viernes, 23 de febrero de 2024

El nacionalsocialismo como doctrina del resentimiento

 

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    El nacionalsocialismo como doctrina del resentimiento



Menno ter Braak



Quien tenga cerebro y corazón debe estar descontento

Ingeniero Mussert, 26 de abril de 1937 en Houtrust

 

¡Oh demente y triste bestia hombre! ¡Qué ocurrencias tiene, qué cosas antinaturales, qué paroxismo de lo absurdo, qué bestialidad de la idea aparecen tan pronto como se le impide, aunque sea un poco, ser bestia de la acción!...

Nietzsche


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El gato sabio

A los señores del “Comité de Vigilancia” contra el nacionalsocialismo.

Lames tu piel de terciopelo tan sabiamente

como los gatos gordos te sientas al sol

-Ter Braak y Donker, Poels y Du Perron-

y sueñas con platillos de leche y cosas tiernas.


La gente te acaricia con gusto en los sillones,

Te estiras, te relames y bostezas, tan sabios eres

Y te sientes tan ricamente en ese paraíso:

Los lentos serán presa de los rápidos.


Pero apenas nos oyes, o -Dios no lo quiera,

El ojo verde mira de reojo por una fina rendija

-estallas porque te sabes traicionado

-sabemos cómo te miran las palomas.


Tu cola se hincha punzante

Sacas ya tus uñas de su suave estuche

Y nos bufas- con rabia contra todos,

Porque no nos nos engañas con tu piel suave.


Los que estáis sobre terciopelo, como potentados

Pagados por Moscú para cazar;

Sabed esto: ya no puede esto durar más

Ahora es nuestro turno- nos atrevemos a odiaros! 


George Kettmann Jr.


Tomado de Volk en Vaterland, a modo de lema


 


Recuerdo todavía  vívidamente cómo, hace algunos años, hablé con quien fuera un diplomático conocido en una conversación casual, y a una pregunta casual: "¿Cree que el nacionalsocialismo es un peligro real en los Países Bajos?" me respondió "Mire usted, no lo creo; el nacionalsocialismo, ¡es una pandilla de fracasados!" Recuerdo que esta definición me causó una gran impresión, no tanto por lo parcialmente acertado del comentario, sino por el tono elegantemente indiferente con que se pronunciaba, como si fuera algo de lo que realmente no quisiera ocuparse un caballero de indiscutible cultura y buenos modales.


¿Una pandilla de fracasados? Quién lo duda, pero ¿qué fuerza tiene esa pandilla? ¿Acaso en lugar de una pandilla no será un ejército o un "levantamiento de las hordas"? No será el fracasado, el "perdedor" que no puede tragarse su fracaso, un símbolo de una estructura espiritual, que se extiende mucho más allá de los fracasos reales y ciertamente no puede ignorarse con indolencia? Es a esta fatal indolencia de los llamados intelectuales, entre los que se puede seguramente incluir a este diplomático, a esa dichosa confianza en que ellos mismos no pertenecen a la “horda” y que este "fenómeno de crisis” pasará cuando mejore la coyuntura económica, a lo que también debemos, que las pandillas de fracasados apenas encuentren una oposición seria por parte de estos mismos intelectuales. Así cayeron los intelectuales alemanes en 1933 , así lo harán los intelectuales holandeses

(y todo lo que uno suele incluir en esa categoría, ya que el concepto no puede ser claramente definido) cuando la pandilla de fracasados se haga con el poder, gracias al sufragio universal o gracias a un golpe de estado; medios ambos que, por mucho que se rían de ellos los exquisitos intelectuales, también son adecuados para convertir a una pandilla de fracasados en tiranos. 


En un aspecto, sin embargo, puede tener razón el diplomático: el nacionalsocialismo es de hecho un movimiento de fracasados; es decir, un movimiento cuya inspiración deriva del rencor o, si se quiere, del resentimiento; dos términos, que cubren un mismo ámbito y cuya importancia para la cultura rara vez se aprecia en toda su amplitud. ¿Pero es este resentimiento una especificidad del nacionalsocialismo? ¿Está el fracasado, en el sentido más amplio de la palabra, esencialmente relacionado con el nacionalsocialismo? ¿De dónde viene el resentimiento que ahora se vierte en la turbia charca del señor Mussert? Estas preguntas no pueden encontrar respuesta mientras se considere, como hace nuestro diplomático, a los fracasados como una pandilla y, por consiguiente, el rencor que justifica su existencia, como un estado de excepción. Las relaciones reales son algo diferentes: el resentimiento pertenece a los fenómenos más esenciales de nuestra cultura, está inextricablemente vinculado a ella, está en todas partes, y fue un error de perspectiva del siglo XIX el haber prestado sólo atención al “desarrollo general” sin considerar que valiera la pena prestársela al  no menos importante desarrollo del resentimiento que lo acompañaba. Puesto que en la medida en que la posesión de la cultura se sentía como un derecho, la distancia que existe entre ese derecho a todo y la posesión de poco en la práctica se vive como una injusticia, cuyas raíces, sin embargo, no se pueden rastrear, porque uno no sabe de dónde proviene ese famoso derecho a la cultura. El fracasado, el hombre del resentimiento, sólo sabe que no puede aguantar que el otro tenga más, que le enfurece ver el privilegio de otro; siente rencor porque en el resentimiento experimenta al menos el placer del descontento permanente. Acaricia ideas de venganza del mismo modo en que el artista cultiva “el arte por el arte” y es característico de su afán de venganza que la satisfacción del mismo no  le traiga por lo general ningún alivio. Por el contrario, el fracasado que tenga la mala suerte de  perder su rencor es un hombre sin destino, un fracasado al cuadrado, que buscará otras metas para su resentimiento, a menos que, como Hitler, quede drogado por la realización de sus ideales de resentimiento y caiga en estado narcótico.


Por lo tanto, el resentimiento no puede considerarse como una excepción en una cultura que, como la nuestra, muestra una tendencia a otorgar los mismos derechos a todas las personas. Es la igualdad como ideal, la que, dada la incapacidad biológica y sociológica de estas personas, promueve el resentimiento para convertirlo en una fuerza social de primer orden; puesto que a quien no es igual al otro y, sin embargo, desea ser igual a esa otra persona, no se le asigna en esta sociedad un lugar en términos de rangos o de castas, ¡Se le premia! Su afán de igualdad lo consideran teóricamente justo, incluso aquellos que no pensarán por un solo momento hacer nada en la práctica para realizar una igualdad, que iría en su perjuicio. ¡Esa es la gran paradoja de una sociedad democrática, en la que el resentimiento no solo está presente, sino que incluso se alienta como un derecho humano!


Así que cualquiera que quiera tratar de los fracasados y el resentimiento, primero tendrá que tener en cuenta la ubicuidad del ideal de igualdad, y por lo tanto la ubicuidad del resentimiento. Se pueden imaginar fácilmente bastantes formas de sociedad en las que el resentimiento se limita a expresiones extraoficiales, porque por la presencia de un sistema de castas o una fuerte conciencia del rango, sus efectos se ven inmediatamente limitados. Cabe imaginar una sociedad en la cual la desigualdad es sagrada, tabú, y la igualdad es una ofensa contra el orden "verdadero", pero en el mundo de la democracia no hay un sistema de castas, y del reparto por estamentos del Estado cristiano medieval sólo quedan restos devorados cada día más  por el resentimiento, y en particular por el resentimiento puro, como el que se manifiesta en el nacionalsocialismo. El la edición especial para las elecciones del órgano del resentimiento, Volk en Vaterland retrata a la familia de un trabajador agrícola y a la del conde de Marchant et d’Ansembourg una al lado de la otra con la leyenda: “un mismo ideal une al trabajador agrícola y al conde”. Este ideal se suele llamar en el idioma de estas personas "pueblo", pero los "camaradas", que se abrazan en una página de fotos, sólo están unidos en realidad por el resentimiento que se traduce en huero romanticismo. El resentimiento no conoce diferencias de rango ...mientras un trabajador resentido y un conde resentido no estén aún donde quieren estar, y se movilicen conjuntamente contra Moscú. Eso no significa, sin embargo, que el conde vaya realmente a renunciar a su rango en favor de la “comunidad racial” y a convertirse en labrador o que vaya a elevar al labrador al rango de conde. La igualdad a través de la "comunidad racial" es un lema de resentimiento que, en teoría, no conoce ningún tipo de desigualdad, pero que sirve sobre todo para que las desigualdades florezcan en la práctica. La teoría romántica, es sin embargo la especialidad del resentimiento. Crear nuevas castas y estamentos en el sentido de crear una nueva desigualdad, que es tabú, es algo que, en realidad, no puede permitirse el nacionalsocialismo; incluso su más alto símbolo de orden jerárquico, el líder, es un "camarada", que en una pausa de su discurso puede estrecharte la mano, si  consigues atravesar su línea de guardaespaldas. El nacionalsocialismo se enorgullece de ser la "verdadera democracia"; tal paradoja es elocuente.


