las vías de transporte. Todo ello con el pretexto de que para prestar ayuda es necesaria seguridad. Es llamativo que sólo necesiten una escolta militar de 11.000 hombres los norteamericanos y los europeos. Los centenares de médicos cubanos que acudieron a Haití en las primeras horas después del terremoto no tuvieron necesidad de tanta protección.

La propaganda de guerra humanitaria europea y norteamericana nos presenta Haití como un infierno en el que todos están en guerra contra todos, un lugar de barbarie donde a los pillajes suceden los linchamientos. Con esto se justifica la necesidad de orden. Sin embargo, los actos de violencia de los que han dado noticia la prensa y demás medios de "comunicación" suelen ser ejecuciones de ladrones por parte de agentes del "orden" públicos o privados. No es tanto una guerra de todos contra todos como una brutal defensa de la propiedad frente a los pobres que la amenazan, que tienen que cuestionarla para sobrevivir. Sin embargo, puede más que la realidad sobre el terreno el peso de la imaginación. En el imaginario político que legitima el Estado moderno, la guerra permanente de todos contra todos, el "bellum omnium contra omnes" es desde el Leviatán de Hobbes la situación que existe necesariamente cuando se hunde un Estado. Antes y después del Estado sólo hay caos. De ahí la necesidad de un acto de soberanía -incluso de una potencia extranjera: el soberano siempre es en algún modo transcendente y extranjero- para restablecer el orden.

Sobre los escombros de Puerto Príncipe se está tramando un nuevo golpe en la serie de los golpes "blandos" de la administración demócrata iniciada con el de Honduras. Es un golpe contra un pueblo que no acaba de pagar la gran ofensa al orden liberal que representa su propia existencia como país independiente. Haití es un ejemplo -pésimo para el imperio- de dignidad política en situaciones extremas. Su nombre se coloca en una serie de significantes históricos cuya mera mención da miedo a los poderosos. Haití pertenece a ese mismo universo temible donde se encuentran Cuba y Palestina; ese mundo empecinado en existir cuyo lema común es el de todos los que niegan tener un amo por muy democrático y humanista que sea el amo: "La liberté ou la mort". Libertad o muerte. No en vano reconoció Susan Buck Moss en la historia de la revolución haitiana una de las fuentes de la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo. Precisamente el lema de los revolucionarios haitianos coincide con la máxima de toda renuncia a la esclavitud. Esclavo es según Hegel quien antepone la vida a la libertad, libre quien prefiere la muerte a la pérdida de la libertad. Tal debería ser la máxima de la resistencia al actual régimen de dominación biopolítica que nos hace a todos literalmente esclavos. No es poco lo que debemos a Haití.

lunes, 18 de enero de 2010

La mentalidad terrorista

"Oh you tell me that there's danger to the land you call your own
And you watch them build the war machine right beside your home
And you tell me that you're ready to go marchin' to the war
I know you're set for fighting, but what are you fighting for?"
(Phil Ochs, What are you fighting for?)
"Me dices que está en peligro el país que llamas tuyo
Y los miras construir la máquina de guerra junto a tu casa
Y me dices que estás listo para ir marchando a la guerra.
Ya sé que estás dispuesto a combatir, ¿pero qué es aquello por lo que luchas?"


El último atentado fallido contra un avión dirigido a los Estados Unidos ha ocasionado un nuevo aumento de la tensión en los medios políticos y policiales occidentales encargados de la lucha antiterrorista. El presidente Obama, premio Nobel de la paz que ni ha cerrado Guantánamo, ni ha retirado su ejército de Iraq y ha iniciado una nueva escalada en Afganistán, está preocupado por la incapacidad de sus servicios secretos para prever e impedir este intento de atentado. La respuesta frente a la « amenaza terrorista » es la misma que ya se aplica en Afganistán frente a la ofensiva de la resistencia y los conatos de insurrección contra los ocupantes: aumentar la presión incrementando los efectivos de las fuerzas de ocupación en el frente neocolonial y desplegar en « Occidente » una panoplia aún mayor de medios de lucha contra lo que se denomina « terrorismo ». Se supone que el restablecimiento del orden por la fuerza en los países árabes y musulmanes ocupados (Palestina, Iraq, Afganistán) y la consolidación de los regímenes tiránicos neocoloniales en los no ocupados permitirá reducir la « radicalización » conducente al « terrorismo ». Por otro lado, se confía en que un control cada vez más estrecho de las poblaciones inmigrantes y locales en los países denominados « occidentales » permitirá eliminar toda posibilidad de respuesta violenta a estas situaciones. Todo indica, sin embargo que la intensificación de la actividad militar está generando mayor resistencia y que la multiplicación de los controles desarrollará la inventiva de quienes pretenden responder violentamente a la brutalidad neocolonial en el corazón mismo del orden capitalista mundial. Es muy poco probable, sin embargo, que se llegue a una « solución final » del problema « terrorista » por estos medios.