En este sentido, el nacionalsocialismo no hace nada distinto de lo que también hicieran el liberalismo, el socialismo y la democracia, sin acompañarlo de este tipo de fraseología sobre la desigualdad. El nacionalsocialismo se posiciona contra la desigualdad, proclama la "más alta igualdad", aunque de ella, por cierto, solo puede aportar representaciones ridículas. Esto está en la naturaleza de las cosas; porque la igualdad sigue siendo igual que en el tiempo de la liberté, égalité, fraternité, una carencia de desigualdad positiva y nada más; una ficción, que es una "realización terrestre" de la "igualdad cristiana de las almas ante Dios" y que, como tal, no se puede pensar más allá de nuestros orígenes cristianos. No comparto en este aspecto la opinión de Max Scheler que no quiere hacer al cristianismo responsable de la igualdad y el resentimiento, y he expresado estas diferencias de opinión en mi libro Nuevos y viejos cristianos, que ve la luz casi al mismo tiempo que el presente folleto. No es lugar aquí para profundizar más en esta cuestión, ya que aquí solo nos ocupamos de la igualdad y el resentimiento en sus formas "modernas". Scheler dijo cosas excelentes acerca de esto, y es especialmente importante que las haya formulado antes de 1919, antes de que se hablase del fascismo o del nacionalsocialismo. Scheler diagnosticó el resentimiento basándose en formas mucho menos "puras" que las que tenemos en mente; sus reflexiones sobre el “hombre del resentimiento” se basan en la democracia y el socialismo ... ¡y sin embargo parecen ser por excelencia aplicables al nacionalsocialismo! ¿Por qué? Porque la contradicción entre democracia y socialismo nacional, o entre socialismo y nacionalsocialismo, sólo es una contradicción muy provisional, que indica, todo lo más, que existe una diferencia entre las formas en que se presenta el resentimiento. Esa diferencia es muy importante, por cierto, pero no prueba que la democracia y el socialismo estén desprovistos de resentimiento. Baste pensar en Rousseau, el padre de la democracia, el tipo del hombre resentido, o en Karl Marx, que necesitaba una dialéctica perfectamente concluyente para hacer realidad una visión del mundo que no podría darse sin resentimiento contra la burguesía, en el inexorable ámbito científico. No se afirma con demasiada fuerza que el resentimiento es creador de cultura; debe ser creador de cultura en un mundo que no puede crear cultura a través de una desigualdad inexpugnable. Lo fue en el siglo pasado y aún en el presente, cuando se conectó con las nociones de "libertad", "igualdad" y "fraternidad", y más tarde con la de "desarrollo dialéctico"; todavía puede serlo ahora si tenemos el coraje de reconocer el resentimiento en lo que sale del resentimiento y deshacernos con calma de los prejuicios de los intelectuales a la antigua usanza, que solo quieren explorar las profundidades, o de la pedantería de los marxistas dogmáticos que creen en la dialéctica con la confianza científica y la falta de humildad de unos sectarios que deciden de nuestra “salvación”.


Que no no haya aquí malentendidos. Precisamente al afirmar, que el liberalismo, el socialismo y la democracia, por un lado, y el nacionalsocialismo por otro están conectados por el factor común de resentimiento, sostengo que la democracia es superior a las corrientes fascistas y nazis, que surgen de ella. Esta superioridad la evidencia suficientemente el coqueteo de los dictadores (Mussolini, Hitler, Stalin) con la "verdadera" democracia, que dicen defender; incluso esta gente, que estaba más alejada de la idea democrática que cualquier otro, debe reconocerla como la autoridad máxima y última. Ya no pueden darse el lujo de ser simples condottieri, tiranos o déspotas absolutos; su mala conciencia es la democracia. Por lo tanto: ¡que esa democracia sea nuestra buena conciencia! No la asociemos con el parlamentarismo u otras funciones subordinadas, pero seamos demócratas entusiastas, ¡precisamente por no ahorrarle ninguna crítica a la democracia como sistema! Porque aparte de la democracia, en Europa solo existe la reacción, la nostalgia del pasado cargada de resentimiento; en la democracia, por el contrario, el resentimiento tiene al menos la libertad de diagnosticarse a sí mismo y, por lo tanto, de estilizarse. Una de las ventajas inestimables de la democracia es su falta de decorados engañosos y románticos, de esos fuegos de bengala que son como la atmósfera del nacionalsocialismo.

Sé muy bien que a través de este argumento llegaré a resultados muy diferentes de los de algunos intelectuales, que aman la democracia de una manera diferente a la mía. Para ellos, en términos generales, la contradicción entre democracia y nacionalsocialismo es siempre, o bien una contradicción ética, o bien una contradicción entre "verdad" y "mentira"; Por esto ponen mucho empeño (casi demasiado) en examinar al detalle las denominadas “doctrinas” y con algo de buena voluntad podrán descubrir en ellas ciertos méritos, aunque estos méritos queden destruidos por las interpretaciones disonantes que les dan los teóricos  nacionalsocialistas. Si no hubiera absolutamente nada bueno en el nacionalsocialismo, razonan más o menos nuestros maestros de ética, este no tendría  fuerza de seducción ni podría turbar aquí y allá las conciencias. Esa es la interpretación ética que me parece insostenible; no se trata aquí del bien ni del mal, sino de la psicología de la "fuerza de seducción', en la que uno debe partir sólo de la psicología de la publicidad y de la receptividad del hombre medio del siglo XX a los mensajes publicitarios. "Queremos intentar hacerlo objetivamente", escribe otro crítico, que hace una recensión del Mito del siglo XX de Rosenberg, "reconociendo la parte de verdad que ha quedado escrita con menos habilidad que pasión y rechazando lo que es falso brutal, catastrófico y difamatorio.” Esta es la objetividad que quiere aplicar una ilusoria separación a un libro del que sólo puede decirse que ha robado los hechos a la enciclopedia y los ha combinado con inconfundible habilidad en un todo, conforme al esquema en blanco y negro del resentimiento absoluto (odio a los Judíos y al Cristianismo eclesiástico ). Estos combatientes del nacionalsocialismo son tan ingenuos como para suponer una pequeña dosis de "bondad" o "verdad" a un tipo de personas, que sólo pueden tener un valor publicitario, y ello a condición de no sentirse ya interesadas por el bien y el mal éticos o la verdad y la falsedad científicas. 


Uno sólo puede explicar tal ingenuidad por el hecho de que estos observadores se olvidan de observarse anteriormente a sí mismos, por lo cual no perciben la presencia ubicua del resentimiento, incluso en la bondad, incluso en la verdad. Sin ello, habrían llegado a reconocer que la diferencia fundamental entre (a grandes rasgos) la democracia y el  socialismo  no se encuentra en el ámbito de la ética o de los valores objetivos (porque uno se puede imaginar nazis que son buena gente y nacionalsocialistas objetivos). Scheler fue capaz de llevar a cabo su análisis del resentimiento, que a veces parece ser una profecía de la epidemia nacional-socialista, sobre la base de lo que sabía sobre la democracia y el socialismo.  Esto es ya  una prueba de la tesis, que en repetidas ocasiones he defendido y defiendo aquí una vez más, a saber que el nacionalsocialismo no es lo contrario de la democracia y el socialismo sino su consumación. No es la desvirtuación, sino la perversión de la democracia y el socialismo, entiéndase de la democracia doctrinaria y el socialismo doctrinario, que uno no puede identificarse con el "devenir" democrático, en el que vivimos y por encima del cual no reconocemos ninguna instancia. Cualquiera que quiera combatir el nacionalsocialismo debe combatir en la democracia y el socialismo la misma fraseología que combate,  por excelencia, en el nacionalsocialismo, pues el nacionalsocialismo es la emancipación completa del resentimiento, que en la democracia y el socialismo estaba ligado a ciertas reglas de juego, que en cierta medida fueron capaces de “estilizarlo”. Sin embargo, tan pronto como se intentase “estilizar” el nacionalsocialismo se comprobaría que, aparte del resentimiento y la política de revólver a ella asociada, no es nada. O bien recaerá en un nacionalismo extremo o bien perderá a sus seguidores en un socialismo extremo o un comunismo.

Un ejemplo puede servir para ilustrar la procedencia democrática del resentimiento nacionalsocialista. Scheler escribió lo siguiente acerca de la crítica, tal como la practica el hombre del resentimiento:

Este tipo de crítica, que podría llamarse "crítica del resentimiento", significa que una mejora de las condiciones que se habían considerado intolerables nunca da satisfacción (este sería el efecto de una crítica constructiva), sino que, por contrario, provoca descontento, en la medida en que va en contra de la creciente alegría que uno experimenta al aborrecer todo y rechazar todo pura y simplemente. Se puede decir de algunos de nuestros partidos políticos actuales, que nada los irrita tanto como el contemplar que otro partido realiza una parte de su programa, y arruina el placer que les reporta la "oposición de principio" al invitar a algunos de sus miembros a participar constructivamente en la acción política. La "crítica del resentimiento" se caracteriza por el hecho de que ella no quiere "en serio" lo que dice querer; ella no critica para aniquilar el mal, sino que usa el mal como pretexto para insultar.

Obsérvese que Scheler no escribía sobre el N.S.D.A.P. o el N.S.B., los partidos del resentimiento por excelencia; aunque precisamente a estos partidos se aplican las palabras de Scheler con una precisión espeluznante; son precisamente estos partidos los que cumplen lo que Scheler ya descubrió en la democracia, que al menos todavía combinaba el trabajo constructivo con la crítica resentida concebida como “el arte por el arte”'. Por lo tanto, habría que sorprenderse en realidad de que el fascismo y el nacionalsocialismo  no hayan surgido antes, demostrando así que hasta ahora la democracia sólo ha jugado a un jueguecito provisional, que la verdadera lucha por la democracia acaba de empezar, ahora que el resentimiento se ha emancipado y el hombre resentido ya no desea saber nada de las tradiciones que se le han transmitido (como la pureza de la ciencia y la libertad del individuo). La verdadera batalla por los mínimos democráticos comienza ahora que la democracia se ha descubierto a sí misma al máximo como nacionalsocialismo y “justicia para todos” y  resulta que consiste en el derecho a que todos odien ilimitadamente a todos, a expulsar y encerrar en un campo de concentración a los que no consideran que la porra sea el más alto ideal o a los que sólo ven en el "líder" el símbolo supremo del resentimiento histérico.