Sin embargo, la obcecación organizada sigue su curso: psicólogos y sociólogos se movilizan para determinar los móviles del terrorismo, para describir la personalidad del terrorista poniendo rigurosamente entre paréntesis las condiciones políticas y militares que perpetúan y desarrollan la tensión. De ahí que se haya puesto de moda en los Estados Unidos y en Europa la temática de la « radicalización », dando a pensar que el problema político de la violencia neocolonial, de la ocupación militar y del racismo que las inspira tienen poco peso frente a determinados resortes psicológicos de la « personalidad terrorista ». Así un reciente artículo del New York Times titulado « The terrorist mind » (La mente del terrorista) se abría con estas alucinantes palabras: « ¿Qué lleva a la gente a matarse a sí misma junto con los inocentes que pasan por las inmediaciones? Este misterio de la mente ha vuelto a ponerse de actualidad en las últimas semanas en las que un terrorista suicida en Afganistán -un agente doble- mató a siete agentes de la CIA , un hombre irrumpió con un camión cargado de explosivos en una zona de juegos llena de gente en Pakistán; y un nigeriano intentó hacerse estallar en un avión con destino a Detroit el día de Navidad. » Aquí todo se confunde, desde el acto de guerra legítimo y eficaz (la eliminación de siete agentes enemigos) hasta los atentados sangrientos y crueles contra población civil. Lo llamativo, sin embargo es que el acto de guerra evidente realizado contra los agentes de la CIA se le quiera dar un sentido « psicológico », considerando que algo deberá andar mal en la cabeza de los afganos cuando liquidan a siete agentes de la CIA. De hecho ni siquiera los atentados contra el parque y el avión dejan de tener una coloración política y una relación directa con la guerra de Afganistán y la descomposición interna del Estado pakistaní que la extensión de esta guerra está ocasionando. La crueldad de lo que llama Mike Davis « la aviación de los pobres » se asemeja a la de los bombardeos diarios de población civil practicados por los « occidentales » en los países ocupados.No es ni más ni menos loca, ni más ni menos indecente. Este situación está bien resumida por Slavoj Zizek en uno de sus últimos libros (Violence, p.9): « ¿No hay acaso algo sospechoso, sin duda sintomático, en esta insistencia en la violencia subjetiva -la violencia perpetrada por agentes sociales, individuos malvados, disciplinados aparatos represivos, masas fanáticas? ¿No es algo que intenta desesperadamente distraer nuestra atención de otras formas de violencia participando así de forma activa en ellas? Conforme a una famosa anécdota, un oficial alemán visitó a Picasso en su estudio de Pzarís durante la segunda guerra mundial. Vió entonces el Guernica y chocado por el « caos » modernista de la pintura, le preguntó a Picasso: « ¿Ha hecho usted esto? ». Picasso replicó con tranquilidad: « No, lo hicieron ustedes ».

No es así útil ni necesario rebuscar en los adentros de la « mente del terrorista » para localizar sus móviles. Su violencia responde casi mecánicamente aunque a mucho menor escala y con mucho menor número de víctimas a la que aplican las potencias occidentales en los países « liberados » por la nueva cruzada que ya no es explícitamente cristiana sino humanitaria y democrática. Uno de los editorialistas del diario Libération, François Sergent, afirmaba en un texto dedicado al último intento de atentado contra un avión norteamericano (Voyager, Libération, 28.12.2009): « Los terroristas quieren que nuestro mundo se reduzca. Su última tentativa, afortunadamente fallida, significa de inmediato nuevas limitaciones para los viajeros. Controles, visados, horas de espera. Más allá de la muerte que este joven nigeriano, hijo de papá, quiso desencadenar, este mundo fundamentalista quiere limitar el horizonte del mundo a su tribu, a su país o a su religión. » Sin duda, lo único que preocupa a Sergent de ese desesperado y cruel intento de llamar la atención sobre la situación de Afganistán por parte de un joven islamista nigeriano es que nos vaya a resultar a los occidentales cada vez más difícil viajar. La ocupación occidental de países enteros no parece guardar ninguna relación con este tipo de violencia: sencillamente se ignora este hecho y se achacan los atentados al fanatismo y a una difícilmente explicable radicalización. En cierto modo, la violencia de los « terroristas » da la razón a Sergent, pues su objetivo político declarado no es el triunfo de una determinada fe, sino « que nuestro mundo -el mundo « occidental » erigido en norma de la mundialización- se reduzca ».

Lo llamativo no es tanto que un afgano o un nigeriano musulmán se radicalicen, sino que esto en occidente no se pueda comprender, incluso que no genere una radicalización antiimperialista entre lo que queda de las izquierdas o de las opiniones democráticas occidentales. La resistencia anticolonial argelina suscitó algunas simpatías en la izquierda radical francesa de los años 50 y 60 (Sartre, Fanon); hoy prácticamente nadie apoya las resistencias iraquí y afgana. Ello se debe en parte al éxito evidente de la propaganda en favor de la « guerra/diálogo de civilizaciones » en sus dos variantes, radical y neoimperialista, representada por Bush, Blair o Aznar o progresista y humanitaria al estilo de Obama o Zapatero. Detrás de ello hay que reconocer un auge del racismo rigurosamente paralelo al avance de la mundialización, un racismo que no sólo no permite entender al otro colonizado, sino que coloca a este último del lado de los que se pueden matar en nombre de la defensa de la vida « valiosa ». Ya había alertado Jacques Lacan en 1967 de que « Nuestro porvenir de mercados comunes se verá equilibrado por una extensión cada vez más dura de los procesos de segregación. » La psicología que pretende detectar la patología terrorista se inscribe en esta matriz racista: el terrorista actúa violentamente porque su naturaleza o su patología lo conducen a ello, no porque esté implicado en una relación de atroz violencia generada por la cruzada « antiterrorista occidental » y el despotismo de las distintas satrapías del « mundo libre ». La psicología del terrorismo tiene por misión crear al terrorista, al igual que la criminología y la prisión fabrican al delincuente y los guetos y campos de concentración del racismo científico a las « razas inferiores ».