La 'oposición de principio'; el odio por el odio (por el goce, que proporciona el resentimiento a quienes este no ha sabido estilizar); el querer con potentes rugidos lo que no se quiere en absoluto, ya que la satisfacción del deseo limitaría de nuevo las posibilidades de odiar; el salto inmediato de una queja a otra cuando accidentalmente algo se vaya consiguiendo, pues ante todo no hay que perder terreno entre el público del resentimiento; la grandiosa dirección artística del resentimiento que, sin embargo, en los momentos críticos hace las mayores estupideces, porque, al ser una consecuencia del puro resentimiento, ni siquiera tiene una penetración psicológica en las fuerzas que se oponen al resentimiento (la saciedad, la satisfacción, la decencia, etc) .... de todo esto da buena muestra en nuestro país el NSB nuestra sección nacional de la gran internacional europea del resentimiento, cuyos intentos por parecer estrictamente nacional acaban varados miserablemente en la absoluta impotencia del hombre del resentimiento puro para ser algo más que un “casi”. Es un casi-héroe, es un casi-populista, es casi-decente, es casi-germánico .... pero detrás de estos “casi”  brama el resentimiento, detrás de toda esa casi-positividad está el cáncer de la "oposición por principio." Cuando se devalúa el florín, el florín devaluado se convierte en un plazo de veinticuatro horas en objeto de la propaganda del resentimiento, dado que el florín sin devaluar no puede volver a ser objeto de propaganda. No hay que perder de vista que el objeto económico, el florín en sí mismo, no juega aquí en general ningún papel. El florín no es aquí un objeto redondo, medio de cambio, calderilla, símbolo económico, sino solamente una palabra, que se puede utilizar a voluntad para determinadas maniobras resentidas.  Del mismo modo, para  Alfred Rosenberg no existe ningún problema científico en el sentido respetable que dieron a este término los sabios barbudos del siglo pasado, los hechos históricos son para él preferentemente mero material que ordenar en la jerarquía del resentimiento, que sólo conoce dos campos: el partido odiado y el que odia, el partido que la gente puede y debe justificadamente odiar, frente al partido que debe justificadamente practicar el odio universal. Todo lo demás es “casi” y quien quiera con la benévola ceguera de un crítico a la antigua usanza como Haar rastrear aquí granitos de “verdad”, será engañado por adelantado. 


Un crítico, en el que el resentimiento todavía no se ha liberado hasta la pureza, alcanzada por el nacionalsocialismo, pretende sin embargo mantener su posición esperando encontrar complejidad en los objetivos en los que el único factor decisivo es el puro resentimiento. No puede imaginarse una lógica que esté determinada por el resentimiento como autoridad suprema.  Busca aún en la doctrina racial de los nazis un fundamento científico, en lugar de centrar su investigación en la única base en que se apoya la doctrina racial: el odio a los judios. La gente sigue haciendo como si ese odio a los judíos fuese algo así como una medio argumentación científica a mitad “descubierta” en un contexto medio científico, por mucho que en el estilo de Mein Kampf y el Mito del Siglo XX no exista más argumento personal  que el dictado por el resentimiento emancipado.  Tal vez se quiera un ejemplo de fecha más reciente y procedente de una familia aún más distinguida; el filósofo cultural austríaco Karl Anton, Príncipe de Rohan escribe en un libro recientemente publicado titulado La hora del destino para Europa 


Cuando en debates de alto nivel intelectual se ha aventurado la afirmación de que ya no existe ninguna cuestión judía porque el concepto de raza no tiene base científica, el nacionalsocialismo tiene razón cuando apunta al hecho simple del “instinto de la sangre” del pueblo. Aunque el concepto de raza no se pueda explicar científicamente, esto no dice nada contra la existencia de razas, sino contra la capacidad de la ciencia.


 Puede coincidirse en todo con este príncipe, siempre que el término profundo y místico “instinto de la sangre” se sustituya por el menos poético, pero ciertamente más exacto de “resentimiento” (que es también un hecho simple) y su acusación contra la ciencia proviene de su irrenunciable deseo de dar razón al resentimiento a cualquier precio. Los argumentos biológicos también aquí son “casi”. Si se es nacionalsocialista no se puede hacer nada sin fraseología, porque el hombre del resentimiento vive de la fraseología que le da una compostura hacia sí mismo y los demás; que crea en ella o no es secundario, lo fundamental es que la fraseología: “heroísmo”, “sangre” “decencia”, “sentido de la comunidad”, diga siempre lo que le dé la gana al resentimiento.  La denominada “teoría racial” es así la fachada fraseológica del resentimiento proyectado contra el eterno chivo expiatorio, el judío. El odio es primario, el odio al judío es secundario, la argumentación científica es “terciaria”. Sin el odio no puede ni pensarse el nacionalsocialismo y por eso el odio al judío puede cambiarse cuando lo quiera la ocasión por el odio hacia la Francia “ennegrecida”, o la prensa servil, puesto que los judíos son solo uno de los muchos pretextos para dar un objeto real al resentimiento. En cuanto a la “argumentación” científica puede dejarse enteramente de lado si es necesario, sin que esto cambie en nada la problemática de estos teóricos del resentimiento. 

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El desarrollo de la filial holandesa del nacionalsocialismo documenta con mucha claridad cómo se ha dado este proceso ideológico en el hombre del puro resentimiento.  El odio al judío era en nuestro país inicialmente un aspecto muy secundario (e incluso oficialmente ridículo) del programa general del resentimiento, pero a medida que el “movimiento” se fue liberando de las buenas costumbres holandesas y tomó mayor “conciencia” de sus eslóganes resentidos, el odio al judío, que es una de las formas más fáciles y agradecidas de odio, empezó a ocupar cada vez más el primer plano. La sangre se cuela arrastrándose por donde no puede pasar: un movimiento del resentimiento sin proyección en los objetos más fáciles y agradecidos sería una contradicción en los términos. A través de la luminosa idea del “líder” consistente en dividir a los judíos en cinco variedades (una división tan eminentemente “científica” que el Olimpo habrá temblado) se precipita el odio al judío por todos los canales de la terminología del resentimiento de Volk en Vaderland así como por las cloacas secundarias; y cuando, después de las torpezas del tiempo de la devaluación empezaron “los negocios” a ir mal, el odio al judío se convirtió en un nuevo pararrayos del resentimiento apenas mejor camuflado. Cuando esto escribo, la actitud de los nacionalsocialistas holandeses frente a los judíos ya no es en nada distinta de la de sus correligionarios alemanes. Lo único es que todavía les queda por encontrar una teoría racial con una argumentación “científica” adecuada, y si nada lo impide, esto terminará ocurriendo también bajo el símbolo del “wolfsangel”......


Por lo tanto, el socialismo nacional tiene plenamente su lógica, e incluso su objetividad; es la lógica y la objetividad del resentimiento emancipado y "puro". Esa lógica no se manifiesta, a la vieja usanza, en la discusión, sino en la voz de mando y la propaganda; esta objetividad no debe buscarse en la argumentación fundamentada y la responsabilidad por los hechos, sino en la mentira y la tergiversación simplista de los acontecimientos mundiales, si es necesario, en contra de hechos generalmente reconocidos. El mando, la propaganda, la mentira y la tergiversación también se encuentran en la sociedad democrática, pero siempre a la sombra de la crítica, el intercambio de opiniones, la verdad y la "contrainvestigación". La lógica del nacionalsocialismo, sin embargo, no puede tolerar tal relatividad porque haría peligrar el esquema simplista del mundo que necesita el hombre  del resentimiento “puro” para mantenerse y multiplicarse. Sin embargo, se puede hablar aquí de lógica y de objetividad, porque el hombre del resentimiento, que es asimismo el hombre “semieducado”, no puede desenmascarar sus mentiras como mentiras ni sus tergiversaciones como tergiversaciones. La psicología de la mentira nacionalsocialista es mucho más interesante de lo que se puede deducir de los escritos de determinados intelectuales “éticos” y amantes de la verdad, pues la mentira sustituye aquí completamente el vaivén entre “verdad” teórica y mentira exigido por la práctica que caracteriza al hombre democrático medio. Una invocación de la verdad puede en determinados casos tener cierto éxito en una sociedad democrática; en un Estado dictatorial nacionalsocialista, esta invocación no tiene ya ningún eco, puesto que el resentimiento puro, a través de una prensa uniformizada y una ciencia reducida a la esclavitud, ha convertido su lógica y su objetividad en la “medida de todas las cosas”. La lucha contra el nacionalsocialismo no tiene ninguna esperanza mientras no se aprenda a ver que la lucha debe dirigirse en primer lugar contra la idealización del resentimiento… no solo entre los nacionalsocialistas, sino también entre los demócratas y los socialistas. Esta lucha requerirá una táctica enteramente nueva: habrá que empezar por infravalorar menos a la pandilla de fracasados, pues nunca puede sobrevalorarse la amplitud de los yacimientos de resentimiento latente.


El simplismo de la "doctrina" nacionalsocialista tampoco ha caído del cielo: conclusiones simplistas las lleva cada uno dentro de sí cuando necesita justificarse. Piénsese tan sólo en la consagrada antítesis cristiana entre Cristo y el Anticristo que dominó la Edad Media, o también en la contradicción de clase  marxista, que Marx ciertamente no entendió de manera simplista, pero que entre sus epígonos y por obra de estos se ha vuelto sin duda simplista, piénsese en la contradicción transmitida por la prédica de profesor a alumno entre la “élite intelectual” y la “masa”, piénsese por último (es una experiencia de los últimos tiempos) en el esquema simplista del movimiento “Eenheid door Democratie" (Unidad por medio de la Democracia), que asimila plenamente dos corrientes de orientaciones tan distintas como el comunismo y el nacionalsocialismo, tan sólo porque así se ahorra un poco de reflexión al ciudadano y porque la tiranía de Stalin en sus efectos se parece mucho a la de Hitler. El simplismo “Mussert o Moscú” difiere de otros simplismos, no en cuanto al principio, sino sólo en grado; del mismo modo que el resentimiento emancipado y "puro" se distingue en grado del resentimiento que se deja estilizar a través de reglas culturales. Pero a pesar de todo, esa diferencia de grado nos conviene y tiene también una enorme importancia por sus consecuencias para la práctica. El simplismo se convierte en el nacionalsocialismo en “medida de todas las cosas”; la dictadura nacionalsocialista ya no tolera ninguna crítica y hace la vida imposible a quien busca ante todo el criterio de la libertad  en un esfuerzo por tener libertad para buscarse cada vez más complicaciones, para hacer cada vez más descubrimientos. La libertad nacionalsocialista consiste sólo en la libertad absoluta para el simplismo dictado por el Estado del resentimiento absoluto. Por ello también hay que suponer que el nacionalsocialismo como doctrina del resentimiento “puro”, debe temer sobre todo el lento desencanto que una visión simplista del mundo termina generando a la larga, incluso en los individuos más tontos cuando sienten en persona que la expulsión de los judíos, la creencia en los Protocolos de los Sabios de Sión, y el aullido contra el “bolchevismo internacional” satisfacen tan poco la sed de resentimiento como cualquier otro medio; y uno sólo puede imaginar aproximadamente cuál será la venganza del resentimiento, que se revolverá contra los profetas y los hacedores de lluvia del resentimiento, contra los "líderes" cuando los milagros y la lluvia no lleguen ....



El nacionalsocialismo se revela a sí mismo como doctrina del resentimiento también bajo formas distintas de la doctrina del resentimiento “puro”. Es frecuente encontrarse con la idea de que el resentimiento es el resultado de injusticias sociales y en concreto de la pobreza. Sobre todo en círculos socialistas se ha hecho costumbre idealizar la pobreza frente a la riqueza y suponerle a la clase trabajadora un particular sentido de la justicia, desde que Marx identificó más o menos el destino de la humanidad con la liquidación por parte del proletariado de las contradicciones de clase. Se pretende así explicar el resentimiento por la existencia de injusticias y pobreza, y de ese modo poder idealizar el propio resentimiento. El nacionalsocialismo demuestra claramente lo contrario. No se trata ciertamente de una religión de los “parias de la tierra”, aún menos de una sociología de las contradicciones de clase científicamente analizadas; quiere una “comunidad de raza”, esto es, que los ricos sigan siendo ricos, la clase media clase media y los pobres pobres...limitando todo esto hasta cierto punto mediante las limosnas de la “Winterhilfe”. El nacionalsocialismo delata por su carencia de puntos programáticos positivos y su sobreabundancia de promesas para todos y para cualquiera que es la primera “doctrina” en la Europa democrática nacida del resentimiento de todos contra todos:  de los pobres contra los ricos, de los ricos contra los pobres, sobre todo de la clase media contra ambos, contra los aborrecidos “grandes capitalistas” así como contra los no menos aborrecidos “siervos de Moscú”.  Por esto se adapta (potencialmente) a todo el mundo a condición de que tenga suficiente cultura para no ser abalfabeto (hay que poder leer al menos una octavilla y tener alguna idea de los Germanos o de quién es Piet Hein), a los que hayan recibido la cultura como una propiedad evidente (por lo tanto como un derecho) y posteriormente carezcan de toda inclinación a estar descontentos con el simplismo más elemental. Estos son muchos más que una “pandilla.” Su auge ha sido preparado con entrañable ingenuidad por todas las bendiciones de la democracia, como la enseñanza obligatoria, las universidades populares y las aulas abiertas, y cuando el resentimiento de todos contra todos se dirige en alguna ocasión contra estas mismas instituciones, sólo puede afirmarse que la ingratitud es la recompensa de este mundo. No es la pura estupidez lo que maneja el nacionalsocialismo, y tampoco es en primer lugar la pobreza, aunque ambas puedan allanarle el terreno, es la semieducación, la que constituye la condición indispensable del nacionalsocialismo y que une con un lazo místico a ricos, pobres y clases medias. Es producto de esta semieducación la fraseología (síntesis de patetismo, mentira y simplismo) en la que se reconoce la internacional del resentimiento.  


La lucha contra el resentimiento no es pues en modo alguno idéntica a la lucha contra la injusticia, porque el resentimiento, mientras no se toque su raíz, creará cuando sea necesario injusticias para tener así un pretexto que lo justifique. Aunque sea estúpido negar la influencia de las situaciones injustas y de la crisis en el desarrollo del nacionalsocialismo, más estúpido aún es buscar el origen de este en la injusticia y la crisis. Más corto de vista es aún ver esta corriente como un movimiento específicamente “pequeñoburgués”, de tenderos y de rentistas que se sienten amenazados por el gran capital y los obreros organizados. El “pequeño burgués” es, todo lo más, y de manera provisional, el símbolo más destacado del nacionalsocialismo, pues era el más accesible a la emancipación del resentimiento  después de haber perdido su religión o al menos su berroqueña confianza de antaño en esta religión, sin que esta haya sido sustituida por ninguna nueva ideología. Estamos más bien sólo al principio de un desarrollo de la semieducación del que se sirve el resentimiento y cabe realmente plantearse si el pequeño burgués no será el hombre medio de un mundo que ha abandonado su concepto de rangos sociales. Por esto, el que el nacionalsocialismo haya experimentado temporalmente una derrota no es motivo para considerar que el peligro ya está conjurado, porque el peligro no es en última instancia el nacionalsocialismo como “doctrina” sino el resentimiento “puro”, que ya no sabe nada de su origen y cree en la fraseología como en la pura verdad de la  mentira pura. Así, el hombre del resentimiento cree en un “líder” que nunca ha demostrado ser un líder, “aunque sin él los Países Bajos no tienen futuro”, traslada su responsabilidad a un antiguo ingeniero que ha modelado su terminología, su camisa y su cara conforme a ejemplos extranjeros, aunque él se hinche como el sapo de la fábula de puro orgullo nacional. ¿Qué pensar de esta paradoja? ¿No se vuelve esta contradicción más visible cuando se entiende que lo que realmente hincha es el resentimiento, que ya no encuentra contradicción alguna entre lo extranjero y lo nacional, en cuanto se trata para él de perseverar en su lógica y su objetividad? El Sr. Mussert sólo es un misterio para aquellos que, al igual que él, se inclinan sobre todo a encontrar la esencia del hombre en las palabras y las posturas. Dado que las palabras y las posturas son la caricatura del auténtico concepto y de la auténtica dignidad, son los medios favoritos del hombre del resentimiento que debe simular el concepto y ensayar la dignidad ante el espejo. El resentimiento emancipado ha olvidado todas las formas anteriores, incluso las democráticas, por ello se pone a jugar el papel de quien sigue las formas aristocráticas, uniendo el “derecho divino" con el espíritu de camaradería; de nuevo una paradoja que, a la luz del resentimiento ya no tiene misterio alguno....


Al Sr. Mussert que está a la cabeza de la jerarquía holandesa y, por consiguiente es un“ “servus servorum Populi"....le recordaremos unas palabras de Nietzsche que nos permitirán apreciar correctamente este espectáculo: 


¿Espero que sea aún posible reírse del vertiginoso ascenso de una pequeña especie al rango de medida de valor de todas las cosas? ... 


No hay duda: el resentimiento carece de humor, nada contribuye más a la privación de humor que el resentimiento. Por esto precisamente es necesario en esta época apreciar la relatividad del humor y la sátira, pues la idea de que “el ridículo mata” deja de ser válida cuando el resentimiento funciona como valor absoluto en medio del ruidoso ronquido de las consignas y de las teorías más descabelladas. Como la risa puede todavía ser mortal aquí, deberían desencadenarse huracanes de carcajadas con un número incalculable de víctimas. Que la idea de que “el ridículo mata” haya perdido enteramente su validez en relación con el nacional socialismo demuestra el poder del resentimiento sobre las almas, acerca del cual es poco todo lo que se diga. El rencor que tiene la oportunidad de poderse expresar adopta una figura ridícula, que, sin embargo, no es apreciada como tal entre camaradas de resentimiento e incluso es mirada por ellos con cariño. La lucha contra el nacionalsocialismo no es solo cosa de intelectuales, la influencia de estos en el mundo de los semieducados del que el nacionalismo es en último término más o menos un producto, es mucho menor de lo que suele reconocerse. Por ello, es más de esperar que estos se sobrevaloren monstruosamente a sí mismos (no me refiero a una élite más o menos dudosa, sino a los “profesionales del espíritu” en el más amplio sentido de la palabra) muy por encima de lo que daría a entender su bajísima tasación. Sobre todo, una parte de estos intelectuales está infectada por una determinada variedad de benevolencia casi-filosófica hacia los denominadas “aspectos positivos” que se encuentran entre los nacionalsocialistas. Incluso en los Países Bajos tenemos algunos filósofos del resentimiento declarados que en un tiempo asombrosamente corto han aprendido a pasar del humanismo a “la sangre y la tierra” (escriben  sin perturbarse sobre “Nietzsche, Spengler y Hitler", como si  no fuera obligatorio enjuagarse la boca ante ese “y”, como si pudiese convertirse sin más al primer filósofo del resentimiento en un personaje que es un instrumento inerte del resentimiento. Estos señores aprendieron -cabría casi suponer que obedeciendo órdenes-  a callarse sobre los campos de concentración, la persecución de los judíos y el incendio del Reichstag y a transmitir con tanto más entusiasmo su pueril discurso verbalístico sobre viejos y nuevos mitos, sobre la comunidad racial y otros artículos de camuflaje teórico del resentimiento. Sin embargo, más peligrosos que estas criaturas de las profundidades filosóficas son los bienintencionados que dejan de lado los “aspectos secundarios”, siempre a la búsqueda del “trasfondo”, de la “esencia” de su platónica “realidad fundamental”. Para ellos el consejo de explorar las profundidades no solo resulta superfluo sino desorientador; lo único que ellos quieren es ser profundos y se han olvidado con ello de la “superficie”. Y en esto se equivocan, pues el nacionalsocialismo es en su fraseología enormemente profundo, mucho más profundo que el humanismo, el nacionalsocialismo es enormemente “espiritual”, quiere, como se puede leer en cada uno de los panfletos de la oficina Mussert & Co., una “revolución del espíritu”, incluso “sin sangre” (cita del folleto Alarm del 7 de abril de 1937).  Es más: solamente en la superficie se descubre lo que es el nacionalsocialismo como doctrina del “puro” resentimiento: es a las expresiones del odio, las modulaciones de la envidia, la estridencia del insulto, a lo que debería llamarse a los bienintencionados a prestar de nuevo atención. Si se separan estos “aspectos secundarios” de lo “fundamental”, no queda nada sino el rencor de todos contra todos, cuya última consecuencia es la guerra de todos contra todos; el resto es ficción romántica del resentimiento, que, por lo demás, no puede vivir sin romanticismo. Toda forma de romanticismo tiene un elemento de resentimiento, pero el romanticismo que aquí nos ocupa es el romanticismo “puro”, que procede del resentimiento puro. No se conoce la “esencia” del nacionalsocialismo en su ardiente profundidad romántica sino en su delatadora y descontrolada superficie, pues la superficie es la que delata que estos aristócratas son demócratas pervertidos, que estos idealistas populistas utilizan al “pueblo” para sus fines específicos, que estos “líderes” que Dios Nuestro Señor moldeó personalmente como “arios” quieren lo que en general no quieren, conforme a la definición de Scheler, puesto que lo que desean de todo corazón es la ilimitada supervivencia de su resentimiento por todos los medios y bajo todas las consignas que puedan ser útiles para este objetivo. Esta reducción del nacionalsocialismo a mero resentimiento no es un nuevo simplismo que viene a añadirse a los anteriores (no niego las diferencias, la ayuda de los fabricantes de armamento, que en su mayoría tienen también más resentimiento de lo que uno cree e incluso algunas posibles “infidelidades” positivas) sino muy simplemente una puesta en relación del primer plano rico y decorado con purpurina al cuidadosamente oculto segundo plano, menos brillante y también menos recargado de motivos. Si algo cabe esperar de los intelectuales es esto: que no se dejen imponer por la fachada y el sonido seductor de los tambores, que estén en todo momento dispuestos a desenmascarar las falsificaciones y los eslóganes pomposos mediante palabras “corrientes”.  Para ello es preciso que se reconozca la potencia del resentimiento en toda nuestra cultura, porque la lucha contra una consigna mediante la consigna contraria, que es inevitable en la lucha por el poder entre democracia y nacionalsocialismo, no obliga a los intelectuales en modo alguno a ser seguidores acríticos, sino más bien a practicar un oportunismo crítico. Este oportunismo crítico es el signo de su “fidelidad a la democracia”. Su auténtico problema: cómo reconocer y dominar el resentimiento, se planteará sólo más tarde, pero no antes de que se haya destronado el resentimiento “puro” y la historia haya hecho justicia a los líderes y a sus camisas.