La cruzada antiterrorista tiene, sin embargo otro aspecto, que podríamos caracterizar como más estructural, más íntimo a la sociedad capitalista de control en que vivimos. Se trata al igual que el proyecto de un mercado mundial, de un proyecto infinito. Quienes lo promueven saben perfectamente que nunca podrán acabar con las resistencias, que nunca podrán impedir que se tramen y se lleguen incluso a realizar actos de violencia contra el corazón mismo del Imperio. En un mundo centrado en la existencia de un mercado mundial y en las segregaciones que esta supone, se trata de una pretensión sencillamente imposible. Entre otras cosas, porque el mercado mundial exige una libertad de movimientos que desde hace tiempo se ha vuelto incontrolable. Incluso en un país como Israel, cerrado por los propios muros en que encierra a la población Palestina, a pesar de las enormes medidas de control siguen produciéndose atentados. Y, sin embargo, es el modelo israelí el que está siguiendo occidente en su conjunto: la combinación de la más brutal represión militar con el control más riguroso. Israel es además uno de los grandes productores de « material de seguridad », desde las alambradas a los equipos ultrasensibles de detección, pasando por las armas subletales. La « seguridad » también se ha convertido en un negocio rentable, en una sabrosa oportunidad de negocio. El dispositivo (anti)terrorista le ofrece una permanente renovación cuantitativa y cualitativa de la demanda. De ahí que sea necesario y comercialmente rentable gestionar un « terrorismo » que de todas formas nunca se podrá suprimir mientras se sigan alimentando sus causas reales. Con el terrorismo, al igual que con la esfera de la producción y distribución de riquezas o con el dispositivo de sexualidad, o con el tráfico y consumo de drogas, el poder contemporáneo no establece una relación exclusivamente represiva.

Como sugirió tantas veces Michel Foucault, el poder biopolítico que hoy se presenta como hegemónico frente al poder legal del soberano, no pretende suprimir las amenazas y riesgos, sino gobernarlos. Resumiendo su concepción del poder que denominará biopolítico, afirmará Foucault: « Se trata en resumen de orientarse hacia una concepción del poder que sustituya al privilegio de la ley, el punto de vista del objetivo, al privilegio de la prohibición, el punto de vista de la eficacia táctica, al pprivilegio de la soberanía, el análisis de un campo múltiple y móvil de relaciones de fuerza en el que se producen efectos globales, pero nunca totalmente estables, de dominación. El modelo estratégico, más que el modelo del derecho. » (Histoire de la sexualité I, La volonté de savoir, p.135). Existe un gobierno de la droga o del sexo o de las transacciones económicas o de la delincuencia que « deja hacer » dentro de determinados límites, pues no puede suprimir estos fenómenos y, en cierto modo, tampoco quiere hacerlo. Fenómenos anómalos para la lógica jurídica del poder soberano se convierten en una realidad inevitable que debe observarse para conocer sus evoluciones y resortes, y que cabe incluso suscitar en alguna medida. Guerras de agresión neocolonial como las de Afganistán o Iraq hacen mucho para producir nuevas formas de resistencia violenta o incluso de simple violencia fuera de una lógica de resistencia. La guerra contra el terrorismo alienta el terrorismo del mismo modo que la guerra contra la droga y las políticas prohibicionistas mantienen en pié un potente mercado mundial de la droga. El paradigma represivo del poder es aquí particularmente engañoso, pues impide reconocer la dinámica efectiva que genera a la vez el terrorismo y el antiterrorismo, el mercado de la droga y la cruzada contra la droga. Superar este paradigma es lo que nos permite ir más allá de una condena de la violencia « venga de donde venga » y desbloquear más allá de las ilusiones « soberanistas » y legales del (anti)terrorismo la posibilidad de una resistencia real a la violencia hegemónica, en Afganistán, Palestina, Iraq, Haití y aquí mismo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Copenhague: Apocalypse, now?

Apocalypse, ¿now?
Copenhague: entre amenazas apocalípticas y ecologismo de mercado

“El objetivo de esta normativa no debería ser eliminar la contaminación por el humo, sino garantizar la cantidad óptima de contaminación por humo, siendo esta la cantidad que maximiza el valor de la producción” (R. Coase, The problem of social cost)

Alrededor de la cumbre de Copenhague sobre el clima se multiplican los mensajes tenebrosos. Según un inesperado coro compuesto por gobiernos, organizaciones internacionales, ONG e incluso representantes de la industria nuclear que han descubierto virtudes “verdes” a su fuente de energía, el mundo se va a acabar o se va a convertir en un auténtico infierno si no se toman con urgencia las medidas necesarias contra el cambio climático. En Bélgica se está distribuyendo a través de la red de tiendas de productos ecológicos una película titulada “Nuestros hijos nos lo reprocharán” que coincide con la campaña ecologista oficial en la que los distintos dirigentes del planeta aparecen tal y como serán dentro de veinte años, canosos y arrugados y abrumados por la culpabilidad de no haber decidido veinte años antes lo que de ellos demandaba el saber ecologista.