Menno ter Braak y la trampa de la "igualdad"

 Menno ter Braak y la trampa de la “igualdad”



“...cuando decimos que alguien puede decidir lo que quiera sobre una cosa que sea de su competencia, esta potestad no debe definirse solo por la potencia del agente, sino también por la aptitud del paciente. Si, por ejemplo, digo que puedo hacer lo que quiera con esta mesa, ciertamente no entiendo con ello que tenga el derecho de hacer que paste hierba. Del mismo modo, si bien decimos que los hombres no se rigen por su derecho propio sino por el de la sociedad, no entendemos por ello que los hombres hayan perdido su naturaleza humana para revestir otra y que, por consiguiente, la sociedad tenga derecho a hacer que los hombres vuelen, o lo que no es menos imposible, que consideren honroso lo que mueve a risa o provoca náusea.”

Spinoza, Tratado Político



Menno ter Braak es un intelectual poco conocido fuera de los Países Bajos. Su obra como crítico literario y cultural es muy extensa, pero, a pesar de la erudición europea de su autor, se centra en gran parte en el ámbito neerlandófono y, parcialmente en el germanohablante. Sus obras han sido por consiguiente escasamente traducidas a otros idiomas. Sin embargo, al margen del texto de coyuntura que presentamos, Menno ter Braak es autor de numerosos artículos de crítica literaria y, junto a su compañero de estudios, el director de cine Joris Ivens, es uno de los pioneros de la crítica cinematográfica en el marco de la Nederlandsche Filmliga (Liga cinematográfica neerlandesa) que contribuyó a crear. Cabe destacar también sus novelas y sus reflexiones sobre el cristianismo y sobre la política, de clara inspiración nietzscheana.


El largo artículo o breve ensayo que tiene el lector en sus manos tiene ya una larga historia en la cultura política de los Países Bajos. Se publicó inicialmente en el año 1937 en el marco de una serie de folletos publicados por un grupo de intelectuales antifascistas denominado “Comité de vigilancia frente al nacionalsocialismo”. El Comité, que pretendía contrarrestar la propaganda del partido nacionalsocialista neerlandés, el NSB (Nationaal-Socialistische Beweging-Movimiento Nacional-Socialista) del ingeniero Anton Mussert, estaba compuesto por varios escritores, poetas y críticos literarios, en su mayoría sin militancia política definida, aunque decididos a defender las libertades democráticas como el oxígeno necesario para cualquier vida cultural. Algunos de ellos, como el propio Menno ter Braak defendían las libertades democráticas desde un punto de vista muy crítico hacia los denominados “valores democráticos” y dentro de una clara inspiración nietzscheana. El texto de ter Braak suscitó polémica en su época, pero volvió a suscitarla en una ocasión mucho más reciente, a principios del siglo XXI, durante la denominada “polémica del populismo” (populismedebat) que conocieron los Países Bajos al producirse el ascenso del PVV (Partido por la libertad, de extrema derecha islamófoba y xenófoba) que se ha convertido en la segunda fuerza política dentro del -muy fragmentado- mapa político neerlandés. 


La actualidad de los problemas planteados por ter Braak en su ensayo es indudable, pues su polémica contra el nacionalsocialismo va mucho más allá de la coyuntura de los años 30 y apunta a los propios valores de la democracia como caldo de cultivo del nacionalsocialismo y del resentimiento “puro” que este representa. Para Menno ter Braak, el enemigo mortal de la democracia y sus libertades encuentra el motor pasional de su acción en una característica fundamental de las democracias modernas: el hecho de que estas estén basadas en la “igualdad” como valor y que el contraste del valor de la igualdad con la realidad social efectiva, con sus “injusticias”, pero también con sus diferencias insalvables, genere un fuerte caudal de resentimiento. Esto permite, que, desde la Revolución Francesa, coexistan las declaraciones inflamadas en favor de la igualdad con la más perfecta inacción en su favor, la denuncia de las clases y los rangos sociales, con la existencia subrepticia de insalvables diferencias de poder y de riqueza. A esto se suma el hecho de que el significado mismo de la igualdad es ambiguo y siempre oscila entre una igualdad jurídica y una aspiración a una igualdad de hecho, que el oportunismo de los partidarios de la igualdad como valor así como la irreductible variedad de las singularidades humanas hacen imposible y que se transmuta en rechazo rencoroso de lo que sea singular y de lo que destaque sobre la media. El resentimiento es así consustancial a las democracias modernas pues estas no han podido nunca realizar una plena igualdad de derechos ni tampoco han creado un “hombre nuevo” igualitario que diera sosiego al resentimiento. Partiendo de esta base nietzscheana ter Braak ataca a los nazis. De este modo, se aventura a un ejercicio aparentemente contradictorio: combatir al enemigo mortal de las democracias, el nazismo, que reivindica abiertamente a Nietzsche entre sus fuentes, con las armas que sirvieron a Nietzsche para realizar su crítica de la democracia y del socialismo como formas del resentimiento. 


El nacionalsocialismo arraiga pues en este suelo democrático, previamente abonado por siglos de cultura cristiana y de prédica de la “igualdad ante Dios”. Lo que propone como remedio a la desigualdad y modo de “realizar la democracia” es la constitución de una Volksgemeinschaft, una “comunidad de pueblo” si se traduce literalmente el término alemán, que es en realidad una “comunidad de raza”, pues el pueblo (Volk) no se define en la ideología Völkisch, la variante prenazi del populismo, por un lazo político libremente asumido sino por una comunidad de “sangre y de suelo” (Blut und Boden). Esta comunidad, que conserva unidas por un lazo afectivo todas las desigualdades sociales, se presenta como la forma más alta de igualdad pues sindica todas las quejas y todos los rencores independientemente de su origen social en una “queja por la queja”. En esta idílica “comunidad de raza”, esa patria común, coexisten el conde y el labrador, el hombre de la masa y el “líder”, como “camaradas” en una grotesca caricatura de la igualdad que no corrige las desigualdades de la sociedad moderna sino que las fija y agiganta, neutralizándolas mediante un resentimiento compartido. La comunidad, solo puede reconciliarse consigo misma expulsando sus contradicciones hacia un exterior: el capitalista, el judío, el bolchevique, todo lo que se sitúa más allá de la comunidad de sangre y de las fronteras que delimitan un suelo. El resentimiento es una pasión triste, una forma de odio sin límite, pues se alimenta a sí misma. Ningún cambio en la realidad puede darle satisfacción: en cuanto alguno tiene lugar y el resentimiento corre peligro de extinguirse, el nacionalsocialista enfoca su odio en otro aspecto de la realidad. El judío es un pretexto, el discurso antisemita y el racismo “científico” no lo son menos, de lo que se trata es de que el odio siga alimentándose y cualquier objeto real o imaginario sirve para este propósito. El resentimiento es plástico, en la estricta medida en que su programa político no existe ni puede existir como tal, en que no importa nunca la realidad sino el “resentimiento por el resentimiento” como existe “el arte por el arte”..


Afirma Menno ter Braak que lo extraño no es que haya surgido el nacionalsocialismo, sino que no haya surgido antes, hasta tal punto está inscrita su genealogía en las fallas del discurso democrático moderno. Las democracias tardaron en secretar la forma “pura” del resentimiento que es el nacionalsocialismo porque mantuvieron limitado el resentimiento mediante un pluralismo efectivo que obligaba a este a “estilizarse”. El resentimiento solo se “emancipa” cuando los frágiles equilibrios del sistema democrático terminan rompiéndose en tiempos de crisis económica o cultural. Mientras tanto, la pluralidad, el efecto siempre presente sobre cualquier régimen político de las singularidades irreductibles que componen la multitud, mantiene a raya el resentimiento. La democracia que defiende ter Braak no es la de las apelaciones hueras a la igualdad, sino la que un lejano compatriota suyo, Baruj Spinoza, defendiera varios siglos atrás en su obra: el gobierno que no sueña con deshacerse de la multitud, que a la vez que posibilita la cooperación, sabe que esta cooperación solo es potente, productiva y libre cuando se da entre singularidades diferentes. Y menos que nadie Spinoza se hizo ilusiones sobre la intrínseca bondad de una multitud, sobre la que el resentimiento hizo mella ya en su época, convirtiéndola en masa fanatizada que trajo violentamente el absolutismo a las Provincias Unidas.


La concepción de la democracia y de las relaciones de esta con las derivas totalitarias que desarrolla ter Braak en su ensayo tiene bastante que ver con otros diagnósticos de la contradicción democrática como los de Tocqueville, Nietzsche, Hannah Arendt o Max Scheler (autor que cita varias veces en su ensayo). Ter Braak asume una línea de defensa no acrítica de la democracia, de “oportunismo crítico” en sus propias palabras, apartada definitivamente de la fraseología de la igualdad abstracta, y, sin duda, con algún relente elitista pero que puede ayudar a pensar, contra el nazismo y los totalitarismos de toda laya, formas de igualdad y libertad no serializadas fundadas en una comunidad de diferentes. La lucha por ese tipo difícil y paradójico de comunidad, que descarta toda ilusión y toda esperanza mística de “realización” de la igualdad en la “patria” o en el “hombre nuevo”, se basa en pasiones alegres, que afirman lo común desde las diferencias reales y no contra ellas. Sólo las pasiones alegres pueden combatir las tinieblas de las ideologías del resentimiento.


viernes, 10 de febrero de 2023

Intersubjetividad y transindividualidad

 

(Reflexiones a partir del libro de Vittorio Morfino Intersoggettività o transindividualità. Materiali per un'alternativa, Manifestolibri 2022

El último libro de Vittorio Morfino plantea con enorme claridad una oposición fundamental en la historia del pensamiento, la de la intersubjetividad y la transindividualidad. La perspectiva de lo transindividual que Morfino nos invita a adoptar en un libro de aspecto académico pero claramente partidario de una aleternativa política y de civilización concreta, es una vacuna eficaz contra todos los fascismos. Un pensamiento de lo transindividual no considera como el pensamiento intersubjetivo dominante que la unidad básica de la realidad social sea el individuo aislado centrado en su propia conciencia desencarnada (el sujeto), ese individuo posesivo y solipsista de la modernidad capitalista. La perspectiva transindividual no sólo sitúa al individuo en su cuerpo y en su mundo, en sus necesarias relaciones con los demás individuos humanos y con la naturaleza, sino que considera que esas relaciones en las que se inscribe son la realidad preindividual que lo constituye como individuo al tiempo que constituye también como tales a los demás individuos.

Para el individuo concebido como una sustancia consciente autosuficiente la relación con los demás es una contingencia, no algo dado necesariamente como un elemento de su propio ser, sino algo añadido. De ahí la necesidad de recurrir a la trascendencia, a Dios, al Estado, a la Patria o a la Comunidad para que sea posible pensar la relación como comunicación e intersubjetividad. Para el pensamiento moderno la conexión, la puesta en comunicación de sujetos concebidos como conciencias sustantivas (mónadas) constituye un problema que sólo llega a resolverse mediante el recurso a un fundamento trascedente común, en otros términos a una teología. También en el plano político, sólo es posible pensar la comunidad como algo que supera a la multitud trascendiéndola. Cuando no existe y no puede existir un mundo común, hay que crear comunidades mistificadas a partir de una trascendencia como el Estado, la Patria, etc.

Si se parte, contrariamente a la filosofía mayoritaria de la modernidad, de la prioridad y la primacía de la relación sobre la esencia individual, si se piensa el individuo en el mundo y no como "un imperio dentro de un imperio" sino como una parte activa de la naturaleza, el misterio de la "comunicación" entre conciencias se disipa, pues el conocimiento y la conciencia así como los afectos dejan de ser exclusivamente individuales, constituyendo por el contrario la base común preindividual de individuaciones que no constituyen individuos aislados sino individuos que son el conjunto (el Marx de la Tesis VI sobre Feuerbach las llamaba en su alemán afrancesado: "das Ensemble") de sus relaciones transindividuales. En este contexto, el problema de la intersubjetividad deja de existir como tal quedando sustituido por el de los dispositivos comunes de producción de pensamiento y afectos. Por otra parte, la perspectiva transindividual es la base de todo materialismo histórico, pues para ella la cooperación productiva prima sobre todo intercambio entre individuos y las propias formas del intercambio se explican no como relaciones establecidas por individuos independientes, sino como formas históricas de la cooperación que, por cierto, siempre pueden ser sustituidas por otras formas. Es característica de lo transindividual la plasticidad, que contrasta con las formas siempre rígidas que deben presidir a la comunicación o la cooperación en régimen de intersubjetividad.

Las formas mistificadas de comunidad abiertamente fascistas o en cualquier caso autoritarias que proponen hoy las extremas derechas (y no sólo ellas, como pudimos ver durante la gestión militar-industrial de la pandemia y hoy con la imposición de una nueva Guerra Fría) responden a una crisis brutal de la comunicación intersubjetiva, a formas de aislamiento, soledad e impotencia individual y colectiva gravísimas. Sin embargo, en lugar de ser soluciones, ni siquiera parciales, estas mistificaciones políticas, éticas y culturales son síntoma y motor de una agravación del problema existencial que hoy nos atraviesa, pues las comunidades basadas en la trascendencia reproducen la soledad con la que se encuentran e incluso la agravan: sólo en una sociedad de individuos aislados es, en efecto, posible y necesaria, una instancia unificadora trascendente. La trascendencia no une sino que perpetúa y ahonda la separación sin remedio alguno. Incluso cuando esa trascendencia se nos presenta bajo las facciones de un sistema de inteligencia artificial como ChatGpt, un sistema que carece de mundo y normaliza la expropiación de nuestro mundo que constituye nuestra cotidianidad.

Sólo un cambio de perspectiva, el reconocimiento de que este mundo feo, triste, aburrido y solitario en que nos encontramos no deja de ser un producto de las relaciones sociales que nos constituyen, y que sobre este mundo nuestro, a diferencia de Dios, del Estado o de la Patria, tenemos una auténtica capacidad de actuación. Nuestro mundo es algo que nosotros, pero sólo nosotros, no Dios, ni el Estado, ni la Patria podemos cambiar, por difícil que ello sea. Este infierno y esta ruina no dejan de ser nuestra obra y la de nadie más. Al fascismo y a todas las derivas liberticidas sólo se les combate mediante la creación colectiva de afectos alegres, más fuertes y más estables que los afectos tristes que nos atraviesan hoy, pero para ello hay que producir las condiciones de la alegría, del incremento de potencia colectiva e individual, pues contrariamente a lo que sostiene la ideología de nuestra época ambas están estrechamente interrelacionadas y en régimen de retroalimentación. Lo individual y lo colectivo sólo existen en un plano de inmanencia transindividual: una función esencial de la filosofía materialista de nuestro momento es recordarnos cosas tan evidentes, pero tan olvidadas.

jueves, 24 de noviembre de 2022

Tesis sobre las políticas de la identidad

1. Toda política es una política de la identidad. Toda política tiende a configurar una multitud en un todo tendencialmente organizado, tiende a hacerla pasar de un estado preindividual a cierto grado de individualidad. Esa individualidad, en una sociedad humana, se consigue mediante la imitación de los afectos que hace de los individuos distintos y singulares partes de un todo. Esa imitación genera formas de identidad que caracterizan a los diversos miembros de una sociedad.

2. Un mando político (un soberano) tiende a uniformizar los afectos de los súbditos, mediante leyes, rituales y toda suerte de normas y discursos. A través de diversos aparatos ideológicos se produce el efecto "nación" como conjunto de elementos de identidad.

3. Incluso bajo un régimen de soberanía que tiende a la uniformidad, a la plena identidad de todos los súbditos, las diferencias singulares e incluso sectoriales persisten. Es imposible a un soberano cambiar la naturaleza de los súbditos, por mucho que pueda determinar muchos rasgos de su identidad y de su vida.

4. Las diferencias sectoriales tienden a constituir identidades sectoriales si se alimentan de deseos y resistencias comunes. Las mujeres, las minorías culturales y étnicas, las clases sociales, etc. se comportan tendencialmente como grupos dotados de cierta identidad reproducida mediante instituciones, clonando así al Estado. Todo grupo que persigue el poder se constituye en cuasi-Estado, como lo hizo, por ejemplo, el movimiento obrero histórico.

5. La lucha de clases no es un problema de identidad. No existen las clases antes de su lucha sino solo en y por su lucha. Las clases, por consiguiente, son siempre realidades impuras con fronteras relativamente porosas. De ahí que, si bien ha existido históricamente una identidad obrera, esta no es obra de la mera lucha de clases, sino de la organización cuasi-estatal de la clase obrera favorecida por los partidos socialistas y comunistas. La identidad obrera no es un requisito de la lucha de clases, sino uno de sus efectos posibles.

6. La lucha de clases es una realidad compleja y mestiza, siempre lo ha sido, pero hoy este hecho es aún más evidente, pues el surgimiento de la clase media como constructo ideológico y realidad material ha invisibilizado las clases dejando ver solo la diversidad. La sociedad neoliberal es una sociedad "sin clases con clases", una sociedad en la que la lucha de clases se invisibiliza por el hecho de que una civilización de la clases media se basa en la exaltación del individuo, de lo singular, de la diferencia. 