El registro fundamental de la campaña es el de la culpabilidad, pero no sólo del sistema y de sus dirigentes, sino de cada uno de nosotros, por una catástrofe anunciada. En el contexto del saber ecologista, todos somos siempre culpables de no haccr lo suficiente, porque lo suficiente es algo relativamente indefinido: ¿se trata acaso de evitar la destrucción del planeta?, ¿de preservar las condiciones que hacen posible la vida humana sobre él?, ¿de mantener la naturaleza en su estado “natural”? A propósito del calentamiento climático se plantean todas estas preguntas, sin preguntarse un solo momento por el valor explicativo de la propia hipótesis del calentamiento climático y acusando, por el contrario, a cualquiera que se oponga a ella de “negacionista”. El uso del término “negacionista” (en inglés “denialist”) evoca otra catástrofe de indudable origen humano: el judeicidio nazi, pues los que primero fueron tachados de “negacionistas” fueron los historiadores que negaron la realidad del exterminio de los judíos de Europa o la existencia del principal instrumento de esta matanza industrial: las cámaras de gas. El término no se maneja así con ninguna inocencia y marca como un tabú absoluto cualquier intento de cuestionamiento de la única opinión autorizada. Quien se oponga al calentamiento planetario es un enemigo de la humanidad.

El calentamiento planetario catastrófico y de origen antrópico es un dogma. Las recientes filtraciones sobre el modo en que se defiende este dogma en el el marco del grupo oficial de sus consevadores, el GIEC (Grupo Internacional de Estudios sobre el Clima) de las Naciones Unidas, son reveladoras. Confiesa un eminente científico de este grupo que las curvas climáticas que nos indican el calentamiento mundial han sido manipuladas para que tengan la elocuente forma de un palo de hockey que muestran en los gráficos, eliminando una decena de años en los que los datos no correspondían a la hipótesis. El problema de las verdades dogmáticas en materia tan compleja es que para mantenerlas, es indispensable maquillar la realidad y silenciar las voces discrepantes, que no son todas de reaccionarios apoyados por la industria del petróleo.

Es impresionante ver cómo en casi todos los medios de comunicación importantes existe un consenso sin fallas entorno a este dogma y no se escucha ninguna voz discrepante. Si la hipótesis del calentamiento catastrófico del planeta fuera una hipótesis científica, no se ve el interés de silenciar a quienes en la comunidad científica no la comparten. Lo que ocurre es que es, en su dimensión pública, una hipótesis política. El calentamiento planetario y las catástrofes que amenaza producir se ha convertido en el gran incentivo para el ingreso de los países desarrollados en un nuevo modelo de acumulación capitalista, un capitalismo verde. Con las amenazas apocalípticas se crea un estado de urgencia permanente que permite al poder capitalista intentar un nuevo despegue tras la crisis. Es la situación tan brillantemente descrita por Naomi Klein en su Doctrina del Shock, con la particularidad de que el “shock” aún no se ha producido. Mediante el miedo y el sentimiento de urgencia, se intenta imponer un modelo de crecimiento con menores emisiones de carbono, mayor recurso a la energía nuclear, energías renovables y formas complejas de gestión financiera de los derechos a contaminar. Todos estos elementos reafirman la hegemonía de los países más ricos, pues son ellos los que tienen la capacidad técnica defendida mediante patentes para desarrollar los elementos fundamentales del nuevo modelo de crecimiento. De ahí el escándalo de los países del Sur en Copenhague cuando supieron que las tecnologías para combatir los efectos de un cambio climático que se anuncia oficialmente como inminente y catastrófico van a seguir estando protegidas por los derechos de propiedad intelectual. Se pretende usurpar en nombre del mercado un conocimiento técnico y científico que es un bien común de la humanidad y que está destinado a proteger otros bienes comunes como el aire o el clima. El capitalismo actual muestra aquí su carácter fundamentalmente parasitario frente a una producción real de riqueza basada en el acceso universal a los bienes comunes (bienes naturales como el aire o el agua o los recursos minerales, bienes intelectuales como la ciencia o la cultura etc.). El capital es ya sólo un obstáculo a la producción y la libre redefinición de la riqueza en términos no mercantiles: su función en la producción es nula y acumula riqueza fundamentalmente mediante la privatización y financiarización de lo común. Cada vez más la reproducción del capital se basa en la renta financiera exterior a la producción y no en el beneficio.

Pero en Copenhague no sólo está el punto de vista económico de los neoliberales. Con lo que nos encontramos es con el reverso del planteamiento de la economía. En la economía actividades humanas fundamentales como la producción, el intercambio o la distribución de riqueza se sitúan del lado de la naturaleza, pues el mercado que las rige es según la hipótesis que funda la economía como disciplina un orden natural autorregulado. Junto a la economía, tenemos ahora la ecología, la cual pretende -al menos en sus variantes conservadoras, ver en la naturaleza una realidad también perfectamente autorregulada. El objetivo de ambos planteamientos es alcanzar puntos de equilibrio “homeostáticos” en sus órdenes de realidad respectivos. Copenhague se ha convertido así en el punto de encuentro entre dos sistemas de regulación de la sociedad y de la naturaleza basados en una misma idea de equilibrio: el sistema d autorregulación natural del ecologismo y el sistema de autorregulación mercantil del neoliberalismo. Sin embargo, sabido es que para que estas “autorregulaciones” sean posibles es necesaria una intervención política considerable. Kyoto representaba ya esta misma convergencia de los naturalismos en la que para “salvar la naturaleza” se retoma el ideal de los fisiócratas de abolir toda política distinta de la por ellos preconizada en nombre del respeto del orden natural y de su forma humana que es el mercado generalizado. Para el ecologismo apolítico, de lo que se trata es de restablecer un equilibrio entre el hombre y su medio ambiente que neutralice los efectos negativos de la actividad humana. Para la economía (neo)liberal, se trata de llegar a un equilibrio entre la oferta y la demanda reguladas ambas por el mercado.