7. Eppure c'è la lotta di classe...La lucha de clases sigue existiendo, aunque no las clases como sujetos identificables. Lo único que existe en la actual composición de clase del proletariado, una vez reducida la clase obrera a realidad residual, es una inmensa diversidad de realidades que ya ni siquiera queda limitada por los marcos de los lugares y tiempos de trabajo. La explotación afecta hoy a las identidades singulares: el capitalismo, en una sociedad de control como la nuestra, gestiona las diferencias y las explota, dirigiéndose uno por uno a cada uno de los individuos, exigiéndole un proyecto singular que sirva de base a su capacidad de endeudarse. Las diferencias son fundamentales, de las grupales o sectoriales que van configurando y recombinando sectores de mercado que corresponden a distintas formas de vida, a las de los distintos grupos de riesgo. 

8. Sin una tópica que pueda entender la materialidad propia de esta lucha de clases que se expresa en la dispersión y en las identidades múltiples como tensión interna al capitalismo financiarizado será imposible determinar una estrategia que nos permita salir de un orden social encaminado a la catástrofe social y ecológica y a una progresiva liquidación de las libertades. Las resistencias de los más diversos grupos identitarios contra el orden del capital y del Estado y la normalización institucional de estas mismas resistencias son los dos polos de esta tensión interna al régimen. Sólo un reconocimiento estratégico del régimen como tal permitirá oponerle una estrategia efectiva, más allá de cualquier significante vacío.
























 El proletariado del coronavirus



    I. La Internacional de los Buenos Sentimientos


Louis Althusser conocía, como sabemos, una etapa premarxista en su pensamiento. Su catolicismo ideológico temprano fue acompañado por una cultura filosófica marcada por la influencia de Pascal y Malebranche más que por la del personalismo, más común en estos círculos, pero también por una formación filosófica hegeliana que culminó con su disertación para el Diploma de Estudios Superiores "Du contenu dans la pensée de G.W.F. Hegel" (El contenido en el pensamiento de G.W.F. Hegel), presentado en 1947. Antes de este texto, escribió en 1946 un artículo, "virulento" por su propia admisión, titulado "La Internacional de los Buenos Sentimientos" que, en un marco teórico que no tiene nada que ver con el marxismo, es ya una denuncia en todas las reglas de la función desconcertante de todo humanismo teórico. Es en primer lugar Malraux quien es el blanco, este Malraux que intenta en vano, después de la declaración nietzscheana de la "muerte del hombre", que la guerra ha confirmado de otra manera que en la filosofía, "recomponer una imagen del hombre donde el hombre se reconoce a sí mismo" (Althusser, EPP I, p. 35) Ahora bien, en el hombre sólo encontramos la constante amenaza de muerte: "Lo patético de Malraux -comenta Althusser- no estaba en la muerte que anunciaba como inminente, sino en esta conciencia desesperada de muerte inminente que habita en una persona viva". (Althusser, EPP I, p. 35). Es una imagen perturbadora del escritor desesperado que se vuelve contra sí mismo como un hombre para protegerse de su propio destino: "No se puede ver a ningún hombre que trate su destino como un enemigo con impunidad". (Althusser, EPP I, p. 35). Otros se unen a Malraux, Camus, Koestler en la denuncia abstracta de "crímenes contra los hombres", ya sea la amenaza de una nueva guerra devastadora, la bomba atómica o el totalitarismo. Así, se está formando un "frente humano", formado por el resentimiento de la gente hacia su destino. Un frente que está adquiriendo proporciones internacionales, que incluso podría institucionalizarse en una nueva "internacional".


Si en 1947 existía una Internacional del proletariado obrero y comunista, está surgiendo la Internacional de un nuevo tipo de "proletariado": "el 'proletariado' del terror" (Althusser, EPP, p. 37), que no se define por las condiciones económicas sino por "la amenaza y el miedo". Ahora, ante la amenaza de la bomba atómica o la tortura, los hombres son iguales ante la muerte como los trabajadores proletarios son iguales ante el despojo. La catástrofe, apenas dos años después de la guerra, se presenta como una amenaza inminente a la que responde un llamamiento universal a la conciencia y una denuncia de las divisiones de la humanidad. Althusser hace así su propia síntesis de las palabras de Camus: "seríamos esos locos que luchan cerca del abismo, sin saber que la muerte ya nos ha reconciliado. ¿Qué hombre de sentido común, viendo a la humanidad perecer, podría todavía creer en la lucha de clases y la revolución?" (Althusser, EPP, p. 38). El proletariado de la lucha de clases está en esencia separado de los explotadores: divide a la humanidad, mientras que los hombres "ya están unidos sin saberlo en el proletariado del miedo o de la bomba, del terror y de la muerte, en el proletariado de la condición humana". (Althusser, EPP, p. 38).


Este "proletariado" más universal que el proletariado se alimenta del miedo, un miedo que resiste a todas las razones y se alimenta de sí mismo, en una reflexión infinita sobre sí mismo de la conciencia asustada. Su objeto es siempre externo a él: "la paradoja del miedo" es que su objeto "permanece sin embargo, cualquiera que sea el grado de obsesión, siempre fuera del miedo, y delante de él". (Althusser, EPP I, p. 40). En este sentido este "proletariado" es un "proletariado de mañana", ya que el objeto del miedo es un acontecimiento futuro tan incierto como inquietante. Esta proyección del objeto al día siguiente distingue al "proletariado del miedo" del proletariado obrero: "El obrero no es proletario por lo que le pasa mañana, sino por lo que le pasa en cada momento del día. Como Camus solía decir tan bien: "No hay mañana" y el proletariado obrero es como el pan: diario." (Althusser, EPP I, p. 40). Mientras que la condición del cobarde es tan universal como incondicional y abstracta, la del proletario trabajador está constituida por las condiciones concretas de explotación que le quitan todo el mañana, incluido el del miedo. El proletariado del miedo, frente al proletariado real, funciona como un medio para escapar del proletariado cotidiano en nombre de un mañana hecho de miedo. De ahí dos situaciones completamente contrarias para una u otra: "El objeto real del miedo es yo mismo imaginado en un sufrimiento futuro, es decir, no otro sino yo mismo y no un yo real, sino un yo imaginario. Por eso, contrariamente al proletario que encuentra en el proletariado los medios para liberarse de él, el temeroso no puede hacer del objeto de su temor el fin de su temor" (Althusser, EPP I, p. 41). Atrapado en la interioridad ideológica de una conciencia (temerosa), el temeroso no puede escapar, ya que no tiene control sobre su presente, ya que su atención está totalmente dirigida hacia un futuro imaginario: "el miedo es un cautiverio sin escape" (Althusser, EPP I, p. 41). (Althusser, EPP I, p. 41).


La prisión del proletario obrero, a diferencia de la del "proletario" del miedo, es una prisión muy real "con muros reales, barras reales". El proletario vive en la explotación, pero también en la lucha y la resistencia real, y no en la angustia considerada como la condición humana. Esto es lo que le permite prever una verdadera liberación: "no nos liberamos de la condición humana, sino que nos liberamos de la condición de trabajador". (Althusser, EPP I, p. 41). Si, de hecho, la primera condición tiene sus raíces en la experiencia diaria, la segunda existe sólo en la expectativa colectiva de desastre, que es sólo un advenimiento negativo. Peor: "el temeroso provoca la verdad de su miedo" y la guerra, como dijo Alain, puede nacer como un "mito provocado" del miedo a la guerra. De ahí la aparición de dos comunidades: por un lado, el "rebaño" de los temerosos "donde cada uno termina por temer un objeto que sólo existe por miedo al otro, donde nadie tiene en cuenta el objeto inexistente del miedo" (Althusser, EPP I, p. 41); por otro lado, es una hermandad de hombres en torno a un proletariado que tiene una existencia real, fundada en el antagonismo de clase.


"El proletariado del miedo es un mito, pero un mito que existe" y el todavía cristiano Althusser lo denuncia como una impostura y una blasfemia: "no queremos que se nos oculte el juicio de Dios y que los no cristianos y los cristianos cometan a veces el sacrilegio de tomar la bomba atómica por voluntad de Dios, la igualdad ante la muerte por la igualdad ante Dios [...] y las torturas de los campos de concentración para el juicio final". (Althusser, EPP I, p. 43). El proletariado del miedo pertenece a la ideología, concepto del que Althusser da en este texto una primera definición: "Es una ideología, es decir, un movimiento de opinión históricamente incomprensible sin recurrir al contexto en el que aparece" (Althusser, PPE I, p. 44). La ideología no dice su propia verdad, sino que siempre depende de un contexto externo, por lo que su inteligencia requiere "dilucidar la razón de este imaginario en una historia real". Ahora bien, esta historia es la de la guerra y la posguerra, la guerra en la que los hombres lucharon contra el fascismo y por la libertad con las armas en la mano y que, en la posguerra, son vistos como asesinos por los profetas del nuevo proletariado: "todos asesinos", nazis y combatientes de la resistencia, "todos iguales en nuestros crímenes" porque la guerra no firmó el fin de la amenaza de muerte que aún pesa sobre los humanos en su final. Esta condena general merece, por tanto, la absolución de los nazis y los fascistas, miembros de la misma comunidad del crimen que los combatientes de la resistencia. Ante esto, Althusser comenta: "uno se pregunta realmente si las palabras y los actos tienen todavía algún significado, si a los ojos de los hombres, matar para esclavizar y matar para liberar son el mismo acto de matar, si al final el hombre se define no por sus razones de vivir y morir que lo hacen un hombre, sino por la vida y la muerte que lo hacen un perro" (Althusser, EPP I, p. 46). Si la lucha del pasado reciente se ve comprometida por esta hermandad del crimen, también lo están las luchas del presente y del futuro. No hay una lucha real, por lo tanto, sólo la expectativa del evento que mata o el evento que salva: "volvemos a encontrar nuestra internacional de los buenos sentimientos, formada por todos aquellos que han renunciado a encontrar la paz en y a través de la acción, que quieren obtener inmediatamente, a gritos, lo que su paciencia algo corta no ha sido correcta, los sinceros (generosas naturalezas religiosas engañadas en la política) los indignados, los impacientes, los maníacos de la persecución (y no los perseguidos)" (Althusser, EPP I, p. 47).