El protocolo de Kyoto que se pretende prorrogar y banalizar en Copenhague -según los primeros borradores de acuerdo filtrados- está centrado en dos pilares: la reducción de emisiones de una serie de gases que supuestamente inciden en el efecto invernadero y el reparto y libre comercio de los derechos de emisión. Según Kyoto -y, probablemente también Copenhague- los países que menos contaminan tienen derecho a vender a los que más contaminan parte de sus cuotas de emisiones. Esta singular fórmula para la reducción de emisiones sólo se aprecia en todo su valor si se tiene en cuenta el marco teórico en el que se hace formulable, que no es sino la teoría de los costes de transacción de Ronald Coase y del reciente premio Nobel Williamson. Esta teoría cubre el conjunto de la economía y, en realidad, como el propio concepto de transacción que maneja, abarca la casi totalidad de la actividad humana que implique a dos o más individuos, convirtiéndose en clave explicativa del conjunto de la vida social. Lo que nos dice esta teoría es que en toda actividad de producción y venta de mercancías existen unos costes que el cálculo económico clásico no tuvo en cuenta, pero que resultan en la práctica fundamentales, los denominados costes de transacción. Estos costes se originan en el contacto con otros agentes económicos, contacto éste que se realiza en la realidad con menos fluidez y muchas más fuerzas de fricción que lo que pretendería la economia clásica, pues no existen mercados perfectos sin distancias geográficas, diferencias culturales, obstáculos legales y administrativos etc. Costes de este tipo son los que genera por ejemplo la selección de ofertas para entrantes del proceso productivo o la selección de mercados para la comercialización de los productos. Estos costes pueden ser tales que a veces sea interesante para una empresa internalizar determinados procesos para los que antes acudía al mercado: la empresa como tal no es sino el lugar de dimensiones variables en que se operan las distintas internalizaciones o desde el que se operan las externalizaciones.

El cálculo de estos costes no se para naturalmente en la economía legal y abarca, entre otras cosas, a la actividad delictiva. Así, afirmará el premio Nobel Gary Becker que se inspira en particular en los trabajso de Coase que “la “delincuencia” es una actividad o sector industrial económicamente importante por mucho que los economistas la hayan ignorado.” Un delincuente racional imbuido de teoría neofuncionalista efectúa un cálculo de los riesgos policiales, judiciales y penales de su acto, del mismo modo que una empresa puede evaluar los riesgos de un fraude fiscal de mayor o menor dimensión o de otras ilegalidades. Uno de los ejemplos concretos que da Coase de este tipo de cálculos considera que los efectos dañinos de una actividad económica pueden corregirse o compensarse mejor mediante acuerdos de compensación del coste del daño con el tercero dañado que mediante sanciones penales o adminstrativas impuestas por las autoridades públicas. Los efectos dañinos son siempre según Coase relativos y pueden incluso, si se consideran sus consecuencias económicas globales, resultar marginalmente más positivos que negativos. Así, acerca de la normativa legal en materia de contaminación atmosférica, afirmará el propio Coase:
“El objetivo de esta normativa no debería ser eliminar la contaminación por el humo, sino garantizar la cantidad óptima de contaminación por humo, siendo esta la cantidad que maximiza el valor de la producción” (R. Coase, The problem of social cost)
Y el ya citado premio Nobel Gary Becker afirmará en su famoso artículo Crime and Punishment: an Economic Approach (Journal of Political Economy, March-April, (78): 169-217.1968) lo siguiente:“El principal objetivo del presente ensayo es reponder a las versiones normativas de estas cuestiones, a saber, ¿cuántos recursos y cuántas sanciones hay que utlizar para aplicar distintos tipos de legislación? O, de manera equivalente, aunque ello produzca algo más de extrañeza, ¿Cuántos delitos deberían permitirse y cuántos delincuentes deberían quedar impunes?”
Frente a la lógica de la ley que pretende eliminar el delito, Becker y los demás neoliberales lo que pretenden es establecer un planteamiento que normalice la actividad delictiva viéndola como una práctica económica con riesgos específicos. Así, según Becker en el mismo artículo:
“El planteamiento que aquí seguimos sigue el análisis habitual de los economistas basado en la elección (choice) y parte del principio de que una persona comete un delito si la utilidad que espera obtener supera la que podría lograr dedicando su tiempo y demás recursos a otras actividades. Algunas personas, según Becker, se hacen “delincuentes” no por que su motivación básica difiera de la de las demás personas, sino porque difieren los costes y los beneficios.”.

Lo interesante de este planteamiento es que nos muestra a todas luces cómo entre capitalismo legal e ilegal la frontera prácticamente no existe. No cabe sorprenderse de que, cuando este planteamiento se quiere aplicar a la reducción generalizada de emisiones sustituyendo las medidas políticas y administrativas por mecanismos de mercado, obtengamos el mismo resultado que en la sociedad en general: un óptimo compatible con el crecimiento económico, un óptimo de contaminación, un óptimo de emisiones, pero en ningún caso una reducción significativa. El mecanismo de mercado mediante el que se pretende obtener la reducción y que sustituye a las prohibiciones y sanciones administrativas es el contemplado en el artículo 17 del Protocolo de Kioto:
“Artículo 17
La Conferencia de las Partes determinará los principios, modalidades, normas y directrices pertinentes, en particular para la verificación, la presentación de informes y la rendición de cuentas en relación con el comercio de los derechos de emisión. Las Partes incluidas en el anexo B podrán participar en operaciones de comercio de los derechos de emisión a los efectos de cumplir sus compromisos dimanantes del artículo 3. Toda operación de este tipo será suplementaria a las medidas nacionales que se adopten para cumplir los compromisos cuantificados de limitación y reducción de las emisiones dimanantes de ese artículo.”

El comercio de derechos de emisión se basa en el el principio “cap and trade”, esto es “limita y comercia” que permite a todo país que logre situarse por debajo de las cuotas de emisiones que le correspondan vender a otros países el derecho a contaminar que no haya utilizado. Este sistema ha sido fuertemente criticado precisamente por uno de los científicos que más han hecho por promover la hipótesis del calentamiento planetario. En un artículo reciente del New York Times (7.12.2009) llegaba Hansen a propósito del comercio de emisiones a las siguientes conclusiones basadas en la experiencia norteamericana del “cap and trade”:
“Dado que la limitación y el comercio (cap and trade) se aplica mediante la compraventa de permisos, en la práctica perpetúa la contaminación que pretende eliminar. Si las emisiones de cada contaminador caen por debajo de un límite que se rebaja cada vez más, el precio de los créditos de contaminación tendería a hundirse desapareciendo así la motivación para seguir reduciendo la contaminación.” Y, prosigue el propio Hansen algo más adelante:
“Si esto no fuese ya bastante, Wall Street está dispuesta a hacer miles de millones de dólares en la parte “comercial” del “cap and trade (limitación y comercio). El mercado de compraventa de autorizaciones de emisiones de carbono parece que va a ser regulado de manera laxista, abriéndose a los especuladores e incluyendo derivados. Todos los beneficios de este sistema de comercio con la contaminación se extraerían al público mediante un incremento de los precios de la energía.”
Después de la burbuja inmobiliaria, perparémonos pues a la burbuja del carbono, todo ello dentro de un sistema que apenas conseguirá reducir las emisiones nocivas y aún menos el calemntamiento del planeta. Menos mal que el lugar de honor dejado por los liberales a los ecologistas de mercado que apoyan inquebrantablemente en Copenhague la hipótesis del calentamiento planetario nos permite sospechar que esta hipótesis es sólo una hipótesis. Con todo, aunque el capitalismo no vaya, todavía, a originar un apocalipsis, es necesario por otros motivos combatir seriamente la contaminación y no sólo la asociada con el “efecto invernadero” y, en particular, la originada por la industria nuclear que está hoy intentando crearse una nueva virginidad después de Three Mile Islands o Chernobil. El anuncio de la catástrofe climática, si bien constituye un intento de unir a la “humanidad” en torno a un nuevo ciclo de crecimiento capitalista presentado como una necesidad natural, también puede servir para recordar la necesidad de reafirmar el carácter común de bienes como la tierra, el aire, el agua, la ciencia, los recursos vivos y los recursos minerales, sacando las consecuencias que se imponen desde el punto de vista de la organización de nuestras sociedades. Así, poco importa que el calentamiento global sea verdad o mentira, de su realidad o de su mentira es responsable el capitalismo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Frente a una derecha "de izquierdas", un comunismo "conservador"

"Er ist das Einfache
Das schwer zu machen ist."
"Es lo sencillo,
que es tan difícil de hacer"
(Bertolt Brecht, Lob des comunismus -Loa del comunismo)


Nuestro amigo Samuel de Quilombo ha tenido el acierto de dar en su blog el enlace hacia los videoclips de dos canciones que en otras circunstancias habrían parecido surrealistas, pero que en la tristeza de nuestro presente parecen casi normales. Se trata de la canción electoral de Forza Italia para las últimas elecciones y del videoclip de las juventudes del partido de Sarkozy, la UMP, para promover la imagen, como diría José Antonio Primo de Rivera, "alegre y faldicorta" del actual régimen francés. Dentro de un hipótetico festival de Eurovisión de la canción descerebrada, me gusta más "Meno male che Silvio c'è". Creo que algo así sería el prefecto himno nacional de un país donde el Tío Gilito o el Padre Ubu de Alfred Jarry fuesen presidentes. Italy 9 points!