De los dos proletarios, sólo uno es real, el que forma parte de las relaciones de producción, el que conoce la vida cotidiana de la explotación. El proletariado del miedo, el que entre otras cosas se instituye para temer colectivamente a la bomba atómica, existe sólo olvidando que la bomba atómica es un producto del trabajo humano, pero este miedo frente al producto del trabajo humano debe ponerse en relación con la imagen de la condición proletaria "donde el trabajador está siempre esclavizado por el producto de su trabajo". El mundo de los dos proletarios es "simplemente el mismo mundo": en el mundo del miedo, un mundo vivido, sin distancia, en el afecto inmediato provocado por la imagen de un poder que se nos escapa, en el proletariado obrero, este mismo mundo se vive en el antagonismo, en la distancia y la exterioridad que permite tanto la lucha como el conocimiento de las condiciones reales detrás de las ilusiones apocalípticas. Contra el resentimiento de lo que se vive como un destino de miedo, el rechazo de ese destino: "El destino es la conciencia de uno mismo como enemigo", dijo Hegel. Esperamos el advenimiento de la condición humana y el fin del destino". (Althusser, EPP I, p. 47)



    II. Covid International


Ya no estamos al comienzo de lo que se llamaría la Guerra Fría, cuando el riesgo de una guerra nuclear parecía cercano, sino en una situación en la que el capitalismo reina en el planeta y en la mente de las personas. La idea de que no hay alternativa (la TINA de la Sra. Thatcher) parece haberse arraigado y el discurso anticapitalista sólo reaparece tras las crisis, para desaparecer una vez que éstas se resuelven. Hoy, a principios de 2020, no es una crisis financiera como la de 2008 la que atenaza a nuestras sociedades, sino una epidemia mundial producida por un nuevo virus. Este virus, que sigue las rutas de las mercancías y el transporte de personas, se está asentando dentro de los propios circuitos del capitalismo global y puede tener su origen en la ganadería intensiva, como muchos otros virus antes que él, o, en cualquier caso, en la devastación de los espacios vírgenes que aún existen en el planeta (Wallace, 2016). El virus es de origen natural, pero su adaptación a nuestra especie y especialmente su dispersión no son ajenas al modo de producción dominante. Sin embargo, la respuesta mayoritaria a la epidemia no ha sido una renovación de la oposición al capitalismo, sino una ola de miedo universal que ha reconstituido en nuevas circunstancias el proletariado del miedo y la internacionalidad de los buenos sentimientos de los que nos habló Althusser en su texto de 1947. Ahora bien, este sujeto "proletario" que sufre la humanidad amenazada de muerte por el virus es un dispositivo de despolitización comparable al proletariado de la bomba o al proletariado de la negación de los derechos humanos y de los campos. Como él, permanece en la abstracción de lo humano. Como él, reproduce los mecanismos del miedo, que es el de la muerte en masa. Sin embargo, los tiempos son diferentes: el objeto del terror ya no se encuentra en un futuro no realizado, sino en una tendencia que está representada por las curvas de contagio y muerte. La muerte ya no es una afirmación abstracta, sino un hecho real y cotidiano. Esto no impide que sea tan escurridizo como los objetos de pánico de 1947. Las muertes son contables, pero ya los contagios lo son mucho menos, por falta de pruebas en cantidad suficiente, entonces el virus en sí es por su pequeñez perfectamente invisible y sólo puede ser percibido cuando enferma o cuando mata. Además, parece que no puede producir síntomas en un gran número de sujetos, lo que no impide que sean agentes de contagio tan eficaces como discretos. 


A pesar de la retórica bélica que llama a una "guerra contra el coronavirus" y de los llamamientos de los estados a un renovado pacto político en el que, ante el riesgo de muerte, los estados ofrezcan un intercambio de protección por obediencia, no nos encontramos en una situación de guerra, y mucho menos en una "guerra civil" hobbesiana. El virus es un elemento externo a nuestros cuerpos y a nuestras sociedades y sin embargo logra insertarse en ellos, seguir sus circuitos en sus formas específicas de reproducción. En una sociedad de comunicación, el virus, que es meramente información, se propaga con gran facilidad entre los países, entre los organismos, en los espacios públicos, sobre los cuerpos de los bienes. Su exterioridad tendería a convertirlo en el más perfecto de los enemigos externos, capaz de unir a una sociedad bajo la obediencia de una autoridad protectora, pero su interioridad hace que este escenario belicoso sea absurdo e imposible. De hecho, el virus descompone los cuerpos humanos y nuestras sociedades están obligadas a descubrir el cuerpo. El capitalismo había olvidado esto. Para ello, sólo la función del cuerpo puede acoplarse con los dispositivos de producción de valor, lo que Marx llama fuerza de trabajo. El cuerpo en sí mismo es sólo el soporte de la fuerza de trabajo de la mercancía y por lo tanto debe permanecer entre paréntesis. Es precisamente esta elipse del cuerpo lo que distingue al capitalismo de todas las formas de esclavitud: el capitalista no compra el cuerpo humano, sino sólo, y por un tiempo determinado, el uso de algunas de sus funciones. Y sin embargo, detrás de la producción que se acopla en la fórmula de la fuerza de trabajo del capital y las máquinas está necesariamente el cuerpo. Cuando se ve amenazado por la enfermedad o la muerte, la producción se detiene, no se produce ningún valor nuevo. Es esta vulnerabilidad del cuerpo la que emerge hoy en día. La crisis también ha hecho visibles los cuidados necesarios para la vida del cuerpo: desde los cuidados médicos o de enfermería que luchan contra la muerte, hasta los dispositivos logísticos que alimentan el cuerpo. La epidemia ha hecho visible una vasta estructura de cooperación, mientras que antes sólo eran visibles los individuos y el mercado que los conectaba. Esto es lo que hace irrisorios los llamados de los Estados a la obediencia y la disciplina en ausencia de guerra civil y enemigos. Es el orden capitalista que los estados reproducen lo que probablemente está en el origen de la epidemia y ciertamente determina su expansión global en una pandemia. Es la cooperación social, expresada a través de la solidaridad de la distancia y la atención, y la investigación científica que, por una vez, no tiene como objetivo el beneficio económico inmediato, lo que asegura nuestras posibilidades de supervivencia. El estado capitalista en todo esto sólo había jugado un papel negativo, siendo el agente de la destrucción de la infraestructura material de la atención médica a través de la austeridad y la privatización.


En un momento en el que todo parecería propicio para la refundación de una internacional del miedo y de la despolitización, una internacional que haría a la humanidad como tal "culpable" del virus que la amenaza y se conformaría con apelar a la conciencia, a la buena voluntad de todos, a la obediencia a esos agentes de lo universal que son los Estados, se perfila hoy otro escenario en el que la cooperación social tiene un papel dominante y cada vez más visible. Frente al proletariado del coronavirus está emergiendo un proletariado social muy real al que el capitalismo parecía haber podido decir adiós, un mundo de trabajo que sostiene el cuerpo mismo de nuestras sociedades y sostiene nuestros vulnerables cuerpos de individuos humanos. Un proletariado difuso y social que ya no es el proletariado de la fábrica y que las técnicas neoliberales de gobierno han tenido la tarea de disolverse en los intercambios del mercado. El virus ha tenido una función reveladora: al suspender la normalidad del intercambio, ha hecho visible la base material de cooperación y cuidado que subyace a nuestras vidas. El virus también demuestra lo contingente que es el mercado, que se había promovido como la forma general de toda cooperación. 


El miedo a la muerte unifica a la humanidad en la obediencia unánime a una orden y de esta manera da un color teológico y moral a la sumisión al poder. El miedo no engendra revueltas, sino más bien súplicas a los Estados o a Dios: en 1947 para que no se desatase un conflicto nuclear, en 2020 para poner fin a la epidemia. Sólo de una experiencia de las condiciones reales puede surgir una acción política que pueda superar el miedo y cambiar la situación que lo provoca. Althusser ya nos propuso en 1947, sin nombrarlo así una tópica, un dispositivo que tiene el mérito de sacar al sujeto del encierro de su conciencia y sus múltiples efectos de espejo, especialmente el miedo que genera, para mostrar las diferentes determinaciones de los individuos y las sociedades humanas. La conciencia, en este tema de origen marxista y freudiano que nos propone Althusser, se transforma de hecho a partir de la instancia ideológica de una formación social en la que esta instancia se sitúa a su vez en sus condiciones materiales de existencia: la producción en el marco de uno o varios modos de producción, el poder del Estado que reproduce las relaciones de producción, los aparatos ideológicos del Estado que producen sujetos funcionales en las relaciones de producción dominantes, etc. La conciencia del sujeto se transforma a partir del encierro de su conciencia y de sus múltiples efectos de espejo, especialmente del miedo que genera, para mostrar las diferentes determinaciones de los individuos y de las sociedades humanas. Esto permite que el individuo se vea a sí mismo no en la generalidad abstracta de una condición humana, sino en la condición determinada de un individuo que, en una sociedad compleja que lo determina, es también capaz, conociendo estas determinaciones, de actuar en la dirección opuesta, de oponer un poder a un poder. El Althusser de 1947 no usó este lenguaje, pero ya se vio impulsado a usar, aunque sólo sea en un sentido práctico, los temas como un dispositivo materialista para la articulación del conocimiento y la acción política. El primer efecto de este dispositivo es una crítica al humanismo del miedo y sus efectos de despolitización que sigue siendo válida hoy en día. 


Referencias


Louis Althusser, Écrits philosophiques et poliques, Volume I, Stock/Imec, 1994 (EPP I)


Rob Wallace, Big Farms make Big Flu, Monthly Review Press, 2016


Notas sobre el fascismo del siglo XXI

 Enlace de descarga del pdf correspondiente a mi contribución al número 27 de Actuel Marx-Intervenciones: 

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Ontologia sive topica. Louis Althusser et l’ontologie spinoziste de l’extériorité.

https://aas.hypotheses.org/1150