La canción francesa de los chavales y chavalas de la UMP, coreada por sus mayores tampoco tiene desperdicio: nos permite comprender cuán errado era el lema "Otro mundo es posible". Es un lema de izquierda como el "Changer le monde"(Cambiar el mundo) de la canción sarkozista. La derecha francesa, en este momento extremo de la neutralización política asume un discurso explícitamente de izquierda, tras haber asimilado a importantes representantes del PS. Ya otras revoluciones pasivas absorbieron el discurso y el personal político de la izquierda. El fascismo italiano fue fundado por un dirigente importante del PS y el nacionalsocialismo incorporó a su discurso elementos del populismo obrerista de la izquierda socialdemócrata o stalinista así como el antisemitismo o "socialismo de los imbéciles". En este caso, la absorción se ve facilitada por el hecho de que la izquierda realmente existente sólo pueda ser la izquierda de un sistema del que queda descartado el antagonismo (véase como síntoma más actual la unanimidad vergonzosa en torno a ariantes del capitalismo neoliberal verde en la cumbre de Copenhague). Lo que distingue a la derecha de la izquierda, según el discurso político que inspira el videoclip sarkozista, es que la derecha acepta asumir el riesgo y mirar al futuro, mientras que la izquierda se queda en posturas conservadoras. Como dice el mensaje (no cantado) inicial: "El peor riesgo es no tomar ninguno". POr consiguiente, la verdadera izquierda es la derecha y Sarkozy el nuevo Che Guevara. De todas formas, este lamentable travestismo (los hay más dignos, alegres y divertidos) se basa en la lógica misma del dispositivo liberal que establece como los dos límites de la política la asunción de riesgos y la protección contra el riesgo. El último Foucault nos enseñó que esta lógica de la seguridad (que entraña una dialéctica riesgo/protección) es la base misma del biopoder liberal. Su combinación en el capitalismo verde es paradigmática, pues el mismo sistema -capitalista- que crea el riesgo es el que se ofrece a paliar las consecuencias mediante métodos -el mercado de emisiones de Co 2- que entrañan un enorme riesgo. Es como la mafia, que ofrece protección contra unriesgo que es ella misma.

Una izquierda que se quede anclada en estas coordenadas está condenada a desaparecer engullida por la derecha para constituir un partido único Sarkozysta o berlusconiano. Para hacer frente al capitalismo es necesario otro terreno: no decirle al régimen que está cambiando el mundo todos los días que otro mundo es posible. Podría responder a los ingenuos altermundialistas:"¿Otro? Todos los que queráis, siempre que sean el mío y os los pueda vender." De lo que se trata es de otra cosa, no de cambiar el mundo, ni de hacer otro mundo, sino de tener un mundo, que es precisamente lo que el capitalismo nos impide hacer a diario. Tal vez, frente al progresismo capitalista, el comunismo tenga que ser radicalmente "conservador".

martes, 24 de noviembre de 2009

Represión en España

Represión en España
(Una noticia breve de periodismo ficción)

John Brown

El relevo de José María Aznar por su homólogo Zapatero despertó hace ya años esperanzas de suavización del régimen. Suscitó también expectativas sobre un cambio en los rígidos esquemas económicos neoliberales del país que mejorara la vida de los ciudadanos. La ilusión se acrecentó con la llegada al poder de Barack Obama, del que se esperaba una suavización de la relación de subalternidad impuesta al país desde hace más de 50 años.
Nada se ha producido conforme al guión de los mejor intencionados. Permanece, pese a medidas alentadoras, el grueso de la injusta y contraproducente sumisión al gigante estadounidense; la situación económica se agrava en España hasta extremos críticos para la mayoría de la población; y su sistema político se mantiene implacable. Un informe del relator especial de las Naciones Unidas para la tortura constató recientemente la plena vigencia del estado policíaco. El trabajo del relator, realizado durante los últimos años sin colaboración de las autoridades, ilustra el deplorable estado de los derechos humanos en el país, donde el régimen emplea sistemáticamente los arrestos arbitrarios, las farsas judiciales y los malos tratos (de éstos pueden hablar con propiedad numerosos presos vascos y otros presos políticos y comunes de otras zonas). El régimen, que mantiene en prisión a la mayoría de los disidentes detenidos en las redadas contra el independentismo vasco, utiliza a discreción la aborrecible figura penal del "entorno terrorista", que le permite seguir encarcelando por decenas a ciudadanos por conductas "cuyos objetivos políticos coinciden con los de los terroristas". Las últimas redadas del País Vasco recuerdan los momentos más sombrios del régimen español.

Madrid se muestra blindado debido a la complacencia internacional. Los países de la UE quieren que España utilice su presidencia para suavizar la intransigencia de ciertas ONG de derechos humanos con la monarquía postfranquista por su atropello permanente en este terreno. Uno de los logros más importantes cosechados por el régimen ha sido el aval dado a la ilegalización de los partidos independentistas vascos por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. A la luz del diagnóstico de las ONG de derechos humanos es probable que España aproveche el trampolín que le brinda la presidencia de la UE para oponerse radicalmente a la imprescindible democratización del régimen del 18 de julio.
(Esta breve no aparecerá desgraciadamente en ningún periódico. Se trata en lo esencial del texto que lleva el título sumamente orginal de « Represión en Cuba » aparecido en un importante diario del Estado español al que he aplicado algunas modificaciones)

martes, 17 de noviembre de 2009

Más sobre el comunismo y los muros (respuesta a algunos comentarios)

"[...]de otra parte, este desarrollo de las fuerzas productivas (que entraña ya, al mismo tiempo, una existencia empírica dada en un plano histórico-universal, y no en la vida puramente local de los hombres) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la inmundicia anterior."
K. Marx, F. Engels, La Ideología alemana


Quisiera agradecer los comentarios, tanto los más amables como los algo más agrios. No sé si lo que digo son "pendejadas", pero no conozco a ningún socialdemócrata que defienda el comunismo, esto es la cooperación directa al margen del mercado y del Estado.

Brecht y Hans Eisler y antes que ellos Lenin y Trotsky, vieron cerrarse sobre sus cabezas la trampa de una revolución (la rusa y sus formas epigonales representadas por las democracias populares) que fue una apuesta heróica y un salto en el vacío. Lenin siempre esperó (en los dos sentidos del término) que la revolución triunfase en la Europa industrializada, sobre todo en Alemania. El fracaso de la revolución alemana trajo consigo la contrarrevolución en Rusia de la mano de Stalin y la barbarie nazi en la propia Alemania. Lenin sabía, al igual que Marx, que no hay comunismo sin abundancia, que en la escasez "toda la vieja mierda está de vuelta". Die ganze alte Scheisse, la vieja mierda del Estado, de las jerarquías, de la autoridad: eso es el stalinismo.
De ahí que no pueda sino compararlo con el franquismo: un régimen que suprimió la política, cuyo Jefe de Estado aconsejaba a los demás que hiciesen como él y no se metieran en política. Ulbricht y Honecker eran también abuelos autoritarios como FRanco y como Pétain que exigían a la gente que no se metiera en política y castigaban a la población por no estar a la altura de los "ideales" que ellos representaban. Creo que la idea de una gestión autoritaria de la vida cotidiana define bien estos regímenes en los que ha sido abolido por decreto el antagonismo político.

Hasta ahí las semejanzas entre franquismo y stalinismo. La gran diferencia es, sin duda el contenido de las religiones que informan ambos regímenes: el nacional-catolicismo en el caso del régimen español del 18 de julio (aún vigente: nada tiene de extraño que sus aparatos ideológicos sigan activos) y el culto a un supuesto proceso histórico que nos conduce hacia el comunismo como en las paradojas de Zenón de Elea, sin que nunca se puede llegar a él. Son dos religiones distintas, pero ambas entroncan en la misma escatología cristiana.

El materialismo marxista es otra cosa: es un auténtico ateismo que no cree en ningún destino histórico, en ninguna finalidad. No hay fines, pero sí hay condiciones; el comunismo, por ejemplo requiere cierta abundancia (por relativa que sea la definición de esta) y sobre todo libertad para que el trabajo vivo se autoorganice como fuerza productiva. Hoy, en el capitalismo postfordista, la riqueza se produce merced a la cooperación y a la inteligencia colectiva, al margen del mando del capital. El mando del capital es hoy un mando político que no organiza la producción sino la explotación del trabajador colectivo autoorganizado. El modo de organización de la fábrica toyotista, pero en general, lo que se ha venido en denominar la producción metropolitana en la que el espacio de la vida es todo él espacio productivo son ejemplos de esta nueva forma de organización productiva. La explotación sigue adelante de manera intensísima, pero es exterior a los procesos productivos. Como en el feudalismo, es exterior a la producción cuya base son los comunes y el intelecto general, materializado en las prácticas lingüísticas y en la propia lengua, cuyo carácter esencialmente comunista no escapó a la atención del Marx de la Ideología Alemana. La explotación no es hoy producción de un beneficio, sino mera exacción de renta. Naturalmente, la propiedad tanto privada como estatal, en otros términos, la propiedad en general, es rigurosamente incompatible con el despliegue de estas formas de colaboración. El capitalismo funciona aquí como un vampiro que necesita que su víctima siga en vida para poder alimentarse. Las formas limitadas de autoorganización del trabajo vivo que hoy existen son a la vez indispensables para el capital y una constante amenaza para su existencia. La víctima de Drácula puede algún día ser suficientemente fuerte para clavarle una estaca en el corazón.

En cuanto a la idea de que "el capital es quien decide", es, a mi entender, una monstruosa mistificación promovida por el capital y su Estado y que solemos creernos. El decisionismo, ese pensamiento político cuyo principal exponente es Carl Schmitt, domina el conjunto de la teoría del Estado. Decisionismo y soberanía son equivalentes: "soberano es quien decide sobre la situación de excepción" (Schmitt), quien decide más allá de las leyes, porque decide sobre las propias leyes (Jean Bodin). Según esta teoría el mando puede ser completo, el poder puede ser el único que decide. Esto, sin embargo, no es, como dijimos, sino una mistificación monstruosa y difícilmente creible. Todo poder, según nos enseñan Maquiavelo, Spinoza, Marx o Foucault, se ejerce sobre sujetos que tienen algún grado de libertad. Lo que el poder decide es relativo y se ve siempre contrapesado por lo que quiere el súbdito. Toda obediencia es también y por la misma razón, relativa. El poder, en resumen, no es una sustancia soberana, sino un entramado de relaciones nunca unívocas ni unidireccionales. Todo poder que quiera disponer de una auténtica potencia, de una capacidad de obrar, debe contar con los súbditos, con su relativa obediencia o resistencia, con su siempre posible insubordinación, en resumen, con su libertad.

El capital no decide. Sólo lo hace en el sueño de sus dirigentes empresariales o políticos. Lo que SE DECIDE, es el resultado de una tensión y de un conflicto permanente. La iniciativa del trabajador, la potencia propia del trabajo vivo frente al capital es un elemento motor de la evolución del capitalismo. Desde los años 60, la tendencia marxista de la autonomía obrera representada por Tronti o Toni Negri afirmaban paralelamente a Foucault esa potencia de los subordinados. Para ellos, como para Marx, las máquinas y las nuevas formas de organización del trabajo responden a las huelgas y al sabotaje. Contrariamente a lo que se suele pensar sin demasiado análisis, la resistencia precede a la represión.

Voliviendo al stalinismo, creo que el intento de mantener un proceso revolucionario en el vacío social que supone la ausencia -o la ignorancia- de la potencia productiva y constituyente del trabajo vivo, conduce a la autodestrucción terrorista del proceso revolucionario que ilustran perfectamente las purgas de Stalin